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Carnaval de Oruro
"Fiesta Andina"

Tomado de: Diccionario del Folklore Boliviano,
de José Felipe Costas Arguedas, Sucre UMSFX, 1967

El carnaval de Oruro es distinto a cualquier otro del mundo. El historiador Augusto Beltrán Heredia considera que lo que le hace único es su sentido religioso: proveniente del mundo autóctono andino y el cristianismo traído por los conquistadores españoles.

Por su parte, el investigador José Murillo Vacarreza considera que el antruejo orureño es una compleja expresión que armoniza el folklore, la fe religiosa y el mito pagano, sublimando en la música y en la danza las ansiedades, angustias, insatisfacciones y frustraciones individuales y colectivas acumuladas por el subconsciente.

Esta festividad pagano-religiosa tiene varias etapas previas a la fiesta misma. La primera es:

La preparación: Grupos organizados que poseen bienes propios, comprometen su participación haciendo una visita a la Virgen del Socavón, con una ceremonia que enfervoriza a los integrantes de las comparsas. Esta reunión es nocturna y en ella se recuerdan participaciones anteriores y se la matiza con bebidas calientes.

El Rodeo: Consiste en la invitación que hacen el alférez y el presidente de la institución a personas pudientes para que contribuyan a los festejos. El "rodeado", -a veces con cooperación ajena-, presentará el mayor número de vehículos o acémilas adornadas con vajilla de plata y joyas de oro en la "entrada de cargamentos", las que precederán a la comparsa. El rodeado tiene el privilegio de llevar una réplica de la imagen de la Virgen del Socavón.

Los ensayos: Son ejercicios que realizan los danzantes desde el primer domingo de noviembre hasta el que precede a la celebración del carnaval. Cada grupo tiene su pista conocida en una calle espaciosa y su propio público simpatizante. Los ensayos duran cinco horas, con intervalos de aproximadamente diez minutos, en los que no se permite tomar bebidas alcohólicas.

El primer convite: El primer ensayo concluye con una visita a la Virgen del Socavón. Los danzantes ingresan al templo por turno. Los que participan por primera vez prometen a la Virgen bailar cuando menos tres años consecutivos en su honor y los antiguos, seguir con la comparsa. Todos convidan a la Virgen a concurrir a los festejos y, al salir, le brindan su primera danza.

El segundo convite: Después de aproximadamente cuatro meses de practicar sus danzas, los conjuntos suben nuevamente hasta el Templo del Socavón para invitar por segunda y ultima vez a la Virgen. Se repite el ritual del primer convite y concluye la primera feria de miniaturismo.

La Entrada de Cargamentos: El sábado, primer día de carnaval, las comparsas que se prepararon durante meses, marchan rumbo a la Iglesia de la Virgen del Socavón danzando con pasos que sugieren visiones del averno. Es un derroche de plata, oro y pedrería. En años anteriores los cargamentos se transportaban en recuas de ganado equino, hoy se lo hace en modernos vehículos motorizados, sobre los que se colocan monedas y billetes, vajilla de fina plata, joyas y todo objeto de valor.

El Rey del Carnaval: Detrás del "cargamento" y precediendo el ejército de diablos, viene Lucifer, montado unas veces en brioso corcel y otras a pie, pero siempre flanqueado por dos guardaespaldas armados de tridentes de fiero. Detrás, cinco diablas o "China Supay", enjoyadas y con caretas sensuales. Lucen polleras de diversos colores, que suspenden de rato en rato con gestos indecentes.

La Diablada

La danza de la Diablada tiene su origen en la época colonial y representa la lucha entre el bien y el mal; entre el Arcángel San Miguel con las Siete Virtudes, y Lucifer, con los Siete Pecados Capitales.

Detrás de la figura del diablo, parecerías esconderse conceptos y personajes de la religión andina, como el "tío" de las minas, ser sobrenatural, subterráneo y dueño de los metales que tan pronto puede conceder grandes riquezas, o causar la muerte en los socavones. El cerro de la mina, por su parte, está asociado con la Virgen, en cuyo homenaje surgió La Diablada.

Esta danza refleja el sincretismo religioso americano-europeo y hoy se la baila en muchas ciudades bolivianas y es imitada en otros países.

Saltando sin pausa, con vueltas intercaladas y en perfecta formación, danzan los diablos sosteniendo en la mano una víbora, mientras que con la otra, enguantada de rojo, se abren espacio.

Para vestir al diablo, los sastres recaman los disfraces con habilidad excepcional, en tanto que las bordadoras extreman su arte en cada puntada de los deslumbrantes pañuelos con que cubren sus espaldas.

Los mascareros, por su parte, hacen de sus obras verdaderas creaciones artísticas. Se extrema la imaginación y cada máscara es original, única, adornada con los animales que el semidiós Huari envió para la destrucción de los Urus, antiguos habitantes de este solar altiplánico.

Entre los demonios, saltan algunos disfrazados de animales totémicos, como el cóndor, el "jucumari", etc.

Bastante atrás, deslumbra el ángel Miguel, quien con su casco rutilante, sus ojos vidriados, su espada culebrina, su escudo bruñido y hasta con su blanca y celeste vestidura alada, vigila a la Virgen del Socavón, traída por el alférez.

Finaliza el conjunto con el desfile de la banda de música que toca la "Marcha del Diablo", a cuyos compases triunfales desfila la atronante diablada.

 

 

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