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5 de octubre, 2003

Alfabetos, una vía para afianzar la identidad

(Bolivia.com)

El aymara, el quechua y el guaraní, además de otras 11 lenguas nativas, tienen guías para aprender a leer y escribir. Aún quedan 19 lenguas en el país sin ningún tipo de escritura.

Besiro es la lengua natal de Remberto Pachury, quien vive en la comunidad de Concepción en el departamento del Beni. Todos los días trabaja en su chaco junto a su esposa y sus tres pequeños hijos. Por las noches, dejando de lado el necesario descanso, se sumerge en el trabajo del aula, enseñando a sus coterráneos la nueva escritura de su idioma, a través de un folleto que él mismo ha elaborado.

Un vocabulario con más de 1.200 palabras resume el trabajo de este profesor autodidacto que se ha basado en la gramática moderna de la lengua chiquitana del padre Jesús Galeonte Torm, o con el afán de que sus hijos no pierdan su cultura.

Lo mismo sucede con otras 10 lenguas que ahora cuentan con sus alfabetos gracias a una acción coordinada entre los pobladores y el Ministerio de Educación. Pero la lucha por preservar y desarrollar la lengua viene de mucho antes.

Bolivia, hace 500 años, está habitada por gente que se comunica con jeroglíficos y a través la palabra hablada. Hoy, el mundo baraja 3.500 lenguas de las cuales sólo 10 han desarrollado un sistema de escritura. Las más importantes son la china y la latina, seguidas por el cirílico ruso, el griego, el hebreo y el árabe.

En Bolivia existen actualmente 33 lenguas reconocidas oficialmente, de las cuales sólo tres cuentan con alfabetos basados en la escritura latina: el aymara, el quechua y el guaraní.

En las culturas aymara y quechua el progreso de los alfabetos empezó con la conquista, ante la amenaza de llegar a perder la cultura. Cuando arribó la colonización, se introdujo el castellano. La conquista tenía en ese entonces conceptos eclesiásticos de evangelización, usando la lengua como un instrumento para acercar a los nativos a Dios.

Las lenguas aymara y quechua estaban basadas en el castellano, como indica el lingüista Félix Layme, ganador del Premio Mundial Hiroshima de la Foundation for Peace and Culture en Estocolmo, Suecia. "El castellano no tiene un alfabeto propio, sino que utiliza el sistema latino, el inglés, el portugués, el francés y el alemán. De alguna manera, las lenguas aymara y quechua también utilizan las anteriores lenguas para su escritura. ésa es la razón por la que se usan casi los mismos símbolos", explica Félix Layme.

En la década de los años 70 existía más de una veintena de abecedarios diferentes entre Perú y Bolivia para escribir el aymara. Cada persona optaba por una signografía propia. Algunos incluían tres vocales y otros cinco, generándose la guerra de los alfabetos, hasta que en 1982 se proclamó la alfabetización de lenguas indígenas, elaborando cartillas con los signos lingüísticos definitivos de cada lengua.

En agosto de 1983, "se ha discutido y peleado, llegando a un consenso para llegar a tener alfabetos únicos, cada cual con sus diferencias. Éstos son los que están vigentes y se han legalizado con un decreto supremo", acota Layme.

Si se ha adoptado el sistema latino de escritura para cada una de estas lenguas es porque los pueblos originarios de Bolivia no pueden vivir marginados de una realidad en común. "No podemos hacernos a un lado de la tecnología. Por tanto, debemos saber manejar la lengua desde su propia estructura de pensamiento, agarrando los postulados lingüísticos y culturales para poder desarrollarlos. De lo contrario, estaríamos agrediendo a esa cultura", explica el lingüista.

La elaboración de un alfabeto es tarea complicada, pues se deben diseñar escrituras propias respetando la identidad de cada cultura, según el antropólogo Xavier Albó. "No es tanto el hecho de tener o no un alfabeto, sino de lo que se pone para realizarlo. Las cargas emotivas son un aspecto significativo: mientras unos desean poner un puntito, otros prefieren dos. Esto es por cuestiones emotivas, muy importantes para la elaboración de estos sistemas, pues implica el sentir de la gente", dice Albó.

Cada cultura tiene su proceso de evolución. Con el tiempo, llega un momento en que se identifica ante los demás y quiere hacerse respetar. Por ello, la evolución de una lengua pasa por varias fases, como explica Layme. "Han existido tres tendencias: con algunas se ha luchado y con otras se ha sobrevivido. La religiosa colonialista usa las lenguas indígenas para la evangelización. No le importa desarrollar la lengua, sino la evangelización desde el paternalismo. La segunda es la indigenista, manejada por los estamentos oficiales para fomentar la castellanización".

La tercera, vigente en la actualidad, es la revalorización. Su objetivo es recuperar las lenguas indígenas con un alfabeto que no moleste a la idiosincrasia que acompaña a una lengua: que los sonidos no sean duplicados ni ajenos a la realidad y que no afecten a los pensamientos, sonidos ni símbolos que desde siempre han acompañado a una forma de hablar.

"Con la tercera tendencia se puede desarrollar una lengua. En esto han ayudado los paradigmas del occidente. Si bien los de la industrialización han decaído, los de la tecnología han surgido con más fuerza. Es el caso del paradigma de la diversidad, que nos hace posible avanzar sin tener miedo", agrega Layme.

