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Detectando tránsfugas
Rafael Archondo*
Varios
candidatos siguen pasando por la guillotina periodística
y hay linchamientos simbólicos a granel. Llevan
marcada en la frente el rótulo de tránsfugas.
Ocurrió que quienes no cabían en la lista
de su partido, no tardaron en encontrar acomodo en la
sigla del frente. Quizás el deseo de seguir cobrando
dietas fue la mejor garrocha para saltar cualquier muro
partidario.
Pero,
¿es justo semejante maltrato?, ¿quién
merece ser criticado y quién no? Para efectos
de simplificación, estas preguntas podrían
ser licuadas en una: ¿qué diablos es un
tránsfuga? Alguien que cambia de partido,
diría un simplista. No le hagamos caso.
De
ser así, tránsfugas seríamos todos,
votantes primero de Siles Zuazo, años más
tarde de Banzer, luego de Goni, y más adelante,
otra vez, del ex dictador; en fin, una población
bien pasa-pasa. No hay tal. Todos mudamos
de preferencia y eso es saludable, porque de no ser
así, seguiríamos afiliados al partido
del general Eliodoro Camacho.
Demos
entonces un paso más allá: Tránsfuga
no es un apelativo para pueblos, sólo se aplica
a políticos con nombre y apellido. La definición
mejora, pero no remedia nada. Sabemos de gente más
o menos respetable que no morirá en el mismo
partido con el que nació a la vida pública.
Ahí
van algunos: Antonio Araníbar (MIR, MBL), Guillermo
Bedregal (FSB, MNRH, MNRU, MNR) o Juan del Granado (MIR,
MBL, MSM). A ninguno de ellos cabría calificarlo
como prototipo de tránsfuga sólo porque
remodeló sus mapas ideológicos. Indignarse
con quien admite la caducidad de sus visiones sería
pretender asfixiar el derecho a usar neuronas propias.
Tercer
intento de definición: tránsfuga
es quien cambia de partido, pero no porque haya mudado
ideas, sino porque así conviene a sus bolsillos.
Aunque no lo crea, ésta sigue siendo poco convincente
a pesar de que así razona nuestra ley. A un diputado
lo ficha el partido enemigo por billetes entregados
en secreto y acepta contento. Bien, pero ¿cómo
sabemos que lo hizo por el vil metal y no porque acaba
de estrenar convicción? Estamos de nuevo sobre
terreno pantanoso.
Para
detectar transfugio armados de esta definición,
habría que bucear en la mente de cada acusado
para descifrar sus más íntimas intenciones.
Ni siquiera nos sirve la prueba de que minutos antes
de cambiar de sigla, creía en otra cosa. Hay
afiliaciones que brotan en fracciones de segundo, ¡eureka!
Esta
vez la cuarta resultó la vencida: tránsfuga
es quien habiendo sido elegido para un cargo en las
nóminas de un partido, se afilia a otro mientras
dura su gestión, mofándose de la voluntad
ciudadana. Dicho esto, ni a Encinas ni a Valda,
que permanecieron en el MIR casi hasta el final del
mandato, debería caerles la artillería
periodística. Tránsfugas han sido tal
vez por un par de sesiones, lo cual es inevitable para
quien busca la reelección bajo otra sigla. Por
lo demás ¿dónde está el
delito en cambiar de colores cuando uno ya va de salida?
¿Acaso no es dable pensar en un político
honesto, expulsado por su partido, devenido en corrupto,
y luego bien recibido por otro, en buena ley?
Es
cierto, los atacados por la prensa quizás no
sean así, pero su enjuiciamiento corresponde
a los electores, porque si a pesar de todo votan por
ellos, no habrá nada que impida su triunfal carcajada
dentro del hemiciclo.
La
democracia tiene razones que también benefician
a los que no nos agradan.
*Rafael
Archondo es periodista.
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