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28 de marzo, 2004

El Fitaz discute las maneras de crear en escena

(La Paz - La Razón)

Teatro objeto, corporal e infantil; dramaturgia clásica, contemporánea y del actor; cabaret, circo y arte callejero son terminologías que aún no bastan para decir ¿Qué es teatro?

"Esto no es teatro", repitió incansablemente el actor mexicano Carlos Valencia Hernández, cuando embutido en un traje de sirena pretendía iniciar la función de su espectáculo de cabaret. Con un despliegue de movimientos corporales, canciones, bailes y oportunas improvisaciones, se las ingenió no sólo para cautivar a su público, sino para criticar desde la escena —en clave de humor— la obra que había sido presentada el día anterior, El Jardinero de la noche.

En este cuarto Festival Internacional de Teatro de La Paz (Fitaz 2004) se puede ver que las críticas se hacen bajo la luz de los reflectores, que los actores son los que escriben los guiones y que se ponga en tela de discusión la existencia y participación de determinados géneros.

¿Existen realmente géneros bien limitados? En la dramaturgia clásica, la respuesta es un sí rotundo. Entre las obras extensas está la tragedia, en la que se representan acciones extraordinarias que producen en el espectador asombro, terror o compasión —que deriva siempre en un desenlace desgraciado— o la comedia, que refleja la vida humana desde un punto de vista alegre, produce risas y siempre acaba bien. Allí continúa el drama y las obras breves, como el entremés (una especie de descanso), el sainete (de tinte costumbrista) y las piezas musicales, como la ópera y la zarzuela.

Con el pasar del tiempo, los géneros se fueron multiplicando de tal modo que se crearon más y más divisiones —como el teatro objeto, que está basado en que todas las cosas poseen un alma y que los objetos y espacios tienen una vida propia, como cualquier otro organismo— entre las que también figuran el vodevil, el drama social, el juguete cómico, la farsa, el melodrama, la humorada, la comedia patriótica, el drama filosófico social, la comedia costumbrista, la farsa eutrapélica, el joguet y un largo etcétera.

Con la llegada del teatro contemporáneo —muy discutido como concepto pero que se toma como punto de partida—, son varias las corrientes a seguir, unas que gozan de bastante prestigio en el medio y otras que más bien resultan despreciadas.

Este último es quizá el caso del teatro para niños, rescatado por este Fitaz por su importancia en la educación con un programa especializado, el Kusisiña.

"En el caso del teatro de títeres hay un prejuicio. Las sociedades consideran a los niños con mucho menosprecio. Muchas veces, los adultos que hacemos teatro de títeres proponemos puestas que no tienen la misma calidad ni la misma entrega que tiene un producto para adultos", explica Gonzalo Cuéllar, director del grupo nicaragüense Guachipilín.

"La sociedad considera muy poco a los niños, cuando se necesita un trabajo muy comprometido. Se requiere mucha entrega y tienes que investigar mucho para poder descubrir qué intereses tiene el niño, a la edad exacta a la que te vas a dirigir y conocer mucho las características de cada etapa evolutiva".

Un género muy pocas veces incentivado se encuentra de pronto con medios mucho más persuasivos, como la televisión y el cine. "A través del desarrollo tecnológico se creó un montón de cosas que han hecho desarrollar a los niños. El 'Había una vez...' ya no lo aguanta nadie. Con la televisión el niño ha aprendido a decodificar un lenguaje muy rápido. Frente a esto, el teatro se ha rezagado y en otros casos se ha puesto a la par. Pero lo más interesante del teatro es que es vivo y que los niños pueden ver a los actores y conversar con ellos: esa magia nunca va a competir con la televisión".

Para el espectáculo Las manchas de la luna, Guachipilín prefirió optar por el areíto, una práctica muy común en el Caribe, donde la gente se reunía en círculos para compartir la danza, el canto y las artes convivían en un solo espacio. "Ahora se le dice teatro multidisciplinario", comenta la actriz Zoe Mesa.

Un género que no ha tenido gran repercusión, tiene el cariño de los niños. "Es muy bueno dedicarle un momentito a la alegría, a la sonrisa y al hecho de que en la vida sí tenemos esperanza",

La presencia del actor y el espectador es la característica que hace de cada función única. Pero hay obras que son aún más irrepetibles que otras, gracias al género que adoptan. La fusión entre el teatro y el cabaret permitió que el actor mexicano Carlos Valencia Hernández, ataviado como una mítica y decadente sirena Drag Queen, critique la obra estrenada durante la inauguración de este cuarto Festival.

A través de las canciones, Sirenas del Corazón propone una fábula en que se cuestiona la existencia del amor, pasando por temas de actualidad como la sexualidad, las drogas y la represión. Todo esto en un show altamente participativo. "Yo había trabajado todo el tiempo en teatro de pieza y en realismo, pasando luego a crear personajes fantásticos hasta ese momento. Como actor, toda la vida me habían dado el personaje de alcohólico, el que llora toda la obra y de pronto, sentí que quería tacones y plumas". Así, Valencia encontró una obra en género de farsa que le permitió explorar muchos matices histriónicos.

