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Machacamarca. Un oasis oculto en mitad del altiplano

(La Paz - La Razón)


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Texto: Javier Badani • Fotos: Pedro Laguna

Si pudiera ser pesada, esta peculiar historia sobrepasaría las dos toneladas. Por eso, no es casual que una recordada leyenda le robe el sueño a más de uno de los habitantes del poblado orureño de Machacamarca, donde, en abril del año 1899, nació un curioso mito sobre un valioso tesoro escondido.

Entonces, a unos kilómetros de allí, en los campos de Crucero de Paria, los batallones de José Manuel Pando derrotaron a las tropas del presidente Severo Fernández Alonso. Ese combate marcó el final de una guerra que enfrentó al norte con el sur y significó el traslado del poder administrativo de la República a La Paz.

En medio de la confusa retirada, dicen que los vencidos chuquisaqueños sepultaron en algún paraje del actual municipio de Machacamarca una valiosa carga: dos toneladas de monedas de plata.

“Están ocultas debajo de un árbol”, afirma la tradición oral. Y, con ese dato, cualquiera podría pensar que su búsqueda sería sencilla, dado que la cantidad de árboles en el altiplano orureño es exigua. Por lo menos, así lo creyeron los cientos de aventureros que infructuosamente intentaron hallar el preciado tesoro. Pero al transitar por las polvorientas venas de Machacamarca, el visitante se encuentra con que el poblado, asentado a más de 3.700 metros de altura y con una población aproximada de 2.000 personas, cuenta con más árboles que habitantes... “¡Más de 5.000!”, exclama el investigador Ramiro Belzu Miranda (67), quien con orgullo señala que su tierra tiene la fama de ser el jardín del altiplano.

Un oasis creado por el estaño

Distante a unos 35 minutos de la ciudad de Oruro, la historia de Machacamarca (pueblo nuevo) tomó vuelo a mediados del siglo XVIII, de la mano de un ingenio minero que procesaba la plata extraída de las minas y que perteneció a la orden católica de los franciscanos.

Sin embargo, la consolidación del pueblo altiplánico se produjo en los primeros años del siglo XX, cuando el minero boliviano Simón I. Patiño inició la construcción del ferrocarril Machacamarca-Uncía, línea que conectó al “barón del estaño” con todas sus minas ubicadas en Huanuni, Llallagua y Uncía.

Bajo el impulso de la actividad minera —antes de la llegada del tren, el transporte del estaño se realizaba en cuatro días a lomo de bestia; con el nuevo ferrocarril, esa distancia se cubría en cuatro horas—, el desarrollo de la localidad atrajo a decenas de comerciantes.

Fue durante esos años —la obra ferroviaria se realizó desde 1914 a 1921— que los empleados

alemanes, estadounidenses e ingleses de Patiño comenzaron a plantar árboles en el campamento ferroviario, con el objetivo de hacer más llevadera su prolongada estadía en el frío e inhóspito altiplano boliviano.

Para ello, los ingenieros ferroviarios —a los que luego se sumaron profesionales en minería— contrataron jardineros especializados, y así iniciaron la repoblación con una gran variedad de árboles, como sauces, álamos, cipreses y pinos.

Después, con el paso de los años se desarrolló un microclima único en medio de la altiplanicie orureña, que no deja hoy de impresionar al visitante citadino.

Los pobladores —la gran mayoría indígenas que veían por vez primera el crecimiento de tan exuberante vegetación— se hicieron regalar por los administradores del complejo gajos de los árboles. Más tarde, sin una ayuda técnica ni previo conocimiento, comenzaron a plantarlos en sus patios y en los alrededores de su vecindad.

Tampoco faltó el personaje que, imprudente, lo hizo dentro de su propio hogar. Con el tiempo, las raíces del arbusto dañaron su vivienda, según narran los comunarios.

Pero, además de los árboles, en los años 20 también fueron introducidas en el pueblo de Machacamarca un sinfín de plantas frutales.

Y guindas, duraznos, manzanas, damascos, peramotas y ciruelos, entre otros frutos, todavía forman parte de las delicias naturales que se pueden encontrar en los hogares de los machacamarqueños.

“La gente que conoce este pueblo queda gratamente sorprendida al ver tanto verde en las calles”, asegura el escritor Ricardo Belzu, quien ensaya una teoría sobre cómo se mantiene este inédito oasis en medio del frío del altiplano.

“Este pueblo está construido en su totalidad sobre arena. Durante el día, los rayos del sol son absorbidos por ésta, que mantiene así su calor”. Por eso, “no se puede caminar descalzo en las tardes”. Ya por la noche, “un efecto térmico protege a los árboles”, relata Belzu.

Más allá de las explicaciones, los habitantes de las comunidades que circundan Machacamarca ya comienzan a emplear esa gran ventaja que les proporciona su tierra para mejorar su calidad de vida.

Según la Alcaldía de esta localidad, cuatro hectáreas de las 11 comunidades que conforman el municipio están destinadas a la siembra de cebolla orgánica dulce y normal. Estos productos son exportados a Estados Unidos y Brasil. Además, una hectárea de quinua y otra de haba se suman a los productos que son comercializados fuera del país.

