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La olvidada reserva del Manuripi

(La Razón)


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Familias totalmente desconectadas del mundo

Texto: Alex Ayala
Fotos: Pedro Laguna


Los campesinos luchan por su subsistencia. Las grandes madereras, sobre todo del lado de Perú, ingresan de forma ilegal al parque. Hay 13 guardaparques, pero dicen que no pueden hacer nada.

El rumor es tibio y turbio. El río Manuripi, más crecido y envalentonado que en otras ocasiones, pone en serios problemas a la barcaza que trata de cruzar con tres vehículos hasta el otro lado, donde comienza la reserva natural que lleva el mismo nombre. La tracción es manual, es decir, la barca avanza sólo a pulso, con varias personas jalando de una cuerda que va de un extremo a otro. No hay motores ni más ayuda que las manos y la suerte. Allá nadie se amilana. Y todos, o casi todos, echan mano de la cuerda porque la barcaza ha encallado. A duras penas, con esfuerzo, consigue zafarse del barro del fondo, y cruza.

Es el pan nuestro de cada día en el área protegida Manuripi-Heath, aproximadamente a 180 kilómetros de la ciudad de Cobija, en Pando. En esta gran extensión de 747.000 hectáreas la lucha diaria por la supervivencia se vive hasta en el simple hecho de cruzar un río. Las casas se levantan con dudosos cimientos de madera sobre el agua a ambas orillas del río. Los caminos se pierden entre sus propios huecos y lodazales y, para algunos, incluso las idas y venidas por el otro río de la región, el Madre de Dios, dependen del clima que haga.

Este es el caso de la comunidad Cruz Católica y de Gilberto, uno de sus pobladores, que prefirió escamotear el apellido. El comunario, de camisa semiabierta, andares lánguidos y voz achicada lo vive día a día en sus propias carnes. “Somos 10 familias que estamos desconectadas del mundo. Apenas comemos lo que sembramos y movilizarnos a cualquier parte nos resulta muy difícil. Sólo para llegar hasta Chivé —otra de las comunidades de Manuripi— tardamos medio día en queque. Y, aunque durante la época de lluvias la navegación nos es favorable, cuando hay sequía quedamos completamente aislados sin poder salir para ningún lado. Luego,

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desde Chivé hasta Cobija hay 208 kilómetros”.

Pero el resto de las poblaciones de la reserva serpentea en parecidas circunstancias. Y es que los caminos, llenos de baches y desni- veles, son un desconsuelo para todos. “Por ejemplo —explica Casildo Quispe, dirigente de campe- sinos—, el majo no lo podemos comercializar porque está muy disperso y se estropea, se endura rápido. Por lo tanto, con las carreteras que tenemos no compensa intentar llevarlo hasta Cobija en ninguna de sus formas —leche, aceite, etc.— ya que no llegaría en buenas condiciones”. Aunque no sólo el majo resulta una posible alternativa. La goma y los aceites de algunas plantas podrían devolver la vida a una región cuya riqueza natural es realmente impresionante, pero no hay recursos para explotarla y, de momento, única- mente la zafra de la castaña permite a las familias salir adelante. El costo es alto, los intermediarios ganan bastante (ver número 107 de Escape) y el campesino apenas sobrevive a pesar de que es el que pasa las penurias. Casi todo lo que saca lo paga al intermediario por productos básicos como aceite para cocinar, jabón y azúcar. Es un dinero, entonces, de ida y vuelta.

Siempre es la misma historia

Dos municipios conviven en la reserva: Puerto Rico y Filadelfia. En ellos, a pesar de caminar a contracorriente, las comunidades crecen más y más cada día. “Acá, lo único que nos queda es hacer hijos”, ironiza Justo Joel Beltrán de Villa Florida. Razón no le falta. Con la pesca, la caza y la explotación de la madera restringidas, se torna complicado la obtención de cualquier tipo de beneficio adicional que mejore la calidad de vida y genere mayor desarrollo. Y los números cantan: en Villa Florida son 154 habitantes en 35 familias; en Chivé, 320 habitantes en 65 familias; en Luz de América, 142 en 29 familias; en Curichón, 135 en 37 familias; en San Antonio, 77 en 18 familias y en Cruz Católica, por mencionar algunas de las comunidades más importantes, 64 en 10 familias. Éstas, normalmente, viven con lo puesto y para su alimentación se dedican a la agricultura

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de subsistencia en sólo las dos hectáreas que las reglas para el parque permiten.

