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(23/10/2000)
(La Razón)
El
descrédito de la Corte Electoral pone en duda la legitimidad del
Gobierno
Iván Guzmán de Rojas
En la historia electoral en
décadas pasadas, el fraude ha sido una de las causas con efectos más
perniciosos en la política de nuestro país.
El daño mayor que ocasiona toda forma de fraude es la
deslegitimación del poder constituido, por tanto, no cuenta con la
genuina autoridad para ejercerlo, sea a nivel municipal o nacional.
El efecto directo casi siempre ha sido la violencia, en todo
caso el desorden y el abuso sin límites de las autoridades ilegítimas
emergentes del fraude.
En 1991, los partidos políticos tuvieron que ponerse de acuerdo
para despolitizar el sistema electoral, con árbitros electorales
independientes de los partidos políticos, requisito expresamente
establecido en la nueva ley, para asegurar la imparcialidad y para
evitar el fraude, garantizando
así la legitimidad de las autoridades constituidas.
Gracias al nuevo sistema electoral, hoy podrá no gustarnos alguna
autoridad elegida, pero no podemos poner en duda su legitimidad como
autoridad. Este simple
hecho ha dado al país una importante base de ordenamiento
institucional que ha permitido significativos avances en la forma de
manejar los conflictos sociales, en las reformas institucionales y
en nuestras relaciones internacionales. Irónicamente, la ley
redactada para erradicar el fraude, en su texto nunca menciona la
palabra fraude, no está tipificado.
La ley se refiere a delitos electorales, entre los que se
menciona el uso de datos fraudulentos.
Pero el tema del fraude es más complicado.
La experiencia de las seis
elecciones conducidas por la Corte Nacional Electoral bajo la nueva
ley, incluyendo sus versiones con enmiendas, está entre lo mas
positivo que se puede registrar en la historia de Bolivia de la última
década. Este hecho se
ha reconocido internacionalmente.
Sin embargo, resabios del pasado no han dejado de hacerse sentir en
algunos pocos asientos electorales en todo el país.
Pocos militantes, pensando hacer un favor a sus partidos, los
indujeron a cometer fraude, sin reparar en las funestas
consecuencias, no solamente para la imagen de los partidos, sino
también para la estabilidad del sistema electoral.
Las formas de fraude fueron diversas, no las discutiremos aquí,
la opinión pública está bien enterada de lo que sucedió en pequeñas
localidades como Maragua en 1997, en Colquechaca, Ocurí, etc., en
1999.
No
al fraude
La CNE no permitió que se
constituyan autoridades surgidas del fraude, ese es su mayor galardón,
aunque ahora para algunos significa que los miembros de la Corte que
no permitieron semejante engaño son un peligro mortal para la
democracia.
Lo evidente es, que a pesar de los conflictos sociales y las críticas
a los presidentes de la República electos en 1993 y 1997 por el
voto de miembros del Congreso con credenciales otorgadas por la
Corte Nacional Electoral, nadie se puso a cuestionar la legitimidad
de estos dignatarios de Estado.
¿Podría una Corte corrupta haber otorgado esa legitimidad?
El nefasto golpe de 1980 fue el epílogo de unas elecciones con
fuertes indicios de fraude, justamente cuando se intentó utilizar
la informática de modo muy precario.
Desde 1991 los sistemas informáticos que se dice son
malos y llenos de errores, ¿habrían permitido seis
elecciones ordenadas con resultados respetados por todos?
Los efectos del fraude frustrado han dado lugar a furiosas
reacciones contra la Corte. Pero
lo que se pone en duda con una campaña de desprestigio y
desestabilización del sistema electoral de nuestro país no es el
prestigio de las personas que nos toca administrar los procesos
electorales, sino es la legitimidad de las autoridades que surgieron
de las elecciones administradas por quienes supuestamente
cometieron graves errores jurisdiccionales y trabajaron con
un sistema informático de cómputo de votos y padrón electoral
nada confiable. La lógica
de la gente es simple, se pregunta: ¿Entonces es legítimo el
gobierno surgido de tan desastrosa administración electoral?
La espiral del descrédito y
la desconfianza podrá tener efectos impredecibles. Por ejemplo, parecerá tramposa la distribución del Bolivida
en base a ese desacreditado padrón electoral, que sin embargo, el
gobierno ha solicitado a la CNE utilizarlo para ese fin porque las
AFP consideran que se trata de la única base de datos de personas
razonablemente confiable en Bolivia, es decir, REGINA...
Las
interrogantes
¿Por qué no esperar a los
resultados de la auditoría de sistemas de la OEA que comenzará el
próximo mes de noviembre, a iniciativa de las brigadas
parlamentarias y con aceptación de la CNE?
Así sabremos si debemos cambiar de sistemas, o qué medidas
técnicas debemos tomar para garantizar las elecciones del 2002.
¿Por qué no enviar los documentos sobre adquisiciones de software
y servicios de consultoría a la Contraloría General de la República
para verificar si son ciertas las denuncias de malos manejos.
Si los hubo, castigar a los autores, si no los hubo castigar
a las personas calumniadoras. Es
sencillo, cuando hay la voluntad política para seguir los caminos
institucionales. Los
documentos pertinentes fueron entregados por la CNE al Senado
Nacional el 6 de junio pasado.
Entonces, ¿por qué persistir con minutas del Senado
Nacional a la CNE, pidiendo la misma información incluyendo
aspectos impertinentes que ocasionan reacciones conflictivas?
Algunos concejales electos, que por Resolución de la Corte Nacional
Electoral perdieron sus credenciales al anularse sus listas por
cambio de sexo, haciendo uso de sus legítimos derechos, demandaron
ante el Tribunal Constitucional a los vocales de la CNE que votamos
por esa anulación de listas. Ese
es un camino institucional correcto. Entonces, ¿por qué no esperar
el fallo del Tribunal Constitucional, que saldrá antes de fin de año?
Así sabremos si cuatro vocales obramos de acuerdo a la
Constitución y las leyes o si por lo contrario el único voto
disidente era el correcto.
Los efectos del fraude son el fondo del conflicto en la
Corte Nacional Electoral. No
se trata de "rencillas internas" entre vocales como se
pretende hacer aparecer desviando el verdadero problema a
discusiones bizantinas sobre aspectos técnico administrativos de la
institución. Antes del
2002, sin argucias legalistas, los ciudadanos antes de ir a votar
exigimos una respuesta clara a la pregunta: ¿Es procedente o no, la legitimidad de una autoridad que
surge del fraude?
Ivan Guzmán de Rojas es
presidente de la corte nacional electoral

(19/10/2000)
(La Razón)
Los Vocales, Quiénes son y qué
piensan
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