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ETICA
Y POLITICA
DE SEPARACIONES INSOLUBLES
A
COMPLEMENTARIEDADES NECESARIAS
por
Marcelo Varnoux Garay(*)
EL
REINO DE LA POLITICA
Cuando
Nicolás Maquiavelo sentenció que un príncipe que deseara
mantenerse en su trono a menudo se vería forzado a obrar contra las
virtudes humanitarias o caritativas y hasta contra su religión[1], posiblemente nunca sospechó el radical corte que
efectuaba entre el ámbito de la política y el de la ética.
Si
hasta antes de “El Príncipe” la política fue concebida, por lo
menos desde una perspectiva teórica, como una actividad
indisolublemente ligada a valores éticos y religiosos fue en mérito
al legado griego y posteriormente cristiano de un destino compartido
por los seres humanos reunidos en comunidad que, en el primer caso,
suponía la construcción de un bien común fundado en el desarrollo
de las virtudes cívicas de los ciudadanos dentro del marco geográfico
e institucional de la polis; y, en el segundo, la constitución de
un orden justo según los designios de la divina providencia capaz
de asegurar la salvación de las almas de los fieles.
En
realidad, Maquiavelo descubre que la actividad política, o más
precisamente, toda actividad política, se desenvuelve en torno a
cuestiones de poder cuya característica fundamental son relaciones
de tipo vertical mando/obediencia, antes que relaciones horizontales
entre iguales[2].
Despojada
de sus justificaciones metafísicas, la política adquiere un nuevo
sentido: terrible y siniestro, si se quiere, por cuanto su medio
específico, el poder, tiene la virtud de despertar las pasiones más
bajas de los seres humanos. Pero, por otra parte, reivindica en
papel central de éstos en la construcción de su destino como
sociedad.
Ahora
bien, Maquiavelo y la mayoría de los pensadores políticos que le
sucedieron, nunca dejaron de sostener que la política poseía un
sentido finalmente positivo. Y es que más allá de los actos
particulares de los protagonistas, se percibe una finalidad superior
que tiene que ver con el buen gobierno, con la búsqueda siempre
inacabada de mejores días para los hombres reunidos en sociedad,
etc.
Y
aquí surge una otra constatación que hará célebre a Maquiavelo
pero estigmatizará
definitivamente la política: generalmente, el fin, el objetivo
perseguido y reputado como benéfico y útil, es alcanzado a través
de medios que son moralmente inaceptables[3].
En
definitiva, el reino de la ética y el de la política son
separados, aún cuando habrá que decir que es en la dimensión
instrumental de la actividad política donde este corte es
incuestionable, y no así en su dimensión finalista donde puede
todavía encontrarse valores éticos, cuya justificación sin
embargo, queda ensombrecida por una actuación previa que, por lo
general, esta reñida con lo moralmente aceptable.
Aquí
reside el problema básico a tratar, pues, es muy complicado
atribuir valores éticos a la política cuando su implementación no
soporta un examen ético y esto mismo sesga la evaluación de sus
resultados que, en muchos casos, no justifican el uso previo de
medios cuestionables.
Entonces,
¿es posible afirmar que política y ética son campos
definitivamente separados y contrapuestos?. Una respuesta positiva a
esta interrogante nos lleva a concluir necesariamente que en la política
no existen límites razonables, y menos aún éticos, a la conducta
de sus protagonistas, pues, la consecución de objetivos y fines
reputados como socialmente útiles o valiosos pesaría mucho más a la hora de una evaluación del proceso.
Sin embargo, esta deducción elemental es insatisfactoria si añadimos
elementos de juicio que tienen que ver con la naturaleza de la política,
sus actores y las finalidades que éstos declaran perseguir.
Indudablemente,
la política define un tipo de actividad que, como decía Max Weber,
esta orientada a conseguir algún tipo de participación en la
esfera del poder o a ejercer influencia en la distribución del
mismo, entendiendo que el poder es la probabilidad de imponer la
propia voluntad, aún contra toda resistencia, en una relación
social dada, cualquiera sea el contenido de ésta[4].
Naturalmente,
la esfera del poder que aquí nos interesa es aquella donde se
definen los mecanismos de gobierno de las colectividades humanas y
donde los procesos de adopción de decisiones no dejan de causar
efectos visibles en las actividades cotidianas de esa colectividad[5].
JUSTIFICACIONES
INSUFICIENTES
Ahora
bien, los caminos que llevan al real ejercicio o tenencia del poder
adoptan ciertamente una gama muy variada de alternativas, que van
desde la simple persuasión racional hasta el uso de la coacción y
la fuerza física. La justificación que podemos detectar entre
quienes pugnan por el poder, adopta, a decir de Robert Dahl, tres
formas: “a) el hombre busca
el poder a fin de alcanzar el bien colectivo; b) el hombre busca el
poder en consciente prosecución de sus propios intereses y c) el
hombre busca el poder por el poder mismo”[6].
