La celebración del Anata en el área rural de occidente empezó con una ofrenda a la Madre Tierra y seguirá con el Jisk’a Anata y el Jacha Anata.
Papas grandes envueltas en serpentina multicolor y bañadas en confite son la ofrenda que los campesinos del altiplano le hicieron a la Pachamama el pasado 2 de febrero, ritual con el que comenzó el festejo de La Candelaria y el Anata o fiesta andina asociada con la celebración del carnaval según el calendario occidental.
La ofrenda
o hilla, que se coloca al ingreso de la chacra, es un pacto entre hombre y deidad (la Madre Tierra). El amuleto aumenta las esperanzas de una producción agrícola abundante. Tras el ritual, pasarán al menos dos semanas hasta que la comunidad retome la celebración. El director del Museo Tambo Quirquincha, David Mendoza, explicó que el lunes de carnaval andino se conoce como Jisk’a Anata, fiesta de agradecimiento a la Pachamama por lo que la gente challa la casa, los animales
y el lugar donde trabaja.
El Jacha Anata o martes de carnaval es el día para el regocijo de toda la comunidad; los pobladores se reúnen en el centro de la localidad para bailar al son de tarkas y pinquillos. Además challan a sus autoridades para que éstas sean buenas y conserven su cargo.
El miércoles se celebra la kachua, que consiste en una caminata hacia el cerro más alto de la comunidad. Allí, los campesinos degustan de un aptapi (merienda) y después bailan hasta
que el sol se oculte y el cuerpo no pueda recibir más bebidas y comidas.
El jueves es de kacharpaya, cuando se cuenta a los animales; en este rito, el padre o el hijo mayor marcarán la oreja de sus animales.
El domingo se despide el Anata con canciones melancólicas que piden a la Pachamama bendiga la tierra y aleje el mal de la comunidad. Se cree que aquel que trabaje en los días de festejo tendrá mala cosecha y hasta un rayo podría caerle por no respetar los rituales.