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Río Rocha, un nido de pobreza

(La Paz - La Razón)


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Gente que lava autos y ropa, que vende arena y paja, que recoge tepes, que lleva a pastar a sus animales, que practica y que vive bajo los puentes es parte del río contaminado por seis municipios.

A los abuelos les encanta decir que en su época todo fue mejor y sus nietos deben creerles, sobre todo cuando se trate del río Rocha de Cochabamba, de cuyo cauce de abundantes aguas cristalinas y de días de campo en sus orillas sólo quedan fotos, recuerdos y la frase del abuelo sobre cuánto se pescaba en el llamado entonces Kunturillo.
Un olor nauseabundo recibe ahora a quien se acerque al lugar para indagar lo que existe en los 60 kilómetros de forzoso recorrido del agua que copa dos metros de ancho y serpentea con su medio metro de profundidad, dejando libres unos 18 metros a sus costados. Allá ha hecho la pobreza su nido de vida y trabajo para indigentes, desocupados, deshabitados, niños de la calle, cleferos, comerciantes, areneros, albañiles, pintores e incluso conscriptos.

Su escasa agua nace en la parte alta del valle de Sacaba (a 16 kilómetros de la ciudad de Cochabamba) e ingresa al Valle Central por el estrecho de Mesadilla, fluyendo después por la parte sur del Valle Central en dirección este-oeste hasta el sur de Quillacollo (a 14 kilómetros de la ciudad), para unirse con el Tamborada.

Aunque no tiene mucha agua, el Rocha ha dado lugar a la construcción de ocho puentes en total que unen la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Los más modernos son el de Cala Cala, Antezana, Quillacollo y en parte el Cobija.
Empero, el rápido crecimiento urbano, la falta de agua —sobre todo no contaminada— y la pobreza lo han transformado en un depósito de basura y aguas servidas, y en un escenario en el

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que conviven unas 10 actividades.

Los oficios
Por las mañanas se puede observar a mujeres que lavan ropa y la hacen secar encima de piedras o improvisados alambres desplegados sobre postes o maderas clavadas sobre el suelo. Al día logran recaudar unos 20 bolivianos. Estela, de 35 años, es una de las lavanderas. Se queja porque su ganancia es mínima. “La mayor parte de la gente no confía en nosotros ni en lo que hacemos en el río”.

Otra actividad muy común es la del lavado de autos. Bajo los puentes se puede ver a grupos de jóvenes que ofrecen el servicio por cinco o seis bolivianos. Como el agua baja con desechos, instalaron bombas de agua a energía eléctrica para extraer el líquido. Incluso ofrecen el servicio de aspirado dentro de los carros.

Sólo en el puente Siles, los trabajadores se organizaron en una asociación que atiende en 14 lugares con pequeñas rampas de cemento que mejoran el acceso de los autos. Los usuarios más comunes son los choferes de taxis, radiotaxis, trufis y micros de servicio público porque así se ahorran por lo menos unos 20 ó 25 bolivianos por el lavado de su automóvil.

Donde hay algún tipo de actividad, están los quioscos que en el Rocha ganan más que los mismos lavadores de autos porque en esos puestos de comida y refrescos van a parar los choferes que esperan por su auto y también los que los lavan. Pagan por un almuerzo entre cuatro y cinco bolivianos; por el vaso de mokochinchi, un boliviano.
En puentes como el Siles y el Huaynacapac, otros curiosos personajes ofrecen sus servicios. Son los denominados areneros. La arena que venden no la sacan del lecho del río, sino que la cargan desde Parotani. Cada cubo lo venden a 60 bolivianos y con tres pueden

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llenar un camión.

Ellos conviven con albañiles y vendedores de paja para la construcción de viviendas en la ciudad y en las laderas. El amarre lo comercializan a cinco bolivianos y así se ganan el pan, pero apenas alcanza. “La ganancia es mínima, por eso no traigo a mi mujer ni a mis hijos”, lamenta Crispín Rojas, vendedor de paja que llegó desde Tapacarí, donde no pudo encontrar trabajo. Rojas se instaló en una pequeña casucha en la ladera del río donde duerme. Quiso tener un cuarto de adobe, pero no lo dejaron.

Más allá, los vehículos cisterna de la Alcaldía extraen agua para el riego de plantas de algunas plazas y parques, mientras algunos jardineros sacan tepes del pasto que en forma natural crecen a los costados del río y vacas, chivos y ovejas pastan durante gran parte del día.

Refugio para todos

El río Rocha también acoge a los uniformados, que lo invaden de vez en cuando con estruendo para sus prácticas y revistas. Incluso han dejado su marca. Muy cerca del puente Tupuraya los conscriptos han construido un circuito de trote y lo han rodeado de piedras que están pintadas de blanco.

Los cleferos adolescentes que viven desde muy niños en las calles han convertido el río en su morada. Algunos vecinos —que no quisieron dar sus nombres por miedo a represalias de los cleferos— se quejan de ellos porque supuestamente salen a robar por las noches y luego se van a dormir bajo el puente de Cala Cala.

El de los adolescentes vinculados con la droga es un mundo peculiar. Ahora, ellos andan en los afanes de construir un gallinero y dicen que es para luchar contra el hambre. Se han conseguido un gallo al que lo llaman Catalán y 10 perros, cuyos cachorros intentan vender en la feria que se

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suele organizar los domingos en puertas del estadio Félix Capriles, a unos metros de donde ellos habitan.

Dicen sentirse parte de una gran familia que sobrevive bajo el ala de Víctor NN, alias El papi, el protector de los menores de 37 años que pinta cuadros (ver cuadro sobre él). La mayoría son rostros de Jesús con lágrimas.

Debajo del puente se congregan hasta 20 adolescentes que consumen alcohol e incluso clefa. Casi todos duermen en colchones allá donde el cansancio les derrota. Algunos piden para comer, otros roban pequeñas cosas y, en general, afirman haber perdido la noción del tiempo. “Lo que aún no hemos perdido es la esperanza, y esperamos la misericordia de Dios para que nos ayude a salir de donde estamos”, comenta Juan (nombre ficticio), uno de los mayores del grupo.

La contaminación

Viviendas e industrias ubicadas en los distritos 8 y 9 eliminan sus aguas servidas en el cauce del río y éstas logran filtrarse en las corrientes subterráneas. La ex alcaldesa Maritza del Castillo cree que el río Rocha se ha convertido en un “foco de infección” alarmante con aguas estancadas y heces fecales que incluso sirven para regar algunos productos.

Los informes oficiales de la Prefectura indican que al menos seis municipios, 63 comunidades agrícolas y unas tres mil empresas legales e ilegales contaminan el Rocha. A pesar de que existe un proyecto de gestión ambiental integral de la cuenca del río desde hace años y que contempla estudios hídricos, no se hizo nada.

Así, el río Rocha es actualmente sinónimo de contaminación y actividades nacidas de la pobreza, a pesar de que gracias a él, la ciudad de Cochabamba se ha convertido en la urbe de los puentes, unos más modernos que otros.

 

 

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