La
motivación “a)” pareciera trasuntar una finalidad ética, pues,
no es poca cosa aspirar a conseguir el bien colectivo si es que éste
puede ser identificado de antemano. Sin embargo, el término colectividad
es ambiguo, pues, no sabemos exactamente qué ámbito cubre el
mismo. Puede tratarse perfectamente del nivel nacional, del nivel
local, del nivel vecinal o, incluso, de un grupo de intereses muy
específicos del que forma parte quien busca el poder.
Por
otra parte, ¿qué significa el bien
para una colectividad?. Si nos referimos a un ámbito nacional o
local, probablemente este valor resulte demasiado esquivo por cuanto
la complejidad de los agregados humanos imposibilita, dada su
heterogeneidad de intereses, visiones, deseos, esperanzas, etc., la
identificación de un valor denominado bien
colectivo como un hecho indivisible y de aceptación general.
Parece más razonable sostener que el bien colectivo es más fácilmente
distinguible cuanto más pequeño y homogéneo sea el agregado
social, y cuanto más intensa sea la pertenencia de quien busca el
poder a ese reducido y particular ámbito de intereses. Por lo
tanto, una motivación que aparece como altruista en realidad puede
estar encubriendo un interés bastante pragmático circunscrito a un
reducido número de personas cuyas expectativas no necesariamente
coinciden con las del conjunto nacional o local.
La
motivación “b)”, a primera vista, presenta una finalidad egoísta
aún cuando nuevamente encontramos ambigüedades en los términos.
Efectivamente, buscar el poder “en
consciente prosecución del interés personal” no nos dice
nada acerca del ámbito de ese interés personal. Puede
perfectamente tratarse de algún interés ubicado en el entorno
privado de quien busca el poder, o también puede coincidir con la
comunidad vecinal, local o nacional de la que forma parte aquél. En
este sentido, la motivación argüida puede tornarse incluso
altruista desde el punto de vista muy subjetivo y particular
del individuo que pugna por el poder; punto de vista que está
penetrado por valoraciones y comportamientos condicionados por
esquemas psicológicos y culturales que varían ampliamente entre
los seres humanos y las sociedades a las que pertenecen.
Finalmente,
la motivación “c)” que pareciera no tener ningún substrato
racional para explicar la conducta de quien busca el poder por el
poder mismo, puede tener algún sentido en realidades
socio-culturales donde la obtención del poder otorga al beneficiado
prestigio social, hecho
incompatible con finalidades supraindividuales. Sin embargo, también
es posible explicar aquella motivación a través de factores psicológicos
que naturalmente se circunscriben a la esfera del individuo y que,
al presentar características únicas, no pueden generalizarse sin
riesgo a caer en equívocos monumentales.
Así,
desde la perspectiva de un análisis de los fines, nada parece
indicar que exista un puente entre la esfera de la actividad política
y el ámbito de la ética. Las justificaciones revisadas no aportan
mayores luces, dada su ambigüedad, al problema planteado.
Sin
embargo, es conveniente evaluar el intento realmente importante que
realiza Max Weber[7]
para establecer un vínculo entre política y ética.
En
primer término, considera que las cualidades decisivamente
importantes para el político son pasión, sentido de
responsabilidad y mesura. Asimismo, llama la atención sobre una
distorsión muy común en la conducta del político, específicamente
cuando el ansia de poder deja de ser positiva, deja de tener una
vocación al servicio de una causa. En este momento, obviamente, el
sentido de responsabilidad desaparece y la mesura se diluye en la
vanidad.
Weber
esta consciente que el poder es el medio ineludible de la política
y que el motor que impulsa esta actividad es el ansia de poder. Por
lo tanto, el político transita un camino preñado de tentaciones
que fácilmente pueden perderlo en un sentimiento de arrogante
suficiencia y culto al poder por el poder mismo.
Ahora
bien, con la intencionalidad de definir un marco razonable a la
actividad política, Weber afirma que toda acción humana debería
orientarse por una ética de la convicción o según una ética de
la responsabilidad. La primera define una especie de fe militante en
algo; la segunda presume que constantemente se tomarán en cuenta
las consecuencias de los propios actos.
Estas
dos orientaciones éticas son, a la luz de sus resultados, distintas
y hasta contrapuestas. Quien obra según la ética de la convicción
no se siente obligado a justificar las consecuencias especialmente
si éstas son malas. En términos políticos, una actuación de este
tipo puede convalidar las conductas más perversas y los crímenes más
horrendos contra la humanidad, pues, en el fondo será la estupidez
del hombre o la voluntad de Dios las responsables de que las cosas
hayan ocurrido así. La fe en algo queda incólume pues está más
allá del bien y el mal, aunque muchas veces esa fe es puro
fanatismo irracional. En cambio, quien obra según la ética de la
responsabilidad tendrá en cuenta las consecuencias de una actuación
previa, hecho que especialmente en política define unos límites
aparentemente razonables.