Sin embargo, las grandes madereras se internan en el área protegida y la van deforestando a su antojo. Todos lo saben y ¿quién hace algo? Hasta los mismos guardaparques —apenas 13— recono- cen que se internan empresas de la frontera con el Perú. “En la línea divisoria con nuestro país vecino —explica Justo Joel— existen más facilidades de ingreso. Además, poseen deslizadores y equipos de radio de largo alcance con los que nos controlan y nosotros somos pocos”, se excusa Brígido Orellana, uno de los guardianes de la reserva. Algunos comunarios, en cambio, lo analizan de otra forma. “A los guardaparques les falta personal y medios, pero quizás también coraje. Así, por el lado de Perú se corta la madera por la noche y se saca a manera de astillas cuartoneadas que se echan al agua para que las arrastre la corriente y las transporte sin sospecha. Con todo, aunque el método se conoce, las acciones se limitan a requisas puntuales de material y a sanciones al alcance de las empresas”.

Siempre, en definitiva, se repite la misma historia. En época de elecciones llegan casi en fila india las comisiones de los partidos con promesas que luego se las lleva el viento. Como prueba de su paso, camisetas y gorras ya descoloridas del MNR, MIR, MAS o AND, entre otros partidos, lucen sin ninguna gracia y con aires de desgracia en el pecho de los zafreros. Es la única utilidad que le encuentran a esas siglas. Después de los comicios, todas las palabras vuelan hacia la nada y las comunidades quedan relegadas, de nuevo, al olvido de costumbre. “No existe ayuda del Gobierno ni del departamento ni de la municipalidad”, explica Víctor Choque, de Chivé, mientras espera a la Alcaldesa junto a otros representantes de las comunidades. Pero ella, que se suponía iba a llegar en helicóptero, no apareció ese día a la cita respectiva, y los pobladores de la reserva, como viene siendo habitual, marcharon a sus comunidades de origen.

Pero la pelea continúa...

Pese a la borrasca constante que planea

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sobre unas vidas sin oportunidades, muy pocos comunarios emigran a la ciudad de Cobija. Algunos sólo lo hacen en busca de un trabajo entre zafra y zafra, y la mayoría se queda. “Si vendemos las tierras, ¿qué pasaría con los pueblos? —se pregunta Víctor—. Mejor es que nos quedemos e intentemos mejorar. Nos falta la organización que tienen en el valle o en el interior, donde la gente se moviliza hasta alcanzar sus reivindicaciones”. Cierto, no reclaman. Y la miseria rezuma por los cuatro costados. No en vano, Pando es junto a Potosí la región de Bolivia con los mayores índices de pobreza y de mortalidad infantil. En esa dirección, la situación en dos de las áreas que más tienen que decir acerca de ese tema, la salud y la educación, así vienen a confirmarlo.

La comunidad de Villa Florida, una de las más maltratadas, no tiene ni una pequeña posta médica. “En Chivé, a cuatro horas a pie de nuestras casas, existe una, pero casi no tiene medicamentos. Al sanitario cuando se le encuentra es de milagro. Después, hay una médica que se comprometió a rondar por la zona cada fin de mes, pero no le pagan y no viene. Además, hace tres años que nadie acude a la reserva para fumigar contra las epidemias”, protesta Justo. Y con la educación, ocurre un tanto de lo mismo. “En la reserva únicamente es posible cursar hasta el tercer ciclo. Aquí, en Villa Florida, tenemos alumnos que caminan dos horas hasta Luz de América para acudir a sus clases”, añade. Luego, ante las emergencias, viajar hasta Cobija llega a endeudar a las familias. El pasaje cuesta 45 bolivianos.

Estos son algunos de los latidos de la reserva, un lugar que además de tigres, jochis, parabas y demás familia, alberga a un grupo nutrido de personas que son tratadas casi como animales por el país. Por eso, cuando se habla del paraíso, de la famosa laguna Bay o de una Venecia oculta en Pando, no se debe olvidar esos rostros y la vida que está detrás. Aunque hasta esto mismo parece que no importa... Y es que la reserva natural del Manuripi ya se acostumbró a recibir los golpes bajos de un gran olvido.

 

 

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