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La fortaleza de los chullpas

(La Paz - La Razón)


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El conocimiento ancestral se unió a la ciencia para reanimar el potencial histórico de un señorío aymara enclavado en la provincia potosina de Nor Lípez.

Escarba, explora, desentierra... Qué será lo que busca el viento recorriendo escondrijos en la milenaria fortaleza de Lakaya. Fue allí donde surgió uno de los señoríos aymaras más importantes de la región. Hoy, de su vida y sus costumbres sólo quedan ruinas.

Al menos eso creía el grupo de arqueólogos que llegó en 1996 de Argentina para realizar sus tareas de rutina. Bajo la batuta de Axel Nielsen, el Proyecto Arqueológico Altiplano Sur (PAAS) pretendía desenterrar la historia del sitio que durante años habían conservado los habitantes de las comunidades Santiago K y Santiago de Chuvica, en la provincia Nor Lípez de Potosí.

Llegaron pensando que realizarían una actividad habitual de exploración y recolección de datos, pero se encontraron con que los comunarios de los dos pueblos querían una participación directa en las actividades científicas. A fin de cuentas, esos territorios son suyos y las ruinas son su patrimonio.
De esta forma es que comenzó el levantamiento de uno de los complejos arqueológicos más grandes que se conoce de los señoríos aymaras. Gracias al intercambio científico y cultural, hoy se puede visitar la zona y conocer más sobre Lakaya, tanto desde el punto de vista científico como desde la visión de los lugareños.

El retorno de los antiguos

Dicen los

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ancianos que antes de que el sol gobernara los cielos, el viento viajaba sobre el pueblo de los chullpas, una raza que se abrigaba con las penumbras y que desconocía las propiedades del fuego. Eran tiempos en que el hombre hablaba con las llamas y los alimentos se comían crudos. Todo cambió con la llegada de los incas, quienes los hirieron con el fulgor de la luz. Espantados, los chullpas se refugiaron en sus cuevas, donde aún se los puede encontrar “charquiados”, escondiéndose del sol.

Así relata la historia de la fortaleza el folleto inglés-español con que actualmente se realiza la promoción de la zona arqueológica.
Lakaya —que en quechua significa “pueblo en ruinas”— es uno de los asentamientos precolombinos más importantes de la zona de Lípez. Se trata de una fortaleza de protección a la batería de silos de quinua que tienen un volumen aproximado de 400 toneladas. El sitio está en lo alto de uno de los brazos del Tata Lliphi, el cerro que da nombre a la región. Se llega por el desvío de la ruta troncal Colcha Julaca —entre los 28º48'56" de latitud sur y los 67º42'15,2" de longitud oeste— a 3.700 metros de altura.

Lakaya cubre unas siete hectáreas que están distribuidas en dos sectores principales. En lo alto del cerro se aprecia un reducto fortificado que contiene chullpas o silos con diferentes diseños, evidencia de las distintas épocas de la cultura.
En la parte baja, que es por donde se ingresa al sitio, se halla un poblado

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en el que se ha podido identificar una especie de plaza mayor, aparentemente con un valor ritual, y varias habitaciones.

Se presume que Lakaya fue habitada entre los siglos XII y XVII después de Cristo, habiendo vivido la expansión de los señoríos aymaras, la conquista de los incas y la llegada de los españoles. Todas estas épocas quedan registradas en el hallazgo de objetos de cada tiempo. Lo propio se aprecia en la evolución de su arquitectura, que en lo alto sostiene edificaciones más pequeñas y con una base circular, mientras que al descender hay estructuras rectangulares y con otro tipo de áreas identificables gracias al hallazgo de cerámica.
Como atractivos para la explotación turística se eligieron el sitio arqueológico de Lakaya y el sector antiguo del pueblo de Santiago, construido enteramente en piedra en el siglo XVIII sobre las ruinas del asentamiento Inca-hispano-indígena de Chuquilla.

El PASS dedicó dos temporadas de investigación en Lakaya. Inicialmente levantó la planimetría completa de ambos sectores, excavó dos viviendas de diferentes épocas y algunas estructuras asociadas a la plaza central. En todos estos trabajos participaron también los comunarios, quienes pudieron ver que la arqueología no es cosa del otro mundo y que las generaciones venideras pueden realizar también trabajos de este tipo.
Por su parte, los dos pueblos brindaron la in formación más sabrosa: aquella que pasó de generación en generación en forma

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de relatos, poesía y música.

Hoy, arqueólogos y comunarios están contentos: gracias a un convenio con el Viceministerio de Cultura, el apoyo de la Unidad Nacional de Arqueología (UNAR) y el financiamiento del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de la Universidad Nacional de Jujuy, y la Fundación Levi Strauss, Argentina, los ancianos han regresado a los Lípez.

Los desafíos

El viento augura tiempos complicados. Si bien los de antes respetaban las chullpas y consideraban a los ancianos como protectores, los más ladinos han saqueado tumbas en busca de un oro inexistente. Lo cierto es que en las excavaciones se hallaron restos de cerámica, alguna joya de origen marino y utensilios introducidos por los españoles, como espejos rústicos.

Son tantas las preocupaciones... Por un lado está el desarrollo de la infraestructura necesaria para recibir a los visitantes y los mecanismos para beneficiar a todos los comunarios con los ingresos del sitio. Por el otro está el resguardo del patrimonio para impedir el saqueo y un diseño de estrategias para prevenir y mitigar el impacto del turismo sobre la zona.

Pero los nuevos desafíos no impedirán el trabajo de colaboración entre científicos y comunarios. No por nada, antes de emprender la obra, se realizó una ch'alla en la plaza principal para pedir éxito a los espíritus. Y, según dicen los ancianos, la ch'alla es una de las cosas que el viento siempre entiende.

 

 

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