Sin
embargo, Weber sentencia que “ninguna
ética del mundo puede eludir el hecho de que para conseguir fines
buenos haya que contar en muchos casos con medios moralmente
dudosos, o al menos peligrosos, y con la posibilidad e incluso la
probabilidad de consecuencias laterales moralmente malas. Ninguna ética
del mundo puede resolver tampoco cuándo y en qué medida quedan
santificados por el fin moralmente buenos los medios y las
consecuencias laterales moralmente peligrosas”[8].
Se
observa entonces que tampoco Weber logra en definitiva establecer un
vínculo satisfactorio entre ética y política. En todo caso, su
preocupación esta fincada en lograr un punto de equilibrio y
complementariedad entre la ética de la convicción y la ética de
la responsabilidad. Y es que está seguro, así lo demuestra su análisis,
que existen límites éticos a la actuación y la conducta políticas.
Pasión y responsabilidad dejan de ser factores contrapuestos cuando
añadimos la mesura como una medida de autocontrol y examen racional
frente a los cursos alternativos de acción que se presentan en el
quehacer político de los seres humanos.
Considero,
a mayor abundancia, correctas las conclusiones a las que arriba
Weber sobre el tema que nos ocupa, aún cuando, como ya mencioné,
deja una sensación de vacío en relación el elemento vinculante
entre ética y política. Efectivamente, cuando declara que es muy
poco lo que puede aportar la ética en torno a la justificación de
los medios y los fines que se esgrimen en la actividad política,
nos coloca lamentablemente en el punto de partida.
ETICA
Y POLITICA: UN PRIMER PUNTO DE ENCUENTRO
El
problema parece radicar en la identificación de un factor de
vinculación entre la esfera de la ética y la correspondiente a la
política; esferas que, como hemos visto hasta ahora, están nítidamente
separadas. Parece oportuno, siguiendo esta lógica, examinar los
elementos que permitían hasta Maquiavelo una estrecha relación
entre ética y política.
La
política hasta antes de Maquiavelo estuvo vinculada a valores
morales y religiosos. Entre los griegos, la actividad política era
inseparable de una búsqueda del bien común como corolario del
desarrollo de determinadas virtudes cívicas que sólo eran posibles
en el marco de la polis. Esto es especialmente evidente en Atenas
democrática donde la actividad política presupone, ante todo, una
ética de servicio sustentada en el carácter rotativo de la
titularidad de los cargos públicos. En este sentido, es la
colectividad, la polis, quien define los límites de la actuación
política estableciendo sanciones físicas y morales a quienes
vulneran el ordenamiento establecido o atentan contra su integridad.
Esta concepción horizontal de las relaciones de poder, se muestra
ciertamente útil porque puede frenar los excesos invocando sistemáticamente
un valor supraindividual cuya custodia y fomento es responsabilidad
de todos.
Por
otra parte, una relación que fue ampliamente común a lo largo de
la historia de la humanidad y aún hoy pervive en determinadas
colectividades, es la que vincula religión y política. En lo
sustantivo, la religión, o mejor cualquier religión, cohesiona a
las colectividades que se entregan a ella en función de objetivos
metafísicos. Un orden místico o mágico regula entonces las
actividades de los hombres, distribuyendo premios y sanciones según
el carácter del comportamiento que observen en el plano terrenal.
Por lo tanto, la actividad política queda constreñida en los
marcos de un ordenamiento regido por deidades suprahumanas en el
contexto de concepciones politeístas, o por Dios infinito en el
correspondiente a concepciones monoteístas. Obviamente, esa
percepción no impide que se den, en los hechos, relaciones de
poder, incluso desiguales y jerárquicas, pero la idea trascendental
es que a los ojos de la(s) divinidad(es) todos somos iguales e
invariablemente daremos cuenta de nuestros actos en algún momento
en este mundo concreto, o en plano celestial despojados
definitivamente de nuestra mundana corporeidad.
De
este modo, cuando Maquiavelo descubre que la política puede ser
explicada como una actividad estrictamente humana fundada
generalmente en relaciones de poder jerárquicas, las
justificaciones religiosas y morales quedan de más, y desde ese
momento, se quiebra el vínculo entre ética y política. Sin
embargo, habrá que decir en honor a la verdad que es la unidad política/religión
la que en definitiva se disuelve. Como hemos visto, los griegos de
Atenas habían concebido dentro de una organización política que
denominaron democracia,
una ética de servicio público sobre la que construyeron sus
instituciones de gobierno.
Es
precisamente la idea democrática la que, a mi parecer, restituye la
relación entre la actividad política y el campo de la ética. No
nos olvidemos, por otra parte, que la democracia fue un fenómeno
esquivo, casi excepcional en la historia de la humanidad. Durante
casi mil ochocientos años, el pensamiento y las prácticas democráticas
heredadas de la Grecia clásica quedaron como reliquias cuya
recuperación fue parcial y penosa. Cuando Maquiavelo redescubrió
la política, la nota dominante eran sistemas de gobierno monárquicos
y absolutistas; cuando Max Weber formuló sus disquisiciones sobre
ética y política, Alemania se debatía en una dramática situación
emergente de la derrota bélica, donde facciones autoritarias y
filorevolucionarias se disputaban el control del gobierno por métodos
que no eran precisamente democráticos, en el marco de un sistema sólo
formalmente democrático.