En esta tendencia, el Ministerio de Educación inició el reconocimiento y regularización de las lenguas nativas para que se desarrollen paralelamente al castellano. La primera fase del proyecto, llamado Apoyo a la Educación Intercultural Bilingüe para los pueblos indígenas de las tierras Bajas de Bolivia, elaboró 11 guías para la producción de alfabetos en comunidades de la Amazonia y el Chaco boliviano.

Janeth Olivio, lingüista, participó en este proceso. "Las guías se elaboraron con lingüistas que pertenecen a los mismos pueblos y trabajamos de una forma en la que la gente no pensara que se los quiere castellanizar. Dejamos el alfabeto castellano para basarnos en los sonidos".

Estas comunidades indígenas de tierras bajas poseen lenguas ágrafas (sin escritura), pero a partir de estas guías ya tienen un registro para comenzar a escribir y producir textos. Las lenguas beneficiadas con estas guías son el mojeño, ignaciano, mojeño trinitario, sirionó, movima, yaminawa, guarayo, weenhayek, baure, besiro, itonama y chacobo. Los textos ya se empezaron a usar con adultos, quienes a partir de ahora tienen la obligación de enseñar a sus hijos los beneficios de saber escribir y leer en su propia lengua.

Sin embargo, no todos los pueblos cuentan con este beneficio. Aún restan 19 pueblos, de los 33 existentes, que no tienen escritura. Es más, muchos de ellos ya perdieron su idioma.

El hacer un alfabeto es un proceso que va más allá de la creación de guías. "Se necesita tener conocimientos generales de la cultura y el idioma. Por eso, el mismo indígena es el que debe realizar su alfabeto. En la lengua aymara, Juan de Dios Yapita trabajó desde 1981 y le ha costado 14 años llegar a la gente" explica Layme. Afortunadamente, como Yapita y Pachury, son varios los hombres que han tomado en sus manos el reto de revalorizar su lengua y su cultura.

"En esta parte del país, las culturas aymara y quechua son más respetadas y reconocidas socialmente. Se cambió la forma de pensar de años anteriores. Pero la falta de información persiste en los pueblos indígenas de tierras bajas", asegura Olivio.

D entro de las culturas del oriente, una de ellas tiene un alfabeto muy desarrollado, el guaraní. A excepción de éste, las demás lenguas aún permanecen en el colonialismo, según Félix Layme. "Sólo cuando sus líderes se den cuenta de que pueden desarrollar su idioma y hacerlo producir llegarán las peleas. Ese momento, todos los miembros de la cultura querrán ser tomados en cuenta para que se reconozcan sus propias versiones de alfabetos". El proyecto de las guías recién comenzó y todavía se deben evaluar sus logros. "La inquietud porque estos pueblos tengan sus propios alfabetos, se debe precisamente a que están desapareciendo a causa de la castellanización y una forma importante de devolverles su identidad es desde sus raíces, es decir, su lengua", sostiene Olivio.

Por eso, las 11 lenguas que son parte inicial del proyecto deben comenzar con la producción de textos que hablen de su historia, como uno de los primeros pasos para luchar contra la discriminación. "La lengua se ha convertido en algo coloquial que sólo se habla en casa y con gente de mucha confianza. Cuando salen están obligados a hablar en castellano, por muy mal hablado que esté", asegura Olivio. La lengua no sólo debe ser practicada oralmente, sino que debe consolidarse de forma escrita. "Primero que nada, un alfabeto da dignidad, llena de orgullo, añade status a una cultura", asegura Albó, pues el tener un propio alfabeto permite que la tradición oral quede plasmada en papel, además de promover la incursión de las lenguas nativas en los medios de comunicación.

Lenguas como el aymara, el quechua y el guaraní son las que más han producido en el ámbito editorial y el de los medios masivos desde que poseen sus propios alfabetos. De esta manera pueden mostrarse a los demás desde su propio contexto sin afectar a sus raíces y trascendiendo mediante la lengua.

Varios medios de comunicación ofrecen espacios donde se habla en una o varias lenguas nativas. En los libros, "se puede empezar a producir textos propios en la escuela, recopilar sus historias, empezar a crear nuevas y promover nuevos escritores", asegura Xavier Albó. Existe gente que trabaja con este perfil en los medios de radio y televisión. "Una radio evangélica como San Gabriel está pasando a ser una radio aymara, dando un paso trascendental. Por otro lado, hay gente que está introduciendo la lengua dentro de lo político y desde el trabajo sindical", rescata Félix Layme.

"Mucha gente cree que si ellos tienen cierto poder, podrían perjudicar a los intereses de otros grupos; cuando en realidad su forma de ver el mundo desde otra perspectiva ayudaría a entendernos y resolver los problemas actuales", dice Olivio.

En ese sentido, el empoderamiento a través de la lengua es una herramienta que sirve para fortalecer la multiculturalidad. Esto representa una ventaja y de ninguna manera una lucha de culturas. El trabajo de Pachury, Layme, Olivio y otras personas que trabajan para preservar las lenguas nativas sólo demuestra que el conocer otros idiomas permitirá una visión más amplia de mundo donde se pueda entender mejor al otro y "comprender por qué es que hace lo que hace", finaliza Albó.



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