El Montículo, un refugio eterno de los novios
Miércoles, 07 / Dic / 2005
(La Paz - La Razón)
Con su templo, parque y mirador, este rincón de Sopocachi es un monumento al amor. Su iglesia es la favorita para bodas, mientras sus bancas recuerdan historias de pasión.
A escondidas, cuando la noche se adueñaba del horizonte, Raúl y Simona se regalaban debajo de los robustos sauces del Montículo, tímidas caricias de adolescente. “No sé por qué, pero nuestros paseos siempre culminaban allí”, susurra con picardía Simona —hoy de 60 y “qué le importa” años—, mientras sostiene el retrato en blanco y negro del entonces robusto Raúl Suárez.
Fue en uno de esos furtivos encuentros que la pareja decidió dar un paso definitivo en su relación: el matrimonio. ¿La capilla escogida para el enlace? La Inmaculada Concepción del Montículo, por supuesto. Esa que por años resguardó sus mutuos suspiros.
No se puede hablar del parque Montículo sin discurrir en las vivencias de intelectuales, bohemios y traviesos escolares que la pueblan desde los tiempos en que el tranvía se abrió paso por el barrio de Sopocachi. Tampoco se puede hablar de este tradicional mirador paceño, dominado por la vista del nevado Illimani, sin contar las miles de historias de amor que se escribieron en sus venas, muchas de las cuales terminaron en el altar de su pequeña capilla “milagrosa”.
Que las parejas encuentren en la iglesia del Montículo el lugar perfecto para sellar su amor —al mes se registran más de 10 bodas— no es casualidad, ya que al deambular por sus recovecos uno respira el romanticismo y la espiritualidad que la hacen única.
El portento de la Virgen
Según las crónicas coloniales, el actual barrio de Sopocachi era habitado por la comunidad de indígenas Ancu Ancu, donde los conquistadores construyeron una capilla a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción.
En 1538, un “horrendo” movimiento sísmico, como narra Ismael Sotomayor en su libro Añejerías paceñas, derrumbó la iglesia. Durante días, los vecinos trataron de hallar la imagen de la virgen, hasta que una luz brillante, venida del cielo, alumbró una noche el lugar donde se hallaba sepultada.
Los milagros de la Inmaculada Concepción continuaron en 1897 cuando su nuevo hogar fue destruido presa de un voraz incendio. Entonces, una vez más la imagen fue hallada intacta.
Aquel hecho prodigioso convirtió al actual Montículo en un espacio de peregrinación donde, con los siglos, se desarrollaron distintas formas de conmemoración. Desde entonces, las parejas buscan que su matrimonio sea bendecido por la virgen “milagrosa”.
“La gente dice que es una iglesia que atrae la suerte a los recién casados”, explica Luis Carpio Terrazas, sacristán de la capilla paceña.
No sólo los portentos de la virgen construyeron la fama del Montículo. A mediados del siglo pasado fueron los enamorados quienes comenzaron a escribir una nueva trama. Las jóvenes parejas encontraban en sus senderos custodiados por árboles el lugar perfecto para conversar de amor.
Así lo describe en sus escritos el intelectual Wálter Montenegro, quien narra en la extinta revista Sopocachi que “a medida que descendían las sombras del anochecer (...) y se oían ecos lejanos de bocinas de los nuevos automóviles como quejidos de grandes animales heridos, el Montículo se cerraba en sí mismo como el nido de amor de la ciudad”.
Claro, no todos los vecinos de Sopocachi estaban conformes con tan empalagoso título. Montenegro cuenta cómo un grupo de damas de la clase alta paceña, llamadas a sí mismas “celadoras de la moral”, se encargaba de ahuyentar del lugar a las parejas, valiéndose de la ayuda de la Policía. Pero, “pudo más la vida, las señoras murieron de viejas y el amor volvió”.
Y no hay mejor manera de corroborar esa afirmación que dando un paseo nocturno por los dominios de Neptuno, donde los enamorados encuentran refugio. Algunos recorren tomados de la mano los senderos que conducen al mirador desde el que se ven eternas las luces de la ciudad. Otros prefieren la privacidad de los coches que pueblan hasta la madrugada las calles de adoquín que rodean al parque y la capilla.
Este mes será el más atareado para los miembros de la parroquia, pues la lista de bodas que esperan concretarse allí es bastante nutrida. Luis Carpio está listo para esas atareadas jornadas mientras continúa alimentando las incontables anécdotas de las ceremonias.
“Nunca olvidaré a esa madrina que traía al altar del brazo al novio. La solemnidad de su andar terminó cuando la falda se le cayó en el camino”, recuerda el sacristán.
Pero no todas las vivencias son tan amables. “Nunca faltan las ex parejas que se presentan en la boda para reclamarle al novio su abandono”, cuenta Carpio.
Con todo, y a pesar de los graffitis, las botellas vacías de bebidas alcohólicas y el descuido del grueso de la ciudadanía, el Montículo seguirá inspirando a intelectuales, poetas y, en especial, a las parejas que lo convierten en cómplice de su amor. Así lo asegura Simona viuda de Suárez, mientras de su viejo tocadiscos escapa la letra del tango Illimani, inspiración de Néstor Portocarrero: “Sopocachi, de mis sueños juveniles, 15 abriles quién volviera hoy a tener...”