Lo
que deseo resaltar es que ética y política pueden vincularse de
una forma aparentemente plausible a través de la idea democrática
y las prácticas que ésta genera, especialmente cuando constituyen
un marco de referencia obligatorio a las actividades políticas que
giran en torno a las múltiples relaciones de poder.
Pero
examinemos con más detenimiento esta última percepción: en
sistemas no democráticos, cualquiera sea la forma que adopten, los
procesos de toma de decisiones son atributo exclusivo de quienes
detentan efectivamente del poder. La colectividad sólo experimenta
los efectos de tales procesos decisorios, sean éstos malos o
buenos, teniendo en consecuencia márgenes muy estrechos e
inflexibles para contrarrestar o cuestionar tales determinaciones.
La responsabilidad por los actos políticos de quienes gobiernan la
sociedad es prácticamente nula, pudiendo entonces proceder con
total impunidad o, en el mejor de los casos, sin considerar
seriamente el interés colectivo. En este contexto, la política,
desprovista de cualquier tipo de limitación, puede expresar las
distorsiones más siniestras y condenar a la sociedad, en nombre de
finalidades que sólo comparten los poderosos, a grandes e inhumanos
sacrificios[9].
En
un sistema democrático, en cambio, es fundamental la idea de que
“todos los miembros (de la
colectividad) están suficientemente calificados, en general, para
participar en la adopción de las decisiones colectivas obligatorias
que graviten en grado significativo en sus bienes o intereses. De
todos modos, ninguno está tanto mejor calificado que los otros para
que se le confíe en forma excluyente la adopción de tales
decisiones obligatorias”[10].
Asimismo,
la teoría democrática establece que los gobiernos constituidos según
sus principios, son responsables de sus actos ante la colectividad,
pues, ésta les ha delegado un tipo de autoridad revocable. Esta
misma idea implica que en el ámbito de la actividad política que
se desarrolla en un sistema democrático, existan límites
razonables y que ante todo tienen que ver con valores éticos de
servicio público.
La
política y los políticos son escrutados constantemente por la
opinión pública que, en muchos casos, puede ser implacable a la
hora de condenar conductas antiéticas, pues, se estima importante
el respeto a unas reglas de juego que otorgan estabilidad y,
fundamentalmente, credibilidad a los valores democráticos.
En
este sentido, ética y política encuentran un nexo en la democracia
como concepto, sistema de gobierno y proceso de adopción de
decisiones obligatorias. Incluso no sería para nada descabellado
afirmar que solamente la democracia hace posible que estas esferas,
aparentemente contrapuestas, se conecten en la realidad.
VALORES
ETICOS EN LA POLITICA
Ahora,
es muchos menos complicada la tarea de encontrar valores éticos que
orienten y limiten la actividad y conducta políticas. Y por lo
menos tres grandes principios aparecen como parámetros ineludibles:
a) el respecto por un
conjunto de reglas de convivencia política en democracia que, en lo
sustancial, determinan las formas que debiera adquirir la pugna por
el poder y las variantes de acceso al mismo; b)
la observancia de pactos y acuerdos establecidos fundamentalmente
con el propósito de alcanzar objetivos comunes, sin que ello
implique necesariamente la renuncia a una determinada concepción
del mundo o a una posición frente a los problemas de la comunidad y
c) el carácter
responsable que debe acompañar toda actuación política en
democracia.
El
principio “a)” establece
simplemente que la democracia define un conjunto de reglas de juego
que los actores políticos deben asumir cuando ingresan a
desarrollar actividades políticas. Estas reglas determinan, por una
parte, el respeto por las opiniones y posiciones divergentes a la
propia, es decir, la certidumbre que en democracia no sólo es
posible el consenso sino también, y frecuentemente, el disenso. El
reconocimiento de esta variedad de posiciones y opiniones da lugar a
lo que comúnmente se denomina pluralismo
democrático. Asimismo, el enfrentamiento ideológico,
discursivo o programático con el adversario no debería, en
democracia, adoptar formas violentas o moralmente inaceptables. Las
contiendas, se entiende, serán efectuadas precisamente dentro del
marco de respeto mutuo, pues, lo que se intenta es captar la
preferencia de la ciudadanía, del electorado para acceder al poder
del gobierno de la colectividad. El acceso a éste, debe pasar por
el veredicto público que generalmente adopta la forma de
elecciones, donde en definitiva es el pueblo quien decide la
titularidad del poder.
Mediante
el principio “b)” ,
se ratifica plenamente el “a)”,
pero al mismo tiempo se superan problemas técnicos que puede
producir un proceso democrático. Muchas veces, la preferencia de la
ciudadanía se distribuye entre una gama de expresiones políticas
sin que ninguna de ellas logre imponerse, por esta vía, nítidamente
sobre el resto. En consecuencia, son absolutamente legítimos los
pactos o alianzas entre algunas de estas expresiones para
garantizar, en primer lugar, la gobernabilidad democrática del
sistema y, en segundo término, hacer viable un programa de consenso
que sintetice de forma relevante los puntos de vista de los
ocasionales socios políticos. Es por lo tanto fundamental el
respeto por los acuerdos pactados de esta forma ya que con ellos se
garantiza ante todo, la continuidad de la institucionalidad democrática.
