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Piscicultura la pulseta entre peces nativos y foráneos

(La Paz - La Razón)


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La piscicultura es una alternativa muy interesante para completar la alimentación de las comunidades en Bolivia. El peligro, sin embargo, está en la introducción sin freno de peces de otros países.

Son miles de peces que tienen ya marcado su destino. El agua burbujea mientras Fernando Jiménez y Huáscar Gutiérrez arrastran las redes de lado a lado de la poza de engorde. Los dos viven en Mausa, en la estación piscícola que la ONG Centro de Estudios Hoya Amazónica (Hoyam) ha implementado a 10 kilómetros de San Ignacio de Moxos, en Beni.

Con la ayuda de cinco viveros de reproducción, ocho de alevinaje y cuatro de cría para engorde, se trabaja con especies nativas como el pacú, el tambaquí, el sábalo y la boga, en la búsqueda de alternativas de subsistencia para los pobladores indígenas. El proyecto, que lleva funcionando desde 1999, cuenta actualmente con la participación de 14 comunidades —con 30 familias en promedio— y otras 14 familias particulares, de seis miembros cada una.

La labor con ellas exige esfuerzos diferentes. En las comunidades se construyen pozas de 1.200 metros cuadrados, con capacidad para unos 600 peces. Para las familias son más pequeñas, de 200 metros, y suelen albergar 100 peces, que alcanzan un kilo en peso.

Pero nada sería posible sin la presencia de la estación piscícola, que en sus 20 mil metros cuadrados de viveros experimentales cultiva miles de alevines cada año. De éstos, parte se distribuye en las comunidades —a las que Hoyam capacita para la cría de especies— y el resto se vende en Santa Cruz y Trinidad. La producción anual es de unas seis toneladas.

“Este año, la unidad de alevín se está despachando a un boliviano. A modo experimental, también estamos engordando crías para comercializar el pescado como producto acabado. De momento, éste lo hemos vendido en el mercado local”, explica Umberto Lombardo, director del proyecto. La tarea es exitosa. El beneficio neto por hectárea es de 2.600 dólares.

En torno a la cuenca del Mamoré, la vida igual sigue su curso. Los comunarios todavía se dedican a su chaco, a los animales de corral y a la ganadería. Sin embargo, algo ha cambiado en este tiempo. Ahora saben

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que su dieta será más equilibrada. “100 kilos para una familia de seis personas se aproxima bastante a lo que aconseja la Organización Mundial de la Salud”.

Para el cultivo de los alevines, las pozas se abonan con abundante estiércol, a fin de favorecer la proliferación de plancton —organismos animales y vegetales dimi- nutos— y con los productos y subproductos del chaco, de acuerdo a lo disponible, se elabora alimento que esté bien balanceado.

Todo un proceso

Fernando y Huáscar madrugan cada día. El primero es joven, vigoroso. El segundo es puro hueso, pero ducho y experimentado. Cuando llueve fuerte, el agua llega hasta la base de sus casas de madera y el barro, a veces, les cubre hasta los tobillos. Ellos se encargan del cuidado de los peces y nunca claudican; aunque no son los únicos responsables del centro.

El trabajo de Faviany Lino, bióloga de La Paz, igualmente se antoja fundamental, pues ella es la encargada de la reproducción de las especies. “Este año hemos reproducido tres hembras de pacú y una de tambaquí. De ésta salieron 100 mil alevines. Las de pacú dieron un poquito menos, 70 mil”.

Con todo, el proceso no es cosa de un momento. “La reproducción es inducida. Primero —explica Faviany— se seleccionan las hembras que muestran una madurez adecuada y se las mete en los estanques con dos machos, para que haya un cortejo. Se las induce, pero ya fuera del agua. Se les canula por lo genital —se sacan los huevos— y se les inyecta hormonas”.

De ahí pasan a las incubadoras, que tienen una capacidad de 200 litros. En ellas el agua burbujea y eso hace que los huevos den vueltas, se oxigenen y no estén aglomerados. Esta etapa dura tres días. “De 500 gramos de huevos pueden llegar a nacer millones de larvas”.

El siguiente paso es la fase de postlarvaje, en la que se emplean 10 días. “Su objetivo es reducir la mortalidad. Para ello se cuenta con estanques con filtro, que evitan la entrada de insectos. Es cuando los peces comienzan a comer algunas microcápsulas y a ser, de alguna manera, intuitivos”.

