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21 de marzo, 2004

Juan Claudio Lechín cuenta cómo escribe

(La Paz - La Razón)

“El nivel es muy superior al de años anteriores”, sentenció el periodista Jaime Iturri, miembro del jurado del Premio Nacional de Novela 2003. Corroboraron su opinión Gary Daher, Álvaro Cuéllar y Raquel Montenegro, quienes vieron que este año no sólo se había crecido en cantidad de obras —30, siete originales más que el año pasado— sino que la calidad literaria había mejorado.

“Yo creo que los buenos trabajos no han pasado de ser el 20 por ciento”, destacó Álvaro Cuéllar, quien se encontró con que aún había muchas falencias en el resto de los trabajos entregados.

Con este panorama, las recomendaciones de los jurados para quienes deseen escribir una novela se unen a la visión del ganador del concurso patrocinado por La Razón, ATB, Grupo Santillana y BBVA Previsión, quien explica cómo armó la novela, cuánto tiempo y espacio invirtió, cómo se emprende un proyecto narrativo y da algunas recomendaciones para aquel que quiera aventurarse con las letras.

El escritor y economista Juan Claudio Lechín tiene 49 años y escribe desde niño. Publicó dos obras (El festejo del deseo y Los cóndores en España 1492), aunque tiene mucho material en el tintero que no salió a la luz por falta de tiempo y, admite, también por cobardía.

La gula del picaflor, la novela ganadora, trata de un congreso de conquistadores de mujeres. Relata siete historias provenientes de diferentes departamentos de Bolivia. Excluyó a Oruro y Beni, pues creyó que ampliar la obra podría resultar ampuloso, además de que ambos estaban representados, de alguna manera, por los otros departamentos.

“La obra me tomó cuatro años. Yo creo que la literatura debe ser una búsqueda de la vida y donde la palabra debe estar al servicio de esa búsqueda del alma humana. He tratado de que la novela no solamente narre, sino que sea agradable para el lector y que el lector se sienta recompensado por lo que paga. Parecerá estrictamente comercial, pero no lo es. Yo creo que el mayor respeto que uno tiene con los lectores es ofrecerles un buen trabajo, esforzado al máximo”.

La lectura tiene que tener la recompensa de entrar en universos diferentes que el autor plantee, sugiere el columnista de La Razón. Comparte la opinión la presidenta del jurado, Raquel Montenegro. “La principal falencia en las obras presentadas es la falta de trabajo. Hace mucho tiempo que nuestros escritores y todos los que se dedican a la creación deben saber que lo más importante es trabajar en la palabra, en el lenguaje, en las estructuras narrativas... No existe la posibilidad de creer que todo es válido de acuerdo a la inspiración. La inspiración tiene un porcentaje mínimo y la transpiración tiene un porcentaje mayor”.

Para que haya trabajo, debe existir el tiempo y la dedicación que el libro exija. “Le he dedicado todo el tiempo. Tuve la ocasión de ir a Perú y escribir recluido desde 1999. Me levantaba a las 8.00 y las 8.30 ya estaba escribiendo. Terminaba de escribir a las 4.00. Todos los días, menos los domingos”, comenta Lechín, quien cree que el arte es la más complicada y difícil labor humana, pues requiere de una búsqueda permanente. “Nunca hay satisfacción, se necesita un gran monto de valor y esfuerzo. Una obra con mucho talento y sin trabajo no se sostiene. Una obra con mucho trabajo y ningún talento se sostiene, lo que quiere decir que en el límite, el trabajo y el rigor son los que mandan”.

La soledad fue un espacio necesario para el escritor. “Es muy difícil escribir ficción en el tráfago del día. La inspiración llega cuando le da la gana, pero lo tiene que encontrar a uno sentado trabajando. Hay muchos días en que la inspiración no existe”.

Como consejo, Lechín sugiere tener la esquizofrenia de tres personajes: un egipcio, un italiano y un alemán. “El italiano llega cada cierto tiempo. Un esteta bota toda la pared levantada porque no le gusta y se va. Se queda el alemán a organizar el trabajo rigurosamente y se queda el egipcio a poner bloque tras bloque. Y uno nunca sabe cuándo vuelve el italiano, porque es un caprichoso. Pero cuando vuelve, destruye todo, o parte, para que el alemán vuelva a organizarlo todo de nuevo y el egipcio vuelva a levantarlo”.

Ese trabajo minucioso escasea en los concursos, pues son muy pocos los que dedican tiempo a sus obras, según delatan los trabajos. “El que no haya calidad es lo natural, eso ocurre en este concurso, en Argentina y en España. Son algunas nomás las que tienen calidad. Son pocas, pero meritorias. Son novelas muy rescatables y eso es lo que nos queda”, arguye Jaime iturri.

“Escribí la novela sin pensar en el premio. Tengo una necesidad física, incluso anímica, de escribir. La verdad es que escribir es para mí un grado inmenso de satisfacción. Los años que le dediqué me han ido acomodando un alma desacomodada. No es para desahogarme, sino para construir, no sólo es la catarsis, sino la edificación”, según Lechín.