Naturalmente, el probable desacuerdo entre los socios políticos
debe preverse, así como las formas públicas y transparentes de
reconvención del mismo pacto por alguno de sus miembros. Además,
la suscripción de acuerdos como los descritos no debieran
significar el sacrificio de la propia posición política en aras de
un grosero (pero muy frecuentemente invocado) pragmatismo,
sino la conciliación de aquella con otras distintas (pero no
diametralmente opuestas) o similares, en función de un objetivo común
que generalmente se identifica con la búsqueda de mejores
derroteros para toda la colectividad.
Finalmente,
el principio “c)”
significa que la política, en democracia, debe ejercitarse como una
actividad sonde sistemáticamente se tome en cuenta las probables
consecuencias del propio proceder. Esta práctica permite, asimismo,
la exclusión consciente y responsable de cursos alternativos de
acción moralmente incorrectos.
Como
corolario de lo enunciado hasta aquí, podemos afirmar que la política
en democracia se orienta por una ética de servicio a la comunidad.
Obviamente, quien ingresa al juego político en un sistema democrático
busca el favor ciudadano, pues, se considera portador de ideas o
proyectos más inteligentes, más significativos y más realistas,
cuya implementación favorecerá naturalmente a su colectividad.
Además, la eventualidad de un acceso al poder está legitimada por
un veredicto previo de la ciudadanía, realizado a través de un
acto eleccionario libre. Esto último nos lleva a concluir que también
es éticamente necesaria la constitución de una comprensión
esclarecida entre la mayor cantidad posible de miembros de la
comunidad, ya que es fundamental el acceso equitativo a información
que pueda coadyuvar a la formación de una opinión responsable
capaz de discernir democráticamente entre las opciones políticas
que tiene ante sí.
DISIDENCIAS
ETICAS
Sin
embargo, a pesar del carácter definitivamente valioso de los
principios democráticos enumerados, cuando se aplican al mundo real
es evidente que se produce una distancia o brecha que simplemente
estaría definiendo grados de aproximación de las colectividades
organizadas democráticamente, hacia aquellos principios.
Diversos
teóricos han coincidido en señalar que la práctica sistemática
de los principios reputados como democráticos, generan una cultura
política, algunas de cuyas características más deseables se han
analizado aquí. Pero no podemos ni debemos entregarnos a un ciego
optimismo, pues, los sistemas democráticos contemporáneos, lejos
de reflejar la imagen armoniosa que quisiéramos, presentan
problemas, muchos de los cuales son directamente atribuibles a la
política y a los políticos.
A
pesar de todos los límites y parámetros éticos que la democracia
fija a la política, ésta constantemente se las arregla para
subvertir los mismos. Un problema especialmente odioso, pero nada
nuevo, es la corrupción política. Sin embargo, “...la
corrupción ha llegado a niveles sin precedentes. En realidad, la
corrupción política ha llegado al punto en que corrompe a la política”[11].
Esto fundamentalmente porque se ha ido perdiendo la ética del
servicio público, porque “sencillamente
existe demasiado dinero en medio... y ... el costo de la política
se ha vuelto excesivo y en gran medida esta fuera de control. La
conclusión es que a medida que se debilita la ética, las
tentaciones aumentan porque llegan ante nosotros continuamente y en
cantidades asombrosas”[12].
La
constatación precedente se basa en una observación del desempeño
político en sistemas democráticos correspondientes a países
desarrollados; y si esto es así allá, ¿qué ocurre en nuestras
incipientes y tercermundistas democracias?
Al
respecto habrá que partir reconociendo que la democracia es, en la
mayoría de nuestros países, un hecho reciente. La historia de los
países latinoamericanos está teñida por una cultura del
autoritarismo que ha generado consecuencias sustantivas[13]. En primer término, la adopción instrumental y acrítica
de normas y sistemas reputados como modernos
entre los que figura precisamente la democracia. El problema
reside en que a culturas organizadas a partir de criterios
colectivizantes, donde el Estado y el caudillo son los puntos de
referencia política más importantes, se sobreponen estructuras
democráticas que, privadas en un principio de una sólida base
desde donde difundirse consistentemente, tienden a fracasar
continuamente o a generar sistemas híbridos cuya eficiencia es, a
todas luces, cuestionable.
Por
supuesto que muchos dirán que la democracia en estos últimos cinco
lustros ha triunfado definitivamente en nuestros países, pero no se
puede negar que el autoritarismo y sus distorsiones como el
prebendalismo, el clientelismo y la corrupción aún no han sido
erradicados de nuestros sistemas políticos; por lo mismo, la
institucionalidad democrática es significativamente precaria.
