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Héroe y Quijote

(La Paz - La Razón)


El episodio más conocido por los bolivianos, sobre la guerra con Chile, es el protagonizado por Eduardo Abaroa. Y lo es, porque los historiadores, incluso un chileno, narran el hecho en distintos tonos, cargados de admiración por este hombre que defendió con su vida, la certeza de que el Litoral era un trozo de Bolivia.

Organizó la defensa de Calama, un ciudadano animoso, don Ladislao Cabrera, secundado por el vecino principal de ese pueblo, don Eduardo Abaroa. Sin elementos ni auxilios, sólo pudieron reunir 85 armas de fuego. Iniciado el ataque, la defensa fue vigorosa y legendaria, hasta que el número decidió el éxito.

Defendía don Eduardo Abaroa el paso del Topáter, que era el punto más arriesgado; había rechazado tres veces al enemigo: había hecho él solo más de cien disparos, estaba gravemente herido, y su arma se hallaba descompuesta, cuando se vio rodeado por una columna enemiga que le dirigió sus punterías. El comandante chileno contuvo a su tropa, y gritó al moribundo defensor del Topáter, que apretaba nerviosamente su rifle inutilizado: “¡Ríndase!”. Abaroa contestó: “¡Que se rinda su abuela!”. Una descarga de más de cien fusiles puso fin a esa noble existencia.
Historia de Bolivia. José María Camacho, 1952

UNA HORA después, el grueso de la tropa chilena atacaba por cinco partes distintas, logrando nuestros valientes contenerlos y tomarles muchos rifles que sirvieron para castigar a sus propios dueños. Por último, replegaron sus fuerzas en sólo tres puntos, atacando por el vado de Huana Guaita, frente de Topáter y alto del mismo nombre. Aquí, señor prefecto, tuvo lugar una serie de hechos heroicos en los que

un puñado de valientes en número de 50 ciudadanos, e igual número de tropa, con 30 rifles, 50 fusiles y 20 escopetas escarmentaron a los piratas de América. El mar de Bolivia. reflexiones de un ciudadano chileno. Cita de un parte enviado desde Calama al prefecto Zapata. Cástulo Martínez, 2003

De todos los escritores chilenos sólo Jorge Inostroza tuvo la delicadeza de consignar para la historia el patriotismo sublime de Abaroa: “El teniente Abaroa había caído luchando como un león. Estaba acribillado de heridas cuando se le intimó por dos veces la rendición. Pero se negó a aceptarla y respondió a las voces que se la proponían levantándose sobre los codos para volver a disparar. Cuando la caballería avanzó al galope sobre él, aún intentó defenderse con el sable. Impresionado por aquella bravura, el coronel Sotomayor mandó a los soldados del 4º que allí estaban que presentaran armas ante el cadáver, y él mismo se cuadró rígidamente mientras un corneta hacía oír el toque de honor de los caídos”. El mar de Bolivia. reflexiones de un ciudadano chileno. Cita de Jorge Inostroza y su libro Adiós al Séptimo de línea. Cástulo Martínez, 2003.

A mediados de febrero viajó a Calama por unos pocos días con obligaciones de trabajo relacionadas con la explotación de la mina de plata Inca, próxima a esa población. No sabía que el destino lo llevaba allá a una secreta cita con la gloria. La noticia de la invasión de Antofagasta y Caracoles repercutió en su ánimo. Contra nada sentía tanta repulsión como al abuso del fuerte sobre el débil. Chile había llegado al colmo de movilizar dos blindados y una corbeta llenos de tropa contra el puerto

indefenso en el que cientos de bolivianos llevaban una vida precaria rodeados de miles de chilenos.

No quiso volver a su parapeto. Permaneció en el campo enemigo armado de su propio Winchester y de otros dos rifles que había recogido de sus camaradas Menacho y Marquina, caídos a su lado. El peón que vino con él desde San Pedro le ayudaba a cargarlos. Abaroa era tan Quijote que tenía hasta su Sancho. Quería multiplicarse en un desesperado afán de contrarrestar la superioridad numérica del enemigo. Una bala lo hirió en la garganta... Siguió disparando, saltando de un lado a otro.

Mas el combate unipersonal de Abaroa contra Chile no pudo durar sino lo que le duraron las balas. Cuando los chilenos llegaron hasta la zanja lo encontraron apoyado en una de las paredes, sucio de pólvora, sangre y tierra, tratando de mantenerse muy enhiesto, pese a que con el desangre de dos heridas había perdido su vitalidad.

Se le intimó rendición. Abaroa contestó con voz ronca, como un rugido: “¡Que se rinda su abuela... Carajo!”. Porque no tenía más proyectiles blandió la frase como una espada, con la palabrota final. Sonaron dos disparos. Los chilenos, testigos de su hazaña, fueron los primeros en reconocer su bravura... El capitán Memoroso Ramírez, que desprendió el Winchester que sus manos yertas seguían empuñando con firmeza, lo guardó como un trofeo. También se adueñó de su caballo, llamado \'Chaska\'... Guano, salitre y sangre Roberto Querejazu Calvo

Soy boliviano, esto es Bolivia y aquí me quedo.
Abaroa, el hombre


El nacimiento

Eduardo Abaroa Hidalgo nació el 13 de octubre de 1838, en San Pedro de Atacama, antiguo

territorio boliviano. Sus padres fueron don Juan Abaroa y doña Benita Hidalgo. Hizo sus primeros estudios en la escuelita de la localidad. El año de la Guerra del Pacífico y cuando murió, tenía 41 años de edad.

La familia

Siendo mayor adquirió conocimientos de teneduría de libros y contabilidad y llegó a tener su propio negocio en una mina de plata. Fue miembro del Concejo Municipal de San Pedro de Atacama. Se casó con Irene Riveros y tuvo cuatro hijos, Andrónico, Eugenia, Antonia y Juan Eduardo. Para el año de la invasión de las tropas chilenas, su familia estaba asentada en San Pedro de Atacama.

La hazaña

Entre las 07.30 y las 08.00 del 23 de marzo de 1879 se inicia el ataque de las tropas chilenas, mientras que la defensa se divide en los vados del Loa con una resistencia tenaz. Con ocho rifleros, Abaroa decide esperar al enemigo al otro lado del río, pero los chilenos atacan el puente con una compañía completa, además de su artillería e infantería. Allí, Abaroa es intimado a rendirse, aunque continúa el combate. ´¿Rendirme yo cobardes? ¡Que se rinda su abuela carajo!”, responde antes de morir.

El luto

En Atacama quedaron esperándole su esposa e hijos. Ella, confiada en la promesa de que, “luego del combate con los Caracoles”, iría a su lado. Entre brumas del amanecer del día 24 de marzo, se presentó ante ella un agotado mensajero, que había cabalgado casi toda la noche, para entregarle la noticia que la heriría hasta más allá de las lágrimas. El Gobierno de Chile dispuso, a pedido de Bolivia, que los despojos mortales de Eduardo Abaroa sean trasladados a Bolivia y que se le rindan honores militares.

 

 

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