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El carnaval en los Andes, espacio de vida y muerte
(La Paz - La Razón)



De tanto en tanto surge, desde la mirada occidentalizada, una condena al afán festivo en medio de la tragedia. Tres estudio-sos explican la concepción distinta que está detrás de la fiesta.

Dice Lydia Inés Muñoz, colombiana, investigadora social, que “el estudio del carnaval exige abordar un objeto que se encuentra en el ‘presente eterno’; se trata de una historia viva que se escenifica mediante el ritual, historia de la alegría que examina la esencia del ser humano”.

Y añade: “La presencia del carnaval en América se justifica como producto de un proceso, en donde la memoria colectiva desempeña un papel que logra activar los ritos agrarios precolombinos con festejos africanos y personajes o costumbres de origen hispánico. Obedece a la acción del sincretismo en el perfil de la cultura mestiza”. Es decir que el carnaval merece una consideración mucho más profunda de la que se suele usar cuando se lo juzga desde una cotidianidad hecha de reglas. Como cuando se pretende no entender cómo la fiesta sigue cuando debería haber duelo, cómo se puede bailar luego de una catástrofe, cómo reír cuando hay muertos que llorar.

“En el carnaval está presente la vida pero también la muerte. Esta fiesta es, para el mundo andino, parte de un ciclo que responde al modo de ser de los pueblos, a su cultura. Y por tanto, a una cosmovisión que es preciso conocer para entender la importancia de su presencia y las formas en que se manifiesta.

Se suele criticar una supuesta insensibilidad de la gente que, “sin importarle nada”, sale a emborracharse y a bailar mientras el resto sufre por un derrumbe, un accidente o —lo que ocurrió el 12 de febrero en el país— por enfrentamientos sangrientos entre bolivianos. Y se compara con lo que pasó en Estados Unidos cuando se derribaron las Torres Gemelas y todas las fiestas —de entrega de premios por ejemplo— se suspendieron.

Falsa comparación. Aunque la lógica que actúa en las culturas andinas sea difícil de explicar, lo que ocurre es que para éstas todo es parte de la vida, también la muerte. No se para el mundo porque alguien muere. Menos el carnaval que es el momento en que se challa para la Pachamama. Se dirá que racionalmente esto no funciona, que hay un dolor que respetar —y en esto la Iglesia Católica ha influido mucho—, pero ahí está la otra lógica.

Además, en nuestros pueblos y ciudades, la muerte está demasiado presente. La gente se va por circunstancias tan fáciles de resolver como la desnutrición o la falta de atención que estamos siempre cerca de la muerte. Si vas a Yungas ya estás enfrentándola.

La fiesta, por tanto, es una continuación. Incluso puede llegar a ser un escenario trágico. No se olvide al Tata Danzanti, esa danza en la que el final es la muerte. O el Día de Difuntos, en que se celebra la muerte.

Que todo esto se detenga no lo decreta el Estado ni nadie.
Hay casos en los que en plena fiesta muere alguien. Pues se espera a que aquélla termine para proceder al entierro. Se puede leer en el deceso un signo trágico: que no hubo suficiente devoción, o que el preste o familiar se negó a colaborar y entonces sobrevino el castigo. Pero, una vez más, todo es parte del conjunto.

El carnaval en los Andes es un momento en el que la comunidad entra a la ritualidad con la naturaleza, cuando se agradece a la Pachamama y a sus achachilas. En un principio tenía un sentido agrícola, la anata. Luego, ya en la Colonia, se incorporó la imaginería de los santos patrones.

La fiesta del carnaval, que es de origen europeo, tiene otro proceso. Es un momento en el que se manifiesta la crítica a las instituciones, es el momento de libertad para desnudar la hipocresía de la sociedad.

Hoy, en las ciudades se juntan ambos sentidos. Se encuentra a los chutas y las challas junto a la farándula que también lanza sus críticas con los disfraces”.

DAVID MENDOZA, especialista en temas culturales.

“En la fiesta andina, y en el carnaval como una de ellas, el conflicto, el levantamiento, la guerra van de la mano. Es un momento importante en el sentido de que se puede celebrar la vida o la muerte. Porque la relación entre ambas tiene que ver con la reciprocidad entre vivos y muertos y entre la gente con las deidades.

Eso en la parte mítica. Pero, como dice Fernando Montes, también en los Andes la fiesta es una rebelión que no se expresa verbalmente. Si uno entrevista a un bailarín aimara, no dirá que se está rebelando; pero es bailando el único momento en el que puede ser él y dejar de sentirse colonizado. Así que bailará aunque se caiga el cielo.

