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El carnaval de Oruro colorea una ciudad de tonos grises
(Oruro - La Razón)



Oruro, enviado especial

Oruro amaneció ayer remojado. Había llovido. A su entrada, los tonos grises de una ciudad venida a menos con los años resbalaban como un primer saludo a los visitantes más madrugadores. Al frente, la montaña que aloja al socavón distaba mucho de presentar la elegancia del Cerro Rico de Potosí, también de conocida tradición minera. Y las primeras calles, de pocas alturas —de adobe, ladrillo y calamina—, mostraban un aspecto demasiado lineal, plano y aburrido.

Sin embargo, el carnaval, como cada año, se encargó de colorear la ciudad nuevamente para la ocasión. La ciudad, entonces, con los morenos, diablos, caporales y demás familia, se rindió a los verdes, azules y violetas. No había paso que no desprendiera magia. Y el país olvidó por unas horas sus problemas, su coca, su crisis y sus balas perdidas. Oruro era una fiesta.

Cada rincón te lo contaba. Y es que, a una misma hora, el festejo —Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad— se vivía en cada lugar de forma diferente.

A las 10.00, en la terminal, los comerciantes aprovechaban la ocasión para ganar en unos pocos días lo que normalmente consiguen en varios meses. En la avenida 6 de Agosto, las comparsas que encabezaban el ingreso alistaban los trajes y los nervios en las aceras. Mientras, en la Cívica, el ímpetu de los danzantes hacía notar ya su proximidad a la plaza del Socavón. Y en la iglesia, marcha atrás y de rodillas, con una fe de esas que dicen que mueve montañas, algunos grupos salían de ofrendar a la Virgen y conversaban con rostro cansado y más tranquilos.

Para entonces, Oruro respiraba los acordes de viento y los ritmos lentos y serios de las bandas de música. Éstas, perfectamente uniformadas, avanzaban con sus pasos cortos como sin rumbo. Y no se escuchaba un sonido más, tan sólo el sonido de trombones, bombos y trompetas.

Ya no había tregua, y cada movimiento estaba impregnado de táctica y estrategia. Así, las muchachas lanzaban como redes sus sonrisas casi idénticas, y sus trenzas se bamboleaban eternas de izquierda a derecha.

Los morenos, entretanto, jamás abandonaban su cadencia perfecta de resignación, sus idas y venidas que hipnotizan a la vista. Y aguantaban sus trajes de lentejuela, dorado y varios kilos como si realmente estuvieran llevando el mundo al hombro.

Los negros, en cambio, parecían sumidos en un éxtasis de giros, saltos y miradas sin fondo que secuestraban la escena. De sus pipas salía un humo verde, rojo o amarillo que se mezclaba en el ambiente y lo invadía todo. Y sus sombreros enormes sostenían los gestos en equilibrio.

Los caporales iban a la zaga. En un chasquido de pies y látigos mostraban su temible ímpetu que rozaba el desafío. Pero lo mismo ocurría con los tinkus y con los tobas, que luego exprimieron ritmos infernales.

Finalmente, la diablada se adueñó del asfalto con un collage más que ordenado de máscaras, colores y destreza. Y con su amplia corte de cóndores, ángeles y jucumaris repartieron su arte ante los ánimos de las gradas.

Y todo con un destino bien definido: la Virgen del Socavón. Allá, en la iglesia, unos entraban y otros salían en una melodía que no conocía fin. Los rostros se arrastraban por el suelo, enfocados por pequeños ramalazos de luz tenue, y las rodillas avanzaban adoloridas a tramos cortos y nada calculados.

Mientras, como una rueda, la ciudad seguía sus propios pálpitos. En el interior de las casas particulares corría sobre todo la cerveza. En las calles próximas al centro se sentían más los nervios. En las plazas principales, la realidad y la danza eran una sola. Y en los tramos finales, el festejo se reivindicaba por sí mismo.

Entonces Oruro recordaba: un pasado con ribetes de esplendor que hoy camufla en tonos grises, y un carnaval que por instantes esquiva todos los problemas.

LOS DIABLOS • Increíbles máscaras, llenas de color y de detalle, se reivindicaron nuevamente como uno de los grandes atractivos del festejo.

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