En
este sentido, la posibilidad de conectar ética y política a través
de los principios democráticos, en medio de este panorama, es
bastante difícil. La política y sus actores en nuestros países
están todavía muy identificados con la cultura del autoritarismo y
han adoptado los principios democráticos de forma instrumental, es
decir, como medios para alcanzar fines bastante prosaicos.
Sin
embargo, considero que la persistencia de la democracia, el
redescubrimiento de sus principios y valores, el papel de una opinión
pública mejor informada y la creciente percepción de que es
posible y éticamente obligatorio sancionar las conductas políticas
moralmente incorrectas[14],
pueden otorgar a la esfera de la actividad política límites
razonables y con ello, restablecer el puente con la esfera de la ética.
UN
DIALOGO ENTRE ETICA Y POLITICA A MODO DE CIERRE
Circunscribámonos
a nuestra muy particular realidad e imaginemos, por un momento, que
asistimos a una diálogo esclarecedor y pedagógico entre un político
identificado militantemente con la cultura del autoritarismo y sus
naturales secuelas, y un personaje llamado “ético” que
sinceramente asume los principios y valores democráticos, cuya
posición ha evolucionado hasta hacerse bastante crítica con
aquella cultura muy difundida en nuestro medio y en Latinoamérica
en general[15].
Político: No entiendo hasta
ahora el empeño de algunas personas por tratar de encontrar valores
éticos en la política; valores que tendrían la misma naturaleza
que los que orientan la conducta humana común. Esta claro que, a
este respecto, existe un profundo desconocimiento de la naturaleza
de la política. Ya el gran Maquiavelo sentenció que la política
se rige por leyes propias cuya dinámica está, muchas veces,
contrapuesta a la ética y la moral. Por mucho que nos cueste
aceptarlo, la política no es un asunto de “monjitas clarisas”,
sino de relaciones de poder descarnadas y pragmáticas.
Etico:
Estoy plenamente de acuerdo con usted que la política se
desenvuelve en un medio específico que son las relaciones de poder.
Sin embargo, pretender justificar los probables excesos de la política
y los políticos arguyendo que la dinámica que impera allí es muy
diferente a la que se suscita en otras actividades humanas
“normales”, nos lleva a concluir que estaríamos tratando con
una esfera donde operan seres no-humanos sobre la base de reglas que
no tienen límites razonables.
Político: ¡Muy al contrario
mi estimado amigo!, en el campo de la política y las relaciones de
poder, las personas tienden a liberar aspectos muy humanos de su
naturaleza. La envidia, la angurria, la vanidad, la deslealtad,
entre otros, son factores que
un buen político debe
manipular con habilidad para permanecer vigente e ileso en los
juegos de poder.
Etico:
Precisamente porque en la política se liberan estas pasiones es que
deben existir límites, y límites fundamentalmente éticos para
evitar consecuencias nada constructivas sobre la colectividad y la
integridad de sus instituciones.
Político:
Sin embargo, usted estará de acuerdo conmigo que muchas veces para
alcanzar fines nobles u objetivos socialmente útiles, los políticos
deben utilizar medios que a los ojos de gente como usted son
moralmente inaceptables. Además, también coincidirá conmigo en
que, como decía Max Weber, no existe ninguna ética del mundo capaz
de condenar o santificar esos medios porque sencillamente la política
no se ajusta a evaluaciones de tipo ético o moral.
Etico:
De acuerdo, con muchas reservas, pero existe también la posibilidad
que la utilización de ese tipo de medios, lleve a objetivos
moralmente inaceptables como efectivamente ha ocurrido a lo largo de
nuestra historia. Pero creo que es oportuno reencauzar nuestro análisis
porque siento que estamos girando estérilmente en torno de
argumentos y contrargumentos harto conocidos. Permítame, pues,
preguntarle si usted se siente identificado con los valores de
nuestro novel sistema democrático.
Político:
Si bien no entiendo la intencionalidad de su interrogante, debo
decirle que sí, absolutamente. Me considero un demócrata en todo
el sentido del término, y mi compromiso con los valores e
instituciones de nuestra democracia es total.
Etico:
Muy bien, entonces como demócrata sincero que dice ser, usted estará
de acuerdo conmigo en que la actividad política en democracia se
desarrolla en el marco de un conjunto de reglas cuya finalidad
esencial es la constitución de una ética de servicio público y la
afirmación constante de una conducta responsable, especialmente con
relación a los propios actos.
Político:
Mire usted, estimado ingenuo, una cosa es asumir la democracia como
forma deseable de gobierno y otra muy distinta desarrollar una
actividad política que, como le mencioné, está sujeta a múltiples vicisitudes
muchas de veces incompatibles con principios éticos e incluso con
los valores democráticos que usted acaba de identificar.
