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San Pedro de Canichanas o las campanas del olvido

(La Paz - La Razón)


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La que fue la antigua y esplendorosa capital de las misiones de Moxos, vive hoy en dependencia absoluta de las haciendas. Los indígenas no tienen ni agua. Y su pasado de riquezas es sólo recordado ahora por algunos tímidos repiques.

Un aliento sofocante y áspero golpea los rostros con desdén e indiferencia. San Pedro de Canichanas, a 65 kilómetros de Trinidad, se tuesta al sol. Aunque en su momento fue capital de las misiones de Moxos, ahora parece uno de esos pueblos olvidados, dejados a la mano de Dios. Sus calles lucen casi vacías. Es mediodía. Su plaza está desolada. Apenas un par de muchachos conversan en una esquina. En el centro se alza el templo. Y en su torre, casi pasando inadvertidas, cinco campanas —grandes y pequeñas— presiden calores y silencios.

"San Pedro es una sombra de lo que fue". Cuando no está en Trinidad, Antonio Sotto arrastra su enorme espalda de campesino por el pueblo que lo vio nacer, entre un aire viciado por los efluvios rancios e invisibles del olvido y de la nostalgia.
Hoy, en San Pedro viven sólo unas 100 familias —en su época de máximo esplendor, según las crónicas, lo habitaron hasta 5.000 personas—. Y los indígenas canichanas sobreviven enclaustrados por las alambradas de las haciendas de los grandes terratenientes ganaderos. La relación es de una total dependencia.
Como no hay espacio para la agricultura, la caza, la pesca y la recolección, la única opción consiste en ofertarse como mano de obra barata en las estancias. El hombre trabaja como peón junto a sus hijos, que le ayudan desde que cumplen los 10 ó 12 años, y la esposa como cocinera. Si se enferman los despiden. Y todo por la mísera cantidad de Bs 200. En realidad se emplean únicamente por la poca comida que reciben.

Los que mejor se la bancan tienen a lo sumo dos o tres cabezas de ganado —normalmente desechadas por huérfanas o por enfermas—. En toda la comunidad sumarán unas 80 y los animales se abastecen de los mismos pozos y curichis que ocupan los indígenas canichanas para beber, cocinar y demás actividades.
Precisamente, uno de los problemas principales de San Pedro es el del agua. A causa de los límites de las estancias, los pobladores originarios ven truncado el acceso a las que antaño fueron sus fuentes naturales en la región: arroyos, lagos y lagunas. Por eso, lo que beben es agua de lluvia, recogida en pésimas condiciones, lo que se convierte en un foco constante de enfermedades.

Los más afortunados, los que tienen carretón, optan por ir al río Mamoré para traer el agua, un viaje que supone ocho horas —entre ida y vuelta— y no siempre se cuenta con los recipientes más adecuados para almacenarla en abundancia. Y, pese a todo, como un quejido, en San Pedro todavía repican las

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campanas.

Unos comienzos difíciles

Lo hacen ya desde principios del pasado siglo XVIII, cuando los jesuitas instalaron una fundición de metales en la reducción indígena. "Las reducciones eran un estilo de misión que consistía en agrupar a los indígenas de muchos poblados en un solo lugar, donde trabajaban y celebraban en común en base al Evangelio", explica brevemente Miguel Vargas, el párroco de San Pedro.
En ese sentido, la población se transformó en poco tiempo en el mejor poblado de toda la provincia jesuítica de Moxos. Pero no fue nada fácil. Así lo rescata al menos Antonio Sotto, dedicado en cuerpo y alma a recuperar del olvido la memoria de su pueblo. "Antes de la llegada y la conquista de los españoles —recuerda— los canichanas ya estaban organizados. Vivían en chozas precarias a orillas del Mamoré y eran nómadas dedicados a la caza y pesca.

Tenían como Dios al tigre".

Eran un grupo temible, al que no fue posible acceder muy fácilmente. "Colgaban en los árboles los intestinos de sus enemigos para marcar su territorio. Y cuando encontraban a cazadores de otras tribus los empalaban, los llevaban al poblado y luego se los comían En los cráneos tomaban chicha y, cuando una mujer de la comunidad era infiel con su marido, la arrojaban como almuerzo al tigre. A las que tenían hijos 'tojos' (mellizos), símbolo entonces de mala suerte, las echaban al caimán".

Por eso se piensa que hasta que se consolidó la evangelización en su territorio también llegaron a comerse varios curas. Y no fue hasta 1697 que los jesuitas entraron con éxito y frenaron las costumbres antropófagas. Así nació San Pedro, que se ha visto trasladado por culpa de las inundaciones y epidemias europeas, como la viruela negra, en cuatro ocasiones.

La época del esplendor

Pese a las enfermedades, San Pedro pronto se convirtió en el centro más próspero de las misiones de Moxos, todo gracias a la fundición y, sobremanera, a las campanas, algunas de las cuales aún doblan sus badajos en ciudades como Cochabamba y Trinidad y un sinfín de poblaciones del Beni. "San Pedro satisfacía la demanda de unas reducciones en constante crecimiento", ilustra el párroco.
También se enviaron campanas a Gran Bretaña, España y Grecia. Cada una llevaba inscrita el año y el nombre del maestro fundidor. Así se ve en las campanas que todavía quedan, en las que se lee a Felipe y Salvador como maestros. La más grande pesa tres toneladas. Ante piezas de tales dimensiones, no es extraño que el transporte, fundamentalmente en carretones y en cayapo, fuera siempre una odisea.

