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Un museo nacido sobre el País del Agua

(La Razón)

La cultura Moxos fue contemporánea de Tiwanaku y se extendió del 800 aC. al 1200 dC. Su legado es ahora parte de un museo ubicado a 17 kilómetros de la ciudad de Trinidad.

Fue una de las civilizaciones hidráulicas más grandes del mundo. Como parámetro está Egipto, que en su grandeza logró dominar un río, el Nilo. Sólo que la cultura Moxos se movió y desarrolló entre decenas de corrientes de agua: domándolas y adecuándolas a las necesidades de un pueblo que, como Tiwanaku, se perdió tras dos largos milenios en los que sembró esta parte de la tierra de una admirable cultura.

Muchos son, a la fecha, los investigadores que han seguido las huellas de los antiguos habitantes de lo que hoy es Beni y el norte de Santa Cruz. Nombres familiares para la arqueología en Bolivia están ligados también a estos lares: Arturo Posnansky y Max Portugal, entre ellos. Pero, el lazo de afecto que tendió el ingeniero estadounidense Kenneth Lee es otra de las improntas inseparables ya del llamado País del Agua.
Por eso no extrañó a nadie que el museo —desde donde se espera difundir el conocimiento reunido hasta ahora sobre esta cultura— lleve el nombre del fallecido Quijote de los Llanos de Moxos.

El Museo Arqueológico del Beni Kenneth Lee ya abrió sus puertas en noviembre. Sin embargo, la gran noticia acabó ahogándose en medio de los conflictos que la falta de tierras genera entre los actuales pobladores de esa zona.
A 17 kilómetros de Trinidad, en medio de un paisaje de lomas —esas estructuras artificiales que hablan de una sofisticada ingeniería— se erige el museo. Su entorno inmediato ha sido recreado de tal manera que el visitante puede tomar clara conciencia de cómo transcurría la vida allá por el 300 dC, año del apogeo moxos.
El edificio tiene tres niveles y amplios ventanales que integran el interior con el exterior. Dentro se han dispuesto las piezas: cerámica, un trozo de textil e instrumentos utilitarios que hablan de su dominio en el tejido, etc., e información sobre lo ya dicho: sus construcciones hidráulicas y sus conocimientos agrícolas.
Hoy se sabe, por ejemplo, que los moxos tuvieron un dominio tal del medio ambiente que lidiaron con las inundaciones a través de la construcción de las lomas, de canales entre río y río, de lagunas artificiales, terraplenes para comunicar a las lomas y camellones de cultivo. Pudieron así encajonar agua al punto de cambiar el PH del suelo y volverlo apto para cultivar maíz. La falta de agua potable no les hizo sufrir, pues aprendieron a usar el tapore o planta capaz de purificar el líquido y dejar de paso un rico sedimento.

La cultura Moxos apareció el 800 aC y se perdió el 1200 dC. Una teoría sobre su desaparición es la misma que se aplica a Tiwanaku: una catástrofe climática, sequía allá y lluvias acá, por un periodo tan largo que se hizo insostenible.
Algo interesante es que se ha hallado en Moxos utensilios prácticos de piedra. Y en la zona no hay este material. Así que cabe suponer que existió un intercambio con Tiwanaku. Un tema todavía por excavar y profundizar.
Respecto a la cerámica, ésta es utilitaria y artístico-ceremonial. En la primera se encuentran, por ejemplo, ollas de tres patas y vasijas tetrápodas, así como cerámica negra, un adelanto que tiene que ver con la forma de cocción.

La cerámica artística es de un alto nivel. Está pintada o lleva incisiones punteadas y unguladas o es modelada. En este último caso reproduce a los animales de la zona: tatús, nutrias de río, etc. Y hay máscaras de carácter ceremonial que se usaban cubriendo toda la cabeza, como una capucha.
En cuanto al arte textil, es poco lo que ha quedado, pero sí hay pruebas de una actividad intensa: las ruecas de diversas formas están en el museo para probarlo. Además de la técnica de machacar cortezas vegetales, los moxos dominaron el tejido en algodón.

Las primeras excavaciones en la zona datan de 1913. El noruego Erland Nordenskiold comenzó a desenredar un ovillo que no ha hecho sino dar sorpresas. Otros nombres de investigadores son los de Marius del Castillo, Gregorio Cordero, Víctor Bustos, Danilo Kuljis, Clark Erikson, etc.
De los primeros descubrimientos hay fotografías, pero no están más las piezas que han debido salir del país en algún momento.

Lo descubierto en los últimos años y lo que resta aún por encontrar, ya tienen un destino. Para lograrlo ha sido decisivo el aporte del Viceministerio de Turismo que, en coordinación con la Unidad Nacional de Arqueología, ha insuflado vida a un elefante blanco —el edificio del museo construido con el aporte del BID estaba vacío y cerrado—, recurriendo a la Prefectura de Beni que aportó los 12 mil dólares que abren un mundo al visitante.




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