Con su templo, parque y mirador, este rincón de Sopocachi es un monumento al amor. Su iglesia es la favorita para bodas, mientras sus bancas recuerdan historias de pasión.
A escondidas, cuando la noche se adueñaba del horizonte, Raúl y Simona se regalaban debajo de los robustos sauces del Montículo, tímidas caricias de adolescente. “No sé por qué, pero nuestros paseos siempre culminaban allí”, susurra con picardía Simona —hoy de 60 y “qué le importa” años—, mientras sostiene el retrato en blanco y negro del entonces robusto Raúl Suárez.
Fue en uno de esos furtivos encuentros que la pareja decidió dar un paso definitivo en su relación: el matrimonio. ¿La capilla escogida para el enlace? La Inmaculada Concepción del Montículo, por supuesto. Esa que por años resguardó sus mutuos suspiros.
No se puede hablar del parque Montículo sin discurrir en las vivencias de intelectuales, bohemios y traviesos escolares que la pueblan desde los tiempos en que el tranvía se abrió paso por el barrio de Sopocachi. Tampoco se puede hablar de este tradicional mirador paceño, dominado por la vista del nevado Illimani, sin contar las miles de historias de amor que se escribieron en sus venas, muchas de las cuales terminaron en el altar de su pequeña capilla “milagrosa”.
Que las parejas encuentren en la iglesia del Montículo el lugar perfecto para sellar su amor —al mes se registran más de 10 bodas— no es casualidad, ya que al deambular por sus recovecos uno respira el romanticismo y la espiritualidad que la hacen única.
El portento de la Virgen
Según las crónicas coloniales, el actual barrio de Sopocachi era habitado por la comunidad de indígenas Ancu Ancu, donde los conquistadores construyeron una capilla a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción.
En 1538, un “horrendo” movimiento sísmico, como narra Ismael Sotomayor en su libro Añejerías paceñas, derrumbó la iglesia. Durante días, los vecinos trataron de hallar la imagen de la virgen, hasta que una luz brillante, venida del cielo, alumbró una noche el lugar donde se hallaba sepultada.
Los milagros de la Inmaculada Concepción continuaron en 1897 cuando su nuevo hogar fue destruido presa de un voraz incendio. Entonces, una vez más la imagen fue hallada intacta.
Aquel hecho prodigioso convirtió al actual Montículo en un espacio de peregrinación donde, con los siglos, se desarrollaron distintas formas de conmemoración. Desde entonces, las parejas buscan que su matrimonio sea bendecido por la virgen “milagrosa”.
“La gente dice que es una iglesia que atrae la suerte a los recién casados”, explica Luis Carpio Terrazas, sacristán de la capilla paceña.
No sólo los portentos de la virgen construyeron la fama del Montículo. A mediados del siglo pasado fueron los enamorados quienes comenzaron a escribir una nueva trama. Las jóvenes parejas encontraban en sus senderos custodiados por árboles el lugar perfecto para conversar de amor.
Así lo describe en sus escritos el intelectual Wálter Montenegro, quien narra en la extinta revista Sopocachi que “a medida que descendían las sombras del anochecer (...) y se oían ecos lejanos de bocinas de los nuevos automóviles como quejidos de grandes animales heridos, el Montículo se cerraba en sí mismo como el nido de amor de la ciudad”.
Claro, no todos los vecinos de Sopocachi estaban conformes con tan empalagoso título. Montenegro cuenta cómo un grupo de damas de la clase alta paceña, llamadas a sí mismas “celadoras de la moral”, se encargaba de ahuyentar del lugar a las parejas, valiéndose de la ayuda de la Policía. Pero, “pudo más la vida, las señoras murieron de viejas y el amor volvió”.
Y no hay mejor manera de corroborar esa afirmación que dando un paseo nocturno por los dominios de Neptuno, donde los enamorados encuentran refugio. Algunos recorren tomados de la mano los senderos que conducen al mirador desde el que se ven eternas las luces de la ciudad. Otros prefieren la privacidad de los coches que pueblan hasta la madrugada las calles de adoquín que rodean al parque y la capilla.
Este mes será el más atareado para los miembros de la parroquia, pues la lista de bodas que esperan concretarse allí es bastante nutrida. Luis Carpio está listo para esas atareadas jornadas mientras continúa alimentando las incontables anécdotas de las ceremonias.
“Nunca olvidaré a esa madrina que traía al altar del brazo al novio. La solemnidad de su andar terminó cuando la falda se le cayó en el camino”, recuerda el sacristán.
Pero no todas las vivencias son tan amables. “Nunca faltan las ex parejas que se presentan en la boda para reclamarle al novio su abandono”, cuenta Carpio.
Con todo, y a pesar de los graffitis, las botellas vacías de bebidas alcohólicas y el descuido del grueso de la ciudadanía, el Montículo seguirá inspirando a intelectuales, poetas y, en especial, a las parejas que lo convierten en cómplice de su amor. Así lo asegura Simona viuda de Suárez, mientras de su viejo tocadiscos escapa la letra del tango Illimani, inspiración de Néstor Portocarrero: “Sopocachi, de mis sueños juveniles, 15 abriles quién volviera hoy a tener...”
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Actualidad • OCT 17 / 2026