País de minorías
Rafael Archondo*

Para un país como el nuestro, escindido hasta la saciedad en bravos segmentos beligerantes, no existe otra forma de convivencia posible que no sea la democracia.

Si algún legado nos dejan los últimos 50 años, es el estallido, cada vez más airoso, de las identidades, los particularismos o los intereses de capilla. Ya no contamos con una derecha monolítica y autoritaria, occidental y cristiana, sino variados caudillos de un liberalismo viciado en cada flanco por prédicas redistribuidoras. Tampoco tenemos una izquierda ilustrada, incluyente o socialdemócrata capaz de unir a trabajadores, indígenas, mujeres, homosexuales, cineastas y sociólogos libertarios.

A cambio presenciamos el esforzado aunque mermado paso de Evo Morales, y quizás también del Felipe Quispe de melena recortada de los últimos meses, por aglutinar anhelos de democracia radical e igualitaria a partir de un liderazgo con poco predicamento entre quienes no se evalúan como quechuas o aimaras.

Pareciéramos estar en los albores del derrumbe del sistema de partidos y sentidos dominantes del 21060, pero no hay indicios de un consenso alternativo, de nuevas reglas para convivir bajo las revolucionadas circunstancias de la crisis. Estamos huérfanas, las minorías que poblamos Bolivia, de un sentido común; de un espacio en el que cada cual se sienta parte de un todo y donde a pesar de los conflictos por venir, tengamos la certeza de que el barco jamás naufraga. Precisamos, como diría Sartori, de la convicción que podemos darnos el lujo de pelearnos con entusiasmo, porque justamente sabemos que, en última instancia, nadie va a desbaratar el cuadrilátero.

Parece entonces que no va a quedar más remedio que llamar a una Asamblea Constituyente para rediseñar pautas alternativas de convivencia política. A estas alturas de la desolación, cuesta creer que todavía haya alguien entre nosotros que piense que el cambio de presidente va a cambiar en algo el vulgar estado de las cosas.

De esa proeza sólo es capaz un grupo variopinto de personas libremente elegidas por la población con el único objetivo de redactar una nueva Constitución para luego regresar a sus casas. Y que allí dentro estemos la diversidad actuante, con y sin color partidario, intereses corporativos o delirios subversivos, y, que allí, en una sala grande con asientos acolchados, nos veamos obligados a pactar, pero en serio y sin dobleces. Sería algo así como una revolución, aunque sin muertos ni deportados.

Hablan y escriben desatinadamente los que advierten solemnes que una Asamblea Constituyente no nos sacará de la pobreza.

Semejante aclaración pone en ridículo a sus autores. Cuando un país renueva su consenso constitucional se está poniendo de acuerdo en torno a las reglas que regirán la explosión de sus odios y pasiones. En ningún caso cabe esperar que además acuerde cómo resolver sus penurias económicas. Esa es harina de otro costal. Una Constituyente discute procedimientos, no políticas de Estado ni remedios a crisis de productividad. De modo que dejen de confundirnos. Sin salida política, social y cultural de fondo, no habrá ofensiva efectiva contra la debacle económica. La disyuntiva es simple: o transformamos la energía eruptiva de los bloqueos en discusión acalorada dentro de un espacio público de consenso o seguimos creyendo que las tormentas se calman mediante el reparto de bonos dilapidados desde este recién inventado Estado-ventanilla.

*Rafael Archondo es periodista.


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