La fundición se ubicaba a tres cuadras del actual templo y en ellas trabajaron varios grupos de familias. Hoy, sin embargo, en el lugar no quedan

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más que algunos restos de cerámica y el terreno lo ocupan un pequeño pasto, una casa y unos corrales. "Quizá la maquinaria esté debajo, pero habría que excavar para descubrirla".

Sea como fuere, lo cierto es que la fundición marcó una época. "Las campanas estaban hechas de fierro, bronce y para algunas partes se utilizaba también oro, que los indígenas extraían del cerro San Simón. Para conseguir el resto de los materiales se trocaba con los centros mineros. "Los canichanas enviaban a Puerto Paila, en Santa Cruz, sebo, ceras y tejidos trabajados para su distribución y, a cambio, llegaban hasta San Pedro toneladas de distintos metales".

Es así que también se elaboraron cañones para combatir a los "Bandeirantes" del imperio de Portugal, que desde Brasil trataban de invadir una y otra vez las pampas benianas. Y, en esas batallas, San Pedro también hizo leyenda. "Fue hacia el 1800 —hace memoria Antonio Sotto—. El ejército portugués ya estaba muy cerca y los indígenas sacaron en procesión a Nuestra Señora de Cocharcas. Como un milagro, se ocultó el sol, comenzó a llover y se les mojó la pólvora, con lo que la lucha se produjo cuerpo a cuerpo. Un único brasileño se salvó, llegó a Brasil con la noticia y acabaron los problemas".

Pero no sólo a forja y a metal es que se erigió San Pedro. Allá también se hacían tallas de madera, se fabricaban instrumentos musicales, desde violines hasta órganos de tubo —uno de ellos reposa hoy en la iglesia de Tarata—, y es donde, según cuentan los viajeros europeos de los siglos XVIII y XIX, se encontraban los mejores tejedores y artesanos de todas las misiones.

"Los tejidos de San Pedro, con los que se elaboraban trajes, enaguas y manteles finos, los llevaban después hasta Viena —añade Sotto—, donde se los rifaban las señoras y señoritas de la alta alcurnia".

Un saqueo constante

El apogeo duró hasta 1805, momento en el que los jesuitas fueron expulsados de la zona y las misiones se ciñeron a la batuta de los gobernadores locales, que se dedicaron al saqueo del oro y la plata.
Funcionarios seglares se encargaron de administrar las reducciones y en un tiempo récord, visto y no visto, consiguieron borrar del mapa todo su esplendor. "Además violaban a las indias y a los hombres los trataban como a esclavos, apropiándose de sus terrenos, su ganado y sus manos", dice Sotto.

Ante esta nueva realidad muchos de los canichanas no tuvieron más remedio que escapar, volviendo a su estilo de vida anterior, copando las colinas, uniéndose en pequeñas comunidades y viviendo de lo poco que cazaban.
Mientras, de la iglesia de San Pedro iban desapareciendo poco a poco toda clase de riquezas. De acuerdo a los inventarios, se llevaron a otros lugares por lo

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menos 800 kilogramos de plata repartidos en 260 piezas. "Las más importantes fueron una caja de plata en forma de pelícano —que hoy se exhibe en un museo en Santa Cruz—, cálices y cruces", apunta el cura.

Con todo, algo quedó, pues en vistas de lo que estaba aconteciendo, un grupo de indígenas logró esconder una buena parte de las riquezas. "Lo hicieron bajo una gran campana —recoge Sotto—, que cuentan que podía albergar a un hombre de dos metros en su interior. La transportaron entre 50 hombres y la enterraron a unas nueve leguas, a un lado del río".
Actualmente ese terreno pertenece a un hacendado. La campana dicen que está debajo de una loma, y los canichanas de la zona aseguran que ha habido varios intentos del dueño por recuperarla, pero siempre han terminado de la misma forma: en una tormenta.

Por si fuera poco, pasados los primeros robos, el presidente Mariano Melgarejo declaró en subasta pública las tierras de los indios. "Y más tarde, en el 52, la reforma agraria fue casi una desconocida en el oriente boliviano. Finalmente, las sangrientas dictaduras de Banzer y Barrientos, con la concesión de sus famosos ‘títulos de gabinete’ a las oligarquías, completaron la tragedia", señala Miguel Vargas.

Y ni siquiera en las últimas décadas ha habido un respeto por San Pedro. "Los últimos grandes robos se produjeron en el 81, 83 y 86, respectivamente. Sólo dejaron, por muy pesados, los candelabros". Toda esa plata, según Sotto, la llevaron a la catedral de Trinidad.
Hoy San Pedro es lo que le han dejado ser. Muy atrás quedaron ya los tiempos en los que su territorio se extendía hasta Santa Ana, por un lado, y casi hasta Trinidad por el otro. Y el pueblo ahora es la triste alegoría de una cárcel donde, por no haber, no hay ni pozos de agua que estén en buenas condiciones.

La luz funciona a motor, a puro diesel, y sólo llega a las familias con recursos para pagarla, que se cuentan con los dedos de la mano. Para traer a casa el pan de cada día, la mayoría se emplea en las haciendas. Algunos, los pocos, se dedican a la caza de lagartos y hay también quien se las ve venir con sus escasas cabezas de ganado.
De retorno a Trinidad, una polvareda espesa y amarilla traduce a San Pedro en una sombra que se pierde en un certero instante.

En el camino, los lagartos se funden con las lagunas, aves de mil colores pintan el cielo y las piedrecitas saltan y rebotan al paso tibio y mortecino de las movilidades.
A mitad de distancia aguarda San Javier. En su iglesia, el esqueleto sin peldaños de una escalera invita muy tímidamente a subir hasta el campanario, donde se balancean cinco piezas. Son campanas de San Pedro. Es un consuelo, pues por el momento, por San Pedro, aún doblan las campanas…

 

 

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