El simple desahogo es otro defecto de las obras de concurso. Se busca simplemente el dejar en el papel lo que se siente, haciendo una extraña amalgama alejada de lo narrativo que se define entre el ensayo, la poesía y el reportaje. “En una primera instancia nos hemos dado cuenta de que se trataban nomás de testimonios, de una suerte de reportajes que estaban alejados del género literario. De tal manera que en esa primera vuelta, a pesar de que fueron leídas y releídas, las obras fueron descartadas. Literariamente son pocos los textos bien trabajados y de los pocos, todavía existen vacíos y flaquezas para llegar a consolidar una gran obra”, enfatiza Álvaro Cuéllar.

Acabar una obra antes de terminar el concurso es claramente otro error. La pieza necesita su tiempo, el asentamiento, la lectura y la complementación. “Hay días en los que la pienso y quiero corregirla. Estoy muy contaminado con la obra. Cada una es como un amor, pero a medida que se separan en el tiempo, le afectan a uno menos en el alma”.

La temática de la novela tiene que ser atractiva y ser una invitación a la exploración. “El seductor es un personaje de la cultura ibérica con dos líneas. Por un lado, es la negación del amor, pues el seductor es un hombre al que demuestra la insatisfacción. Es un hombre que busca infatigablemente y nunca va a encontrar aquello que es natural. Por otro lado, es un representante de la libertad, porque es un transgresor de las leyes y los códigos sociales establecidos. Tiene esa extraña combinación de demonio y ángel”.

Para Lechín hay dos tipos de seductores: aquel que desprecia a la mujer y que a través de conquistarla busca denigrarla, como Don Juan Tenorio, y aquel que las ama profundamente y busca un éxtasis conjunto, como Casanova. La fascinación por los personajes que uno crea, peor aún si se trata de un ser inspirado en uno mismo, puede hacer que una novela pierda el norte. “No tengo ningún seductor favorito. Todos fueron una construcción diferente. Cada uno tiene no sólo técnicas distintas, sino objetos distintos y personalidades variadas. Cada uno fue individual. Lo que intenté es que no solamente fueran representativos de la cultura de cada departamento, sino que fueran distintos, tanto en su voz como en su comportamiento”.

Para lograr que cada personaje tenga su propia voz, la dramaturgia ha sido capital. “Hice dramaturgia teatral y cinematográfica. Un enorme monto de la narrativa son las disciplinas narrativas al desnudo y una de sus enseñanzas más fuertes es que cada personaje tiene una voz, y por lo tanto, una psicología”.

Juan Claudio Lechín ve que esta novela tiene buenas posibilidades, así que le va a dedicar su tiempo y esfuerzo. Montenegro también piensa que los escritores tienen que tener incentivos de publicación y de premiaciones, por lo que apoya los concursos. Claro está, más que los 8.000 dólares de premio o la publicación del libro, está otro deseo. Como afirma Lechín, “en el fondo, los escritores sólo queremos el reconocimiento”.

Opiniones

Buen lenguaje y buena estructura
Raquel Montenegro, presidenta del Jurado.


La obra ganadora se inscribe dentro de lo que está pasando en la literatura contemporánea boliviana. Es una mirada a través de siete relatos de distintos seductores; una mirada del amor y de distintos lugares bolivianos, donde distintos personajes van contado con mucho humor las diferentes historias. Tiene un buen lenguaje y está muy bien estructurada.

Periférica Boulevard logra un manejo extraordinario del lenguaje que representa y que muestra la noche y la marginalidad paceña. Están los distintos lenguajes que subyacen en un castellano manejado en La Paz. Es una obra muy interesante.

Tiene un uso lingüístico específico
Álvaro Cuéllar, escritor y jurado del concurso.


Yo creo que entre la obra ganadora y la mención de honor existen muchas diferencias, pues son cualitativamente muy distintas. La estructura de cada una es muy diferente. Con la novela ganadora se van logrando historias sólidas caracterizadas por un uso lingüístico específico que distingue a cada una de las regiones de nuestro país. El autor posee una gran capacidad para describir lingüísticamente cada uno de los desempeños de los siete personajes protagonistas. Además, tuvo un excelente nivel en relación con las otras obras, de las cuales se podría rescatar apenas una mínima cantidad.

Es la obra que más placer me deparó
Gary Daher, escritor y jurado del concurso.


La tarea de ser jurado del concurso ha sido un trabajo maratónico, primero en el tiempo que nos tomó leerlas y luego en el tiempo que nos tocó analizarlas.

Mi opinión es que la obra ganadora, La gula del picaflor, merecía el premio, aparte de ser una obra correctamente escrita, que cumplía con el oficio, es para mí la obra que más placer de todas me deparó. Y, como buen acólito de Borges, creo que eso es lo que tiene que darnos la literatura.

La mención, Periférica Boulevard, tenía sobre todo la característica principal del hermoso manejo del lenguaje. Es una obra que penetra en el lenguaje paceño con todas sus tonalidades.

Trabajo muy logrado con varias voces
Jaime Iturri Salmón, periodista y jurado del concurso.


Se eligió la novela porque cumple un gran trabajo estético que es parte de la novela y un gran trabajo en el contenido. La forma y el contenido están representados en la obra que ha peleado mucho con Periférica Boulevard, pues el propio jurado tuvo una larga sesión para poder escoger entre estas dos novelas.

Las dos representan a innovaciones estéticas, a un trabajo sobre la palabra y de reflexión. El libro de Lechín nos enseña a mirar el mundo de otra forma. Es una profunda reflexión sobre lo que significa el amor, la pasión, el conquistador que termina conquistado... un trabajo muy logrado en torno a diferentes voces.



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