Etico:
Usted acaba de pintarse de cuerpo entero. O se acepta la democracia
y sus valores de una forma sincera, o en definitiva se utiliza a ésta
de modo instrumental. Lo que acaba de afirmar precisamente apuntala
esta última idea. Percibo, mi buen amigo, que para usted y mucha
gente de su clase, en realidad la democracia es simplemente un
“slogan” útil para capturar la voluntad de “ingenuos”,
porque en los hechos aquella concepción de la política sin límites
éticos prevalece con toda intensidad. Además, cuando un político
busca en democracia la preferencia de la ciudadanía,
invariablemente acude a justificaciones relativas al bien de la
colectividad. Es justamente la colectividad quien define, con su
voto, quién es merecedor de su confianza y, en este sentido, el
beneficiado no puede menos que actuar responsablemente y en
consonancia con algunos principios básicos y fundamentales, cuya
naturaleza es esencialmente ética.
Político:
No voy a tomar en cuenta su tono despectivo cuando se refiere a
“los de mi clase”. Sin embargo, quisiera que usted identifique
puntualmente esos “principios éticos” que limitarían la
actividad política en democracia.
Etico:
Pues bien, en primer lugar, el respeto por un conjunto de reglas que
establecen las formas “ordenadas”, “legítimas” y “pacíficas”
que adopta la pugna por el poder y el acceso al mismo. En segundo
lugar, el compromiso expreso de observar acuerdos y pactos
constituidos con el propósito de alcanzar metas comunes que
necesariamente tienen que ver con el “bien de la colectividad” y
finalmente la obligación que tienen los políticos en democracia de
actuar responsablemente, de acuerdo precisamente con los límites
que define una ética del servicio público.
Político:
¡Bellos ideales!, pero lamentablemente nuestra realidad política
muy rara vez coincide con ellos. Veamos esto más detalladamente,
con relación al primer punto, estoy plenamente de acuerdo en que,
por ejemplo, una forma ordenada, pacífica y legítima de acceder al
gobierno de la colectividad es a través de elecciones libres y
transparentes. Ahora bien, pretender que la pugna por el poder deba
adquirir esa tónica de “orden” y “pacifismo” es
sencillamente desconocer la dinámica, a veces terrible, que
adquiere la política en este tema. ¿Acaso no ve usted que en períodos
electorales los políticos utilizan los más variados métodos no sólo
para conquistar la preferencia ciudadana sino para humillar,
desprestigiar y, si es posible, destruir moralmente al adversario de
turno? Quien intenta conducirse de una forma “ética” en este
asunto peca de iluso y con seguridad será presa fácil de sus
“colegas”.
Etico:
Esta constatación suya no hace más que afirmar un uso meramente
instrumental de la democracia. Lo sustancial para ustedes no es la
discusión seria de propuestas objetivas, sino el muy vulgar juego
de dañar la imagen del adversario para estimular el morbo colectivo
y capitalizar votos de esta manera. Incluso pienso que si fuera el
caso, ustedes no tendrían inconveniente en acceder al poder
mediante métodos ilegítimos y antidemocráticos, pues, un grosero
pragmatismo orienta permanentemente su conducta. A este respecto, es
ilustrativo el caso de la Alcaldía de La Paz donde la Señora
“Rosada” y sus “colegas” no tuvieron el menor escrúpulo en
contravenir normas constitucionales, reglas democráticas y valores
éticos para alcanzar sus propósitos muy personales.
Político:
¡Por favor! no me venga con eso de la Alcaldía de La Paz; el tema
esta ya muy cacareado y hasta ahora no ha pasado nada. Sin embargo,
no me negará que fue un ejemplo brillante de nuestra política
criolla. Por otra parte, el tema nos remite al segundo punto que
usted planteó. Los pactos o acuerdos que se realizan en política
son suscritos en función a intereses, entiéndalo bien, intereses
concretos y específicos que, debo reconocer, pueden ocasionalmente
coincidir con parte de los intereses que persigue la ciudadanía. ¿Usted
cree que cuando los políticos transan entre sí para intentar
alcanzar el poder o gobernar a una colectividad tienen en mente
principalmente el bien de ésta?, ¡de ninguna manera!; a lo sumo
invocan esa idea para hacer más legítimos o digeribles pactos que
usted sabe pueden ser insólitos. Ahora, si uno o más de los
asociados no observan los compromisos de interés mutuo establecidos
previamente, políticamente es correcto por parte de los
damnificados la ruptura del pacto y la constitución de uno nuevo
con protagonistas menos impredecibles.
Etico:
Con lo que usted acaba de afirmar, la democracia quedaría reducida
a un simple “show”, donde la hipocresía y el cinismo serían la
regla. Aún más, si todo se reduce a una mera contienda entre
intereses particulares que, como usted mismo dijo, pueden
“ocasionalmente” coincidir con los de la colectividad, se dejan las puertas abiertas a
prácticas dañinas como la corrupción, el prebendalismo y el
clientelismo. Con su muy realista constatación, la ciudadanía, la
colectividad, haría el papel de un sujeto pasivo y acrítico, cuya
única misión en este mundo sería consagrar en el poder, mediante
su voto, a políticos como usted para luego observar indolentemente
cómo se trafica impunemente con su voluntad y confianza.
