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5 de agosto, 2003

Los cánones de la belleza de las culturas nativas

(La Razón)
Si en occidente la estética privilegia la armonía de un cuerpo delgado, la mujer bella de los pueblos originarios debe lucir rellena y fuerte, un concepto en función a la sobrevivencia.

Alta, delgada y exótica. Estas que son las “cualidades” de una mujer “bella” para el mundo de occidente están lejos del concepto de belleza que las culturas ancestrales de Bolivia manejan.

Una mujer apreciada y continuamente cortejada es, más bien, aquella que, sin necesidad de ser obesa, demuestra fortaleza para la reproducción, tanto como para la sobrevivencia. De hecho, para los pueblos nativos, la idea de belleza está en función a la abundancia.

Muy poco se investigó y escribió sobre las nociones de estética en las naciones originarias.

Estudioso de la organización social, política y económica de al menos 24 comunidades que pueblan la amazonia boliviana, el antropólogo Wigberto Rivero distingue dos elementos que armonizan con el paradigma de belleza.

El primero es que éstos son pueblos en permanente lucha por la sobrevivencia, “por eso la mujer flaca no es bella para ellos; lo es aquella gordita, rellenita, pero no obesa. El concepto (de lo bello) está en función a cierta prosperidad”. La explicación está en que tratándose de comunidades itinerantes, que se mueven de un espacio a otro de manera planificada, es preciso que la mujer resista con fortaleza los continuos recorridos, siendo capaz de cargar sus pertenencias y a los niños.

El segundo elemento es la simbiosis entre naturaleza y mujer. El indígena oriental aprecia, tanto como a una mujer fuerte, una que luzca adornos en sintonía con la naturaleza, con la fauna y flora de la selva, es decir artesanías con semillas, dientes y plumas de animales y maderas. En lo que hace a la vestimenta, una mujer que lleva una falda de hojas o corteza de árbol es más apreciada. En la actualidad, este hábito sólo sobrevive en los pueblos más aislados, pues con el proceso de aculturación tiende a perderse.

Igual de importante para el indígena de los Andes (el altiplano de La Paz, Oruro y Potosí, particularmente) es la forma en que la mujer luce la indumentaria.

Germán Guaygua, sociólogo, explica que esto tiene que ver con su constitución física. El uso de la pollera, la manta y el sombrero no es bien visto si quien lleva las prendas es una mujer delgada. “En occidente la estética privilegia la armonía del cuerpo, en el campo es a la inversa, pues implica que esa estética vaya orientada a la obesidad. La gordura y obesidad es un patrón muy fuerte vinculado al éxito”.

En el valle, estos criterios de belleza, es decir la importancia de lucir un cuerpo fuerte que soporte las inclemencias del clima y responda a las necesidades del trabajo en el agro, se repiten.

Un elemento de singular importancia es el cabello. Tanto en el oriente como en los Andes el pelo largo es sinónimo de abundancia y prestancia, respectivamente. “Cuanto más largo se tiene da mayor presencia”, dice Guaygua sobre las largas trenzas de la chola del campo.

El valor que el varón y la propia mujer dan a los adornos en la región amazónica no se reproduce en el altiplano y los valles.

El uso de la joyería es, más bien, una señal de ascenso de nivel que la chola migrante a las urbes luce, particularmente en las festividades paganorreligiosas, mientras que en el campo no se llevan.

En cambio, en el oriente, la artesanía, siempre en sintonía con la naturaleza, es un elemento que va más allá de lo decorativo.

La llegada de la primera menstruación en las jóvenes indígenas resulta un acontecimiento relevante en la aldea; adquieren el estatus de mujer y todas las personas se reúnen para festejar a la nueva casadera.

Por ejemplo, en el caso de los pacahuaras y chacobos, la madurez sexual se asocia con ritos de iniciación como el rapado de la cabeza (por primera y única vez) y la succión del septo nasal para adornarlo con plumas.

Este detalle, como muchos otros, que diferenciarán a las solteras de las casadas, se manifiesta en el altiplano y los valles de otra forma: la ropa.
Las adolescentes visten una pollera sin frizado, largas con colores muy llamativos, contrastantes, y no llevan sombrero, mas al casarse o al alcanzar la mayoría de edad usan uno y adhieren a su indumentaria la manta, la pollera frizada y las medias.

Una vez en las ciudades

En las ciudades se configuran diversos cánones del prototipo de la belleza femenina. La migración del campo a la ciudad representa un elemento importante en este proceso.

El sociólogo Germán Guaygua explica que en las urbes se pueden establecer cinco niveles de estratificación social: la señora, la chota, la birlocha, la chola y la india, quienes marcan un patrón de belleza vinculado con una diferenciación de tipo social y étnico.

La mujer desarrolla un concepto de belleza en base al modelo occidental y construye los cánones de acuerdo a cómo se perciban, aunque se advierte una serie de contradicciones.

En la birlocha (que conserva vínculos con sus rasgos étnicos) es símbolo de ascenso social el uso del jean, aunque simultáneamente lleva el aguayo para cargar al hijo. La chota (que ya se deshizo de todo vínculo étnico) adopta de manera más clara los patrones occidentales, es decir la moda, en particular en los sectores de élite de la clase media baja y popular.

Esta idea de belleza, que se mide en tanto uno ascienda socialmente, tiene también que ver con la activa participación femenina en los procesos de producción y acumulación mercantil, donde ellas también marcan el patrón de belleza.

Así, hay quienes lucen caras y vistosas polleras y mantillas, acompañadas siempre de finos sombreros y joyas.




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