Pato y chuño en el menú

El viento golpea sin pausa

las hojas verdes y amarillentas de los árboles de la avenida Álamos, y ese sonido arrastra también la encogida figura de don Víctor Lazcano.

A sus 70 años, el anciano, que en su juventud trabajó en el complejo ferroviario —hoy fuera de funcionamiento—, recorre cada día las calles del pueblo orureño con el objetivo de escuchar el canto de las aves que anidan en los árboles.

Y es que el clima de Machacamarca —que durante el día se asemeja a la temperatura de valle— ha permitido el mantenimiento de toda una diversidad de pájaros.

Entre ellos destacan los denominados chiguancos, aves con plumaje de color negro y pico amarillo que se alimentan de las semillas de los pinos y eucaliptos.

Mientras tanto, en el invierno son las familias de águilas y las de pequeñas lechuzas las que encuentran cobijo en los arbustos.

Pero, para Lazcano, nada se compara con el trino de las pich\'itancas, una especie de gorriones que habita el poblado en cantidad.

“Nos cantaban (las aves) desde su casita cuando de mocosos jugábamos, con las patas peladas, tunkuña”, narra el anciano, mientras con dificultad se sienta en una banca frente a la Alcaldía. El pueblo cuenta con tres amplias plazas y otro número igual de plazuelas.

La variedad de aves, entre tanto, se completa a 15 minutos de Machacamarca, donde se halla la laguna Uru Uru. El rebalse del río Desaguadero acoge aves silvestres acuáticas como taracas, pariguanas (flamencos rosados) y patos.

Éste último fue, durante el auge del estaño, el producto alimenticio más apreciado por los viajeros del ferrocarril Machacamarca-Uncía. Tanto así que, en ese tiempo, el pato asado con chuño era considerado el plato típico del lugar. Hoy, sólo se sirve en el restaurante El Palomar.

Golf a 3.700 metros de altura

Además de protagonizar el proceso de repoblación de árboles, los altos funcionarios extranjeros de la Patiño Mines introdujeron en la población innovadores deportes.

Así, en el campamento ferroviario se construyeron hacia los años 20 canchas de golf, tenis y fútbol, que son utilizadas en la actualidad por las generaciones más jóvenes.

Aunque debido al alto costo que representaba la manutención del extenso terreno de golf, los funcionarios de Comibol —que administraron las minas de la Patiño Mines, sus instalaciones y su ferrocarril tras la nacionalización de la minería privada (1952)— dejaron de utilizarlo y de cuidarlo.

Hoy, las nostalgias de aquel pasado conmueven la memoria de Daniel Almendras Zeballos (65), músico, radiotécnico e improvisado médico

naturista que ofrece sus servicios cerca de la parada de buses.

“En sus mejores épocas más de 7.000 personas vivían en el pueblo de Machacamarca”, suspira. En la actualidad, esa es la cantidad de habitantes de todo el municipio.

El maestro jubilado se declara apesadumbrado al deambular por las fantasmagóricas instalaciones del complejo ferroviario, que junto al tendido de la línea férrea de 96 kilómetros tuvo un costo total de cinco millones de dólares y cuya materia prima fue importada desde Europa y Estados Unidos.

Todo ello, gracias a la bonanza de la explotación del estaño en los años 20, que además se hizo extensiva en cierta medida a las familias de los trabajadores del famoso campamento ferroviario de Patiño.

“El material escolar era comprado para los hijos de los empleados por la empresa. Era de marca e importado, como las tintas para las plumas alemanas Pelikan”, recuerda Ricardo Belzu.

Los empleados también disfrutaban de los últimos lanzamientos cinematográficos en el teatro 21 de Enero, y preferían, sobre todo, los filmes de Charles Chaplin.

Un viaje por el pasado

Con todo, durante la administración de Comibol, en los años 80, una brutal caída en los precios internacionales del estaño provocó la relocalización de miles de mineros y el despido de cientos de trabajadores del ferrocarril. Años después, la línea fue clausurada y Machacamarca quedó casi despoblado.

“A pesar de que por estos rieles anduvo uno de los hombres más ricos del planeta”, señala Belzu con melancolía. Se refiere a Simón I. Patiño, quien solía trasladarse a sus minas en un lujoso autocarril Buick del año 1933 conocido como “Alcapone”. Belzu, empírico historiador que obtiene los datos de sus investigaciones en los funerales, espera que el proyecto del museo del tren se haga realidad para preservar las locomotoras de vapor que actualmente se muestran abandonadas.

Según el alcalde de Machacamarca, Freddy Fernando Chinche, los trabajos se iniciarían este año. Sin embargo, el proyecto, que fue presentado el 2005 en medio de celebraciones, aún no cuenta con la financiación para ser una realidad.

Pese a las dificultades, el visitante no deja de admirarse al recorrer las sendas de arena del complejo abandonado. Cobijado por sauces llorones y vagones de madera, custodiado por cajas fuertes abandonadas y relojes cuyas manecillas se detuvieron en algún lugar del pasado... mientras, como empujada por el viento, resuena a lo lejos la voz de Daniel Almendras: “Machacamarca querida, llorando te he de dejar”.

 

 

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