Volviendo al primer punto, hay que comprender las concepciones distintas de la vida y la muerte para aprehender lo que pasa en la fiesta. Cuando la muerte significa un fin, una pérdida total y definitiva, hay dolor; pero cuando se la ve como transición, entonces es como una despedida para el encuentro posterior. En otro ciclo volverá tu muerto y le darás comida. Esta última está aún presente en el mundo andino, donde la relación de vivos y muertos es de agradecimiento y de regocijo.

Por eso, el carnaval seguirá su curso. Si hay muertos se dirá que la fiesta se la hace para el bien de ellos, para que se vayan felices. “Para ellos más se los vamos a bailar”, “Se los vamos a challar”. Y así será seguramente”. JAVIER ROMERO, antropólogo, Jefe del Departamento de Extensión y Difusión del Museo de Etnografía y Folklore.

“Veamos el carnaval de Oruro y dentro de él, la Diablada.

La fiesta, a diferencia de otras carnavaleras del país, no es solamente de diversión, sino ritual de iniciación, particularmente el sábado de carnaval.

Véase el rito: los danzarines descienden al subsuelo o socavón, donde está la Virgen —antigua divinidad Uru de quien se dice enseñó a los chipayas a cultivar la tierra y otros secretos y que se convirtió en Virgen durante la Colonia—, ante quien se hace una promesa y para quien se baila. Y los que bailan están vestidos de diablos, una versión moderna del dios Huari o dios de la rebelión, potencia vinculada con las serpientes, los volcanes y los terremotos.

Cuenta el mito que Huari se enamoró de la Ñusta y la persiguió tratando de dominarla. Hubo una pelea y ella lo detuvo. Entonces él le envió plagas de serpiente, sapo, lagarto y una legión de hormigas que la Ñusta venció petrificándolos.

A ella se la asocia con la estrella Venus de la mañana o la Aurora y Huari es el Tío de la mina.

Para representar esa lucha se baila la Diablada que en su sentido original no tiene nada que ver con el diablo cristiano, sino con una divinidad que cuida de los tesoros del subsuelo y los ofrece a los humanos. Estos representantes de Huari se dirigen hacia la Ñusta (la Virgen del Socavón). Bailan todo el día sábado y hacen vigilia hasta el amanecer del día siguiente. Cuando asoma Venus en el cielo, todas las bandas tocan al mismo tiempo y el clima sube hasta llegar al paroxismo, cuando la gente se une y baila como un solo cuerpo: todos son iguales, gringos o nativos, hombres o mujeres, pobres y ricos; todas las barreras se han borrado.

La versión oficial habla de una lucha entre el bien y el mal. Y pone a unos cuantos arcángeles en esa lucha que supuestamente rinde a los diablos. Pero hay que leer quién tiene el peso real, desde el nombre de la danza que tiene que ver con los representantes de Huari, no con los personajes católicos que se han aceptado como una concesión para burlar a la censura religiosa. La Virgen (Venus o Aurora) no “vence”, sino que baja también al subsuelo luego de iluminar a la gente y hacer que se una.

Huari tenía su culto en el subsuelo, como lo tiene hoy el Tío. Era el dios rebelde y el revivir el mito es también una forma de rebelarse. No en vano el sector minero ha sido siempre el más subversivo. No en vano ha sido en el subsuelo, en torno al Tío, que se han planificado muchas de las revueltas. Huari no es, como ya se dijo, el malo. Más bien beneficia a quienes le respetan. Representa, eso sí, la oposición al poder establecido, a los que pretenden ejercer un dominio. Por eso, luego de la nacionalización de las minas se multiplicó el culto. Esa oposición al poder, a la religión católica, se veía en la prohibición de que un cura ingresara al lugar donde se encuentra el Tío, so pena de que el dios se enoje y haga perder la veta de plata. Tampoco ingresaban las mujeres, pues su esposa, la China, se ponía celosa y escondía las riquezas. Algo más: los diablos están asociados a la serpiente (karati en aimara, amaru en quechua). Es decir, están asociados al símbolo de la rebelión indígena. La Diablada es también un rito de iniciación. Hay que descender (como Cristo o Mahoma) al subsuelo para salir, en el ritual del Alba, hacia la luz. Simbólicamente es un morir para renacer, como un cuerpo colectivo, una unidad mística”.

FERNANDO MONTES, antropólogo.

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