En las pozas grandes es otro el asunto. “Sí o sí se tienen que buscar la vida. Nosotros solamente abonamos —con heces de chancho—

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para que haya suficiente zooplancton”. Finalmente, ya de buen tamaño, se les pasa a los viveros de engorde, donde suelen alcanzar en ocho meses el peso adecuado para comercializarlos: entre 500 gramos y un kilo.

Las otras pesquerías

La Amazonia resulta un emplazamiento único para la cría de peces, sobre todo gracias a sus recursos. Pero no siempre es posible sacar adelante proyectos como el de Hoyam, pues se requiere de una infraestructura mínima para llevarlos a buen puerto: caminos, agua, luz y teléfono. Entre tanto, para las experiencias comunales o familiares, lo que se aconseja es el policultivo. “Lo preferible es que una especie principal —el pacú o el tambaquí— represente el 80 por ciento y otra complementaria —boga o sábalo— el resto”, aconseja Umberto a los que empiezan.

Siguiendo o no estas pautas, lo cierto es que las iniciativas acuícolas cada vez tienen más presencia en todo lado. De esta forma, grandes y pequeñas pesquerías se extienden ya por todo el territorio.

En Beni, por ejemplo, la Universidad Técnica tiene un centro de investigación de recursos acuáticos. Esencialmente trabaja con pacú en Trinidad y alrededores, pero importa los alevines de Brasil.

Otra universidad, la Gabriel René Moreno de Santa Cruz, sigue un camino parecido. En este caso las especies cultivadas son la carpa asiática y la tilapia africana, ambas, variedades introducidas.

“En el oriente hay un boom, están proliferando las piscifactorías particulares”, señala Raúl Salas, analista profesional sobre el tema. En otras circunstancias, un dato así invitaría al optimismo. El problema es que se cría alevines de Brasil, de poblaciones no nativas. En otras zonas, como Tarija, han introducido igual otras variedades. Una es el camarón malayo.

“Desde el punto de vista genético, importar especies de otras cuencas hidrográficas pone en peligro la biodiversidad de Bolivia, se daña el patrimonio vivo. Hay que tutelar la fauna prohibiendo la importación de alevines, que además no está autorizada por los acuerdos internacionales. Acá, hasta las universidades introducen especies”, advierte muy serio Umberto.

Esta realidad no enturbia, sin embargo, otro

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tipo de experiencias, como la de la Universidad de Pando, que ha lanzando ya con buena aceptación la carrera de técnico medio en Piscicultura.
Cochabamba va en la misma línea. En el Chapare, la Estación Piscícola de Piraiba de la Universidad Mayor de San Simón investiga a las especies nativas en el valle.

Son buenos síntomas que se podrían completar en unos meses, ya que la cooperación japonesa (JICA) pretende elaborar en breve un diagnóstico de la situación de las pesquerías en el Amazonas.

La parte andina

En un país con tantas personalidades, no resulta nada extraño que la pesquería también mantenga sus propias particularidades a lo largo del área andina, sobre todo en La Paz, Oruro y Potosí. Las tres son regiones del cultivo de la trucha y, a tenor de lo visto, parece que no ha dado muy buenos resultados. Según los estudios del experimentado centro acuícola de Tiquina, su alimentación resulta excesivamente cara. Por si fuera poco, la entrada desde Perú de la misma especie al mercado nacional, pero a bajo precio, ha terminado de estancar la producción boliviana.

En el altiplano, la mayor parte de propietarios de piscifactorías son las comunidades, que las financian hasta en el 80 por ciento. El resto se cubre con donaciones y el dinero del mismo municipio.
Existen actualmente varias modalidades de cultivo. Las llamadas intensivas, que consisten en la cría en estanques y jaulas flotantes —muy numerosas en el Titicaca—; y las extensivas, que se ubican principalmente en las lagunas. “Acá se ha demostrado que, de momento, funcionan mejor las extensivas”, ejemplifica Salas.

¿Mejorar los resultados?, es el objetivo hacia el que apuntan todos los esfuerzos. Quizá bajar los precios ayudaría en algo. “Hay que hacer que la gente se acostumbre, que coma el pescado como si fuera pollo”. Lo mismo quiere Hoyam, que pretende extender su proyecto a más comunidades.

Fernando y Huáscar arrastran la red con mucha calma. Caen algunas gotas. Miles de enormes ojos se concentran en el centro. En un rato más terminarán con el mallado. Algunos sábalos saltan, huyen como pueden. El resto de peces, irremediablemente, hoy se encontrará con su destino…

 

 

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