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El silencio de Quillacas

(La Paz - La Razón)

Es tiempo de cosecha. Sólo dos perros, un gallo, una gallina, una tendera y una campana se escuchan en el pueblo que resucita cada 24 de septiembre.

El polvo conversa con el viento en remolinos. La iglesia colonial vigila la plaza principal que durante toda la mañana sólo ha tenido la grata visita de dos perros que, contagiados por el tedio, se tienden en el suelo en espera de que algo suceda. De pronto, la quietud y el silencio se rompen por los saltos de un gallo blanco que, saliendo por una puerta entreabierta, hace gala de su presencia entonando un quiquiriquí. Un sentido cacareo responde a lo lejos. Alguna gallina se enteró de la presencia del macho y desfila hasta la plaza luciendo negras plumas en todo el voluminoso cuerpo. Al pasar, una serie de candados le hacen la corte. Puertas metálicas y de madera en diferentes colores atrincheran la plaza.

Es el Santuario de Quillacas, a 300 kilómetros de La Paz, en la segunda sección de la provincia Abaroa del departamento de Oruro. Allá habita una población cercana a las 1.000 personas. Sin embargo, el pueblo parece vacío y nadie se asoma. La organización de la zona aún se maneja por ayllus y socialmente se basa en la Confederación de los Ayllus de Quillacas, los que desde tiempos remotos establecieron en la región un centro de adoración. En los antiguos cerros San Juan, Mallcu y Santa Bárbara —que rodean al pueblo— aún existen sitios ceremoniales de culturas precolombinas.

En la plaza, el gallo y la gallina se persiguen en un infatigable galanteo, a la sombra de la verde glorieta que se ilumina con un haz de neón. Los perros siguen durmiendo.
El pueblo data del 20 de mayo de 1501, cuando el juez visitador español José de la Vega Alvarado lo fundó por encontrarse en cercanías de los principales centros mineros. Ahí, el tata Quillacas es visitado en su santuario por miles de personas en las fiestas de septiembre. Pero ahora, sólo la quietud responde al insistente llamado de la pequeña campana del templo que tintinea para encontrar al párroco, el encargado de las llaves.

Son las 13.00 en el camino hacia Salinas de Garci Mendoza, cuando se abre tímidamente una de las puertas que no estaba resguardada por un candado. Marina Choquetijlla es la dueña. Tiene 43 años y, al escuchar el insistente campaneo, ha decidido salir a ver qué es lo que pasa. Marina tiene 12 hijos y es la única de su familia que aún vive en Quillacas, atendiendo la tienda que se abre a los visitantes. Su gente radica en Oruro y como ella ya se aburrió de permanecer sola todas las tardes, hablando con la poca gente que pasa y compra algo para el camino, ha decidido finalmente mudarse, porque desde que nació nunca salió una sola vez de Quillacas. “Es tiempo de reunirme con mi familia. Al fin voy a salir y le voy a dejar la tienda a otra persona”, cuenta mientras ofrece una botella de gaseosa.

“No crean que el pueblo siempre es así”, explica con una sonrisa de enormes dientes perlados. “Las personas vienen para Navidad y también carnavales. Y ni qué decir de la fiesta del Señor de Quillacas, el 24 de septiembre, cuando se llena el pueblo de turistas. El cura que llega de Challapata tiene que celebrar tres misas el mismo día”.
A la fiesta llegan devotos de todo el país, además de peregrinos de Perú y Argentina, donde el Señor de Quillacas es un milagrero conocido. Luego de Urkupiña y Copacabana, es uno de los santuarios más visitados en Bolivia.

El santuario solitario
Pero la algarabía, los rezos y las promesas son sólo durante las fiestas. Un tranquilo día de invierno como ese, azotado por el sol, apenas arrulla a los perros, pues las gallináceas ya han desaparecido. Las enormes gradas de concreto van hacia una pared de piedra que, desde ese momento, da paso a la rudeza del adobe. El templo colonial tiene una amplia planta en forma de cruz, mientras la pintura carcome las sendas cúpulas de media naranja. En la entrada, la iglesia construida en el siglo XVII cuenta con una cruz de madera blanca que se levanta sobre la sonora puerta verde. En la entrada, un discreto anuncio, labrado en la pared, intenta prevenir sobre las consecuencias nefastas de tanto festejo. “Si está ebrio... no entre a misa. El alcohol mata”.
El amplio patio que rodea a la construcción tiene en cada una de las cuatro puntas una capilla ardiente, donde aún brillan unas pocas velas silenciosas protegidas del viento y el frío. La campana en la puerta para llamar al encargado ha dejado de sonar hace minutos. Es hora de marcharse y como nadie se asoma, el intento de entrar al santuario se queda en las ganas.

Antes de partir, el nombre de Jim Allen parece sonar. Se trata de un explorador británico que dedicó 20 años de su vida a investigar su teoría sobre la localización de la Atlántida. Los estudios de este señor, basados en las descripciones de Platón sobre el continente sumergido, aseguran que el centro de la Atlántida está en Bolivia, específicamente, en la región de Quillacas. El autor inglés encontró 50 semejanzas entre Quillacas y la Atlántida descritas por el griego Platón, quien habló sobre las paredes de la ciudad plateadas en orichalcum, una aleación natural del oro y el cobre que se encuentra solamente en los Andes.

Evidentemente, Quillacas está en un área volcánica y sus construcciones ancestrales se levantaron con roca roja y negra, tal como describe el filósofo griego en el siglo IV antes de Cristo. Pero el comentario sólo hace sonreír a doña Marina, que ve con sorna las remotas historias de atlantes. Ella focaliza su atención únicamente en la administración de su tienda.

¿Y por qué no hay nadie en el pueblo? “Es época de cosecha y la gente está en el campo, preparando el chuño para cuando llegue la helada”. De ahí tendrá comida suficiente para alimentar a los visitantes que lleguen en grandes cantidades para la fiesta del Señor de Quillacas. Entonces, no habrá espacio alguno para que los dos perros negros se tiendan al suelo en busca de unas horas de sol.




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