Político:
Me parece muy visceral su opinión, pero la entiendo porque
finalmente me conmueve su ingenuidad a este respecto. Pero es
preciso que concluya mi análisis. Actuar responsablemente en política
no especifica frente a qué o a quién debemos ser responsables. So
usted se molestara en echar una mirada sobre nuestra muy heterogénea
sociedad, podría observar que la conducta de un político puede ser
reputada como correcta y responsable por un segmento de esa
sociedad, e incorrecta o irresponsable por otro segmento de aquella.
Y es que también la sociedad se mueve en función de intereses muy
concretos de acuerdo a su nivel socio-económico, extracción
cultural o, en general, a su condición social. Como quiera que
resulta imposible, a la luz de nuestra colorida diversidad,
pretender representar los intereses de toda la sociedad sobre la
base de ideas y consignas homogenizantes, los políticos nos
especializamos en determinados sectores de nuestra colectividad e
intentamos representar sus intereses de forma fidedigna, en una dinámica
de reciprocidad, puesto que ellos se benefician al contar con
portavoces comprometidos con su forma de ser, y nosotros con su
apoyo y voto, podemos acceder a niveles de decisión, a esferas de
poder, desde las que intentamos cristalizar esos intereses.
Etico:
Y se olvida mencionar que también, y sobre todo, pueden realizar
sus propios intereses. Pero bueno, coincido con usted en que nuestra
sociedad es heterogénea lo que necesariamente define niveles de
entendimiento y motivación muy dispares entre sí. Sin embargo,
ratifico que la conducta política en general debe ser responsable,
no sólo ante determinados sectores de la colectividad, sino frente
a toda la colectividad. Lo que usted no mencionó ni por asomo es
que, frecuentemente, a los políticos no les interesa para nada
crear una “comprensión esclarecida” entre su electorado. Es más,
el mantenimiento de equívocos, visiones erradas o distorsionadas y
estereotipos negativos les es útil, porque de alguna manera encubre
su verdadera intencionalidad que no es otra que la de un uso también
instrumental de las demandas e intereses de la sociedad o segmentos
de ésta. Su objetivo, vuelvo a reiterar, es alcanzar el poder
usando los beneficios que otorga la institucionalidad democrática y
aprovechando las expectativas de un electorado al que se le niega
sistemáticamente la posibilidad de informarse adecuadamente. El
engaño, las promesas nunca cumplidas, las verdades a medias
constituyen definitivamente elementos que atentan contra la formación
de una comprensión por lo menos medianamente esclarecida de la
sociedad.
Político:
¿Y no se a puesto a pensar que a la gene común le interesa muy
poco formarse una opinión “esclarecida” de temas que en general
son muy aburridos?, ¿usted no ha observado que es más fácil
motivar al pueblo con “slogans” y “poses” de tipo
espectacular que presentan en forma reducida y pedagógica problemáticas
de suyo áridas?
Etico:
Estoy de acuerdo que esas modalidades presentan en forma simplista y
por cierto muy vulgar temas centrales, pero nunca pedagógicamente
porque en ese caso las opciones que tienen los políticos de motivar
a su electorado se reducirían dramáticamente, pues, se verían
obligados a explicar mediante juicios razonados y objetivos temas
que ni siquiera ellos conocen cabalmente.
Político:
Veo que será muy difícil sacarlo de sus profundos equívocos
respecto a la dinámica política en nuestras muy imperfectas
democracias. Considero que es inútil seguir con esta charla, porque
de mi parte creo que he manifestado lo más significativo del tema
que nos ocupa.
Etico:
Sin embargo, creo que es importante de mi pare cerrar nuestro diálogo
con una reflexión final. A pesar de todo cuanto usted ha venido
manifestando, aún considero que es posible identificar valores éticos
que orienten la conducta política en una democracia. Es más,
definitivamente no existe otra alternativa si es que sinceramente
deseamos preservar los valores e instituciones democráticas. Me
explico: sin límites razonables, la gente común, por muy poco
esclarecida que sea, tenderá a identificar la política como usted
la ha presentado con la democracia y, en ese caso, cualquier opción
no democrática tendrá aceptación. Si nuestra democracia no es
capaz de otorgar un mínimo de certidumbre y expresar valores éticos
consistentes por causa de una dinámica política atrabiliaria e
inmoral, la gente no tardará en volverse contra este sistema de
gobierno. A este respecto, hay quien dice que “si la desconfianza
en los políticos es general..., y si los partidos como tales
pierden su prestigio, entonces... el desencanto y la desilusión...
pueden conducir a la apatía, al retiro de la política, a lo que en
los años cincuenta se llamó despolitización. Pero el rechazo de
la política que tanto aumenta en la actualidad, no es de ninguna
manera pasivo, sino activo, participante y vengativo. En tanto que
al ciudadano apático hizo muy fácil la política, el ciudadano
vengativo y enérgico puede hacerla muy difícil”.
Terminado
que fue el diálogo, ético y político se despidieron amigablemente
y cada uno tomó su camino con la esperanza sincera de reencontrarse
y conversar de temas más amables.
La
Paz, Febrero de 1997
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