"Aquí la cuarta pared no existe y hay un grado de improvisación muy fuerte, porque la historia cambia dependiendo del lugar donde se está". Dicho y hecho, empezó la obra en La Paz hablando de la salida al mar.

Uno de los problemas que el actor ha notado en las propuestas contemporáneas es que se subestima al espectador con obras que pretenden dotarse de los artefactos y avances posibles para dar un rostro más actual. "Este trabajo no es completamente cabaret ni teatro. El cabaret puede dedicarle media hora a un espectador que se estuvo sacando el moco y no hay problema. Pero aquí no, aquí sí que se tiene que contar una historia. Muchos estudiosos de los géneros me dijeron: hazlo teatro o hazlo cabaret. ¿Por qué? esta mi propuesta de cabaret o de teatro. Y allí vienen los problemas". Y levantando su cola, Carlos brindó una noche de risas y reflexión en que el manejo del público —haciendo las voces de un presentador— marcó la diferencia.

Por su parte, el elenco argentino de Mabel y Edgardo también decidió innovar. No sólo quebró con la manera lineal de contar una historia, sino que además apostó a la improvisación para escribir su guión. "Este proceso no parte de un director hacia los actores ni de un texto a interpretar. Empezamos a trabajar con la dramaturgia del actor. Partimos de una hoja en blanco y Mabel surgió de un proceso de improvisaciones y de una dramaturgia que terminan escribiendo los actores. La dirección trabaja más a nivel puesta y al nivel de esa mirada que puede ir monitoreando la creación del lenguaje o del registro teatral", explica Marcelo Díaz, quien emprendió, junto a sus compañeros Claudia Cantero y Matías Martínez, una investigación dentro del teatro independiente que no cayera en aquel lugar común en el que el público no tiene acceso a determinadas cosas o la obra no termina teniendo claves para entrar ahí.

Las líneas del teatro contemporáneo se siguen, si no de manera consciente, de modo intuitivo. "Todo está invadido en el terreno de lo teatral. Quieras o no, esas cosas van permeando y cada uno aporta lo suyo. Nosotros nos propusimos romper la estructura dramática tradiciona y hay otra gente que lo está haciendo de una manera conectada", sugiere Claudia Cantero.

"En Argentina hay una especia de vuelta a los géneros que hace mucho tiempo habían dejado de estar de moda dentro del teatro, como el neorrealismo o el naturalismo, que parecían obsoletos, pero como que se vuelven a recuperar de otro modo. Se renuevan estos géneros a partir de otras lecturas, dando una vuelta en cuanto al lenguaje teatral", explica la actriz que no se atrevería a clasificar a su obra.

Para Wara Cajías, quien dirige la coproducción germano-boliviana La vida es buena, el asunto de los géneros tampoca está tan claro. "Esta obra no es danza teatro, es más bien teatro coreográfico, pero los críticos en Alemania no identificaron el estilo. Moderno no es, pop, tampoco. Es lo que ellos denominan como trash, el post pop. Es un género que se hace la burla del teatro pop, es una tragicomedia o una comedia trágica —según el entendimiento y el humor que tenga el espectador— y también es una sátira y una crítica a los concursos de televisión".

Dentro de las tendencias, Cajías encuentra que la misma técnica define a los géneros. En cuanto a lo técnico, va a fusionar el vídeo. No lo hará como un mero elemento, sino como una parte esencial de la dramaturgia. "Así como el canto, que lo trabajamos con Óscar García, con la actuación y el baile. No es un número de baile ahora y luego continúa el de vídeo. Todos los elementos están fusionados en escena".

El trabajo de Cajías se enlista en el teatro corporal (que parte desde la sensación física de los pies hasta la punta de los cabellos), sin utilizar el teatro psicológico, que está más dedicado a la exploración del subconsciente y de los recuerdos. "Como no soy psicóloga, no puedo tratar la utilización de la memoria emotiva. Cada día tienes que ir al escenario y si debes recurrir a recuerdos emotivos, nunca te va a funcionar igual. Lo que hacemos nosotros es jugar con elementos como el agua, el fuego y todo sean sensaciones corporales". Y con estos conocimientos, Wara estimula la integridad del instrumento de un actor: el cuerpo.

Con estas mezclas de baile, canto, pantomima, títeres, vídeo, sombras chinas, televisión, efectos eléctricos e iluminación, pareciera que el teatro se va a perder en la parafernalia visual y estética. Pero si hay algo que el teatro tiene en esencia, es aquel aura que une al espectador con el actor. "¿Dónde está el teatro? En esa convivencia, en ese aquí y ahora único que sucede una sola vez y que el sentido lo termina de construir el espectador, que trasciende más allá del idioma", finaliza Marcelo Díaz.



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