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Guaqui en sus 100 años

(La Paz - La Razón)


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Ya no es lo que era. La población no pudo reponerse de los golpes asestados por la naturaleza y las decisiones político-económicas.

Cincuenta años atrás las manos de Víctor Ticona Loza eran duras como la piedra. Trabajaba en la estación de ferrocarriles. Ahora se dedica a esperar. Mes tras mes aguarda a que llegue su sueldo de jubilado. Sus dedos parecen las hojas secas de un árbol. En sus 72 años de vida, lleva parte de la historia del pueblo de Guaqui.
El 13 de noviembre el puerto de Guaqui cumplió 100 años. La fiesta del centenario se realizó un mes después. Víctor estuvo ahí. Marchó junto a sus compañeros del ferrocarril.

Caminó con la espalda erguida. Orgulloso recorrió las calles de su pueblo. Desde un palco observaban los alcaldes de Guaqui y Desaguadero. Las autoridades de la Prefectura de La Paz veían caminar a los mallkus y jilacatas de la región. Una veintena de alumnos marchó con ellos. Los marineros de la naval y el Regimiento Quinto de infantería trataron de darle el realce al festejo.

Uno tras otro, los oradores hablaban de la riqueza de antaño del lugar. Cuando callaron sus pasos los llevaron hacia el lago. Allí una embarcación, Catamarán, hizo dar un paseo de media hora por el Titicaca. Las autoridades comieron ispi y habas. Había que festejar, Guaqui cumplía 100 años. Al volver a tierra firme, empezó la música en el salón de la Alcaldía.

Había que disfrutar. “Yo he trabajado arduamente durante 32 años y me jubilé el 87”, comenta Víctor y su mirada se pierde en el terreno seco de Guaqui. “Ahora —ironiza— me dedico a hacer nada”.

Hubo un día...
La mano derecha de Víctor señala el árido terreno de Guaqui. Su dedo índice rompe el viento y muestra

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un espacio que ahora sólo es dominado por el vacío. “Allí estaba el Casino Militar, más allá la vivienda del comandante del regimiento. Había muchas casas lindas. Hasta edificios teníamos”.

“Era difícil tener un lugar para estacionar un vehículo”, dice Nabal Quisbert, otro habitante de Guaqui que piensa que todo tiempo pasado fue mejor. “El auge de Guaqui fue entre las décadas 60 y 70. Esas veces era una de las ciudades más atractivas del altiplano”. Habla y el viento suelta su voz altiplánica por la calle vacía.
Eran otras épocas. Por lo menos unos 800 trabajadores solían poner en marcha los trenes diariamente. Los hombres de overol no tenían descanso. Un grupo debía bajar la carga que llegaba del exterior y otro se encargaba de llenar los vagones nuevamente.

En la década del 70, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel) inauguró un edificio para comunicar a los viajeros con el resto el mundo. La localidad era la envidia de las demás capitales del país.
Era una ciudad de mundo. “Aquí llegó gente de todas partes. Un ejemplo es que hay distintos tipos de apellidos aquí. Como en las ciudades, no como en los pueblos donde hay cuatro o cinco apellidos”, comenta René Rodas.
“No había aviones en esa época. Panagra era una pequeña empresita. Si alguien quería viajar a Europa o Norteamérica, necesariamente tenía que transitar por aquí”, relata Juan Quisbert, un armador y reparador de locomotoras, quien aprendió los artes de la mecánica de trenes con maestros llegados desde Inglaterra.

Las calles de Guaqui están habitadas por las historias que cuentan los mayores. Como sus habitantes, el puerto también tiene su propia historia.

El puerto
La wacana es un ave de pico

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y patas largas. Suele alimentarse de peces del lago. El graznido que emite es similar a un “wac, wac, wac”. Este pájaro del frío sería el causante del nombre Guaqui.

En la localidad, a 60 kilómetros de la ciudad de La Paz, la paja brava se apodera del horizonte.
Guaqui hace honor a su nombre que en aymara significa “trabajar la tierra de manera compartida”. Así se habría edificado el templo del apóstol Santiago, en el siglo XVI.

En Guaqui nació Andrés de Santa Cruz en 1792, y por esas tierras caminó el ejército libertario del mariscal Sucre en su marcha triunfal a la ciudad de La Paz. Antes, entre 1535 y 1545, los españoles Francisco Pizarro y Diego de Almagro se disputaron el terreno, resultando triunfador el primero.
El profesor de historia René Rodas cuenta que la decisión de convertir en puerto a Guaqui fue sobre todo política. “La influencia fue mucha. Ismael Montes tenía muchas haciendas por esos sitios y José Manuel Pando era primo her- mano del padre Solares de Guaqui”.

Así, el 6 de agosto de 1901, se estrenó la primera locomotora con el nombre general Pando Número Uno. Al concluir la construcción del ferrocarril y la aduana nacional en Guaqui, los trenes y tranvías eléctricos llegaron a la estación de Challapampa de La Paz uniendo de esta manera, mediante los puertos de Mollendo y Matarani, a los pueblos de Perú y Bolivia.

Un año después, el 14 de septiembre, se inauguró finalmente la línea de ferrocarriles entre el puerto y Viacha. El 25 de octubre de 1903 pudo conectarse Guaqui con la ciudad de El Alto. El costo de la construcción del ferrocarril fue de 2.324.872.00 pesos bolivianos de la época. El tren iba desde la orilla del lago hasta la sede de gobierno

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los lunes y jueves. Todo un acontecimiento que hoy ya no existe.

La bonanza minera de Bolivia parecía que hacía olvidar la ausencia de mar. Guaqui era ruta obligada para la riqueza del país. El pueblo creció. Cinco escuelas se abrieron para recibir a los niños. El casino militar y los edificios hicieron caer sus sombras sobre el lago.

Las noticias vienen del lago
Pero el proceso privatizador empezó a caer sobre el país y tumbó al puerto de Guaqui. La libre contratación dejó desempleados a los ferrocarrileros. Se construyó la carretera y el tren quedó relegado. Empezaba el fin del imperio.

Una mañana de 1985, el lago dejó de lamer las orillas de Guaqui. Las malas noticias venían de las aguas. La inundación se llevó gran parte del pueblo. “Ahora debe haber el 15 por ciento de los habitantes”, dice Nabal Quisbert.
La inundación llegó y se llevó en un abrir y cerrar de ojos la grandeza del puerto. No se pudo levantar más con el brillo glorioso de otros tiempos. Hoy las arañas tejen redes de olvido en los trenes. Lo único que queda en el puerto son tres barcos de la Naval que controlan el tráfico de otras embarcaciones.

El esplendor de Guaqui se esfumó totalmente. Cuando se produjo la inundación, el jefe de estación era Víctor Ticona. Él tuvo que encargarse de limpiar el puerto durante tres meses. “Gracias a Dios mi casa no se cayó”, dice ahora el ex trabajador jubilado.

Víctor nunca más volvió a vestir overol. La vida le dejó como tesoro a ocho hijos y una esposa en Guaqui. El tiempo no se hizo esperar y le pintó de blanco el cabello y la barba. Sus manos tampoco son las que eran; aunque los recuerdos están casi intactos, lo único porque su pueblo no es el mismo.

 

 

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