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Tráfico impune de vida silvestre

(La Paz - La Razón)


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El comercio ilegal de fauna y flora es el negocio que más dinero mueve en el mundo, después del narcotráfico y el contrabando de armas. Hoy, la revista disecciona la problemática en Bolivia.

Nadie dice nada mientras pasos pedregosos y vacíos en la calle Linares de La Paz, en el enorme mercado de El Alto o en las ferias campesinas, van en busca de ungüentos de grasa animal, lagartijas vivas para rituales o quirquinchos que le den al charango un mejor sonido. Se hacen de un pedazo de vida silvestre como una especie de "cazadores pasivos”. En el oriente, más de lo mismo. Sólo que en este caso los animales se venden como mascotas en mercados o terminan sobre un plato, sobre todo en Trinidad y Santa Cruz, donde adosan la carta de los restaurantes.
Estos son sendos ejemplos del comercio interno ilegal de especies protegidas en Bolivia, pero apenas resultan migajas si comparamos el problema con el tráfico hacia el exterior del país. Según datos de la Unión Europea (UE), cientos de miles de especies exóticas llegan desde los países de América Latina cada año y tres de cada cuatro animales mueren antes de llegar a su destino. Son, por lo general, reptiles, loros, pequeños monos y artesanías elaboradas con caparazones de tortuga y plumas de aves multicolores.

Las selvas de Bolivia, Ecuador, Colombia y Brasil, así como otros ecosistemas de la región —de México, Argentina y Paraguay, principalmente— se han convertido en las fuentes esenciales del tráfico de especies hacia la UE, primer importador mundial de pieles de reptiles, loros, boas y pitones, y segundo de primates. España es, según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), un punto de entrada estratégico hacia el continente, en un negocio que se calcula mueve 5.000 millones de dólares anuales, sólo inferior al tráfico internacional de armas y drogas.
Japón, por sus usos culturales, es el mayor importador del mundo de especies animales. Le siguen Estados Unidos y la Unión Europea. Y los boletines de WWF aseguran que este tráfico supone la amenaza directa para 700 especies al borde de la extinción, pues cada año se mueven en el mercado negro 600 millones de peces tropicales, cinco de aves, 10 de mamíferos, 30.000 primates vivos, 2.000 toneladas de coral, tres millones de tortugas vivas, 140.000 colmillos de elefante y más de 20 millones de plantas en peligro, como las orquídeas y los cactus, que también se conocen en el trópico.

Los pájaros exóticos salen normalmente de naciones como Perú, Bolivia, Brasil, Guayana y Surinam; los mamíferos y primates, de Senegal, Gambia, Guinea Ecuatorial, Nigeria, México y Brasil; y a la hora de conseguir reptiles, Tailandia, Filipinas, Indonesia, Malasia, Singapur, China y Hong Kong se llevan la palma —si cabe el término—, tal como señala la Asociación para la Defensa de los Derechos de los Animales. Como dato negativo, por la vecina Brasil circula casi el 10 por ciento del tráfico ilegal de vida silvestre que se

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reparte por el mundo.
Mientras, en Bolivia, una frontera extensa y casi desguarnecida ante este tipo de delitos hace que las mafias campeen a sus anchas. "El gran problema que tenemos —admite Luis Fernando Terceros, director de la Unidad de Vida Silvestre del Ministerio de Desarrollo Sostenible— es la falta de capacitación de las autoridades judiciales y policiales. Se necesita sensibilización para que los jueces y policías no duden en apresar a alguien por estos hechos".

Una realidad muy compleja

La debilidad ante los traficantes se refleja sobre todo en el escaso número de incautaciones que se realizan. Las prefecturas, obligadas a dar parte con informes trimestrales, apenas le detallan un puñado de decomisos al Ministerio de Desarrollo Sostenible.
Como muestra está el reporte de todo el 2004: En Santa Cruz se recuperaron 567 cueros, un jaguar y dos parabas; en Beni, decenas de huevos de peta, carne de venado y lagarto, 61 lagartos muertos y 300 cueros; en La Paz, 215 cactus que iban a salir hacia el Japón; y en el resto de los departamentos —algunos con fronteras muy vulnerables, como Pando— no hubo ninguna clase de requisa.

Con un control mínimo, debido a la falta de recursos, las aduanas, los puestos policiales, el Ejército y la Naval se ven realmente desbordados por las mafias, bien preparadas, como da fe Abel Castillo Urioste, asistente de programas de Conservación Internacional (CI), que ha dirigido años atrás los parques Noel Kempff Mercado y Amboró. "Yo me acuerdo que cuando trabajaba en esas zonas, allá por los 80, ya había cazadores extranjeros que utilizaban métodos muy sofisticados: trampas lazo en los salitrales, redes de humo o dispositivos con llamadores".
Otras veces la captura es indirecta. Pagan a la misma gente de las comunidades por las especies, pero los cazadores locales obtienen muy poco. "Por una pareja de parabas azules, por ejemplo, se ofrece entre 30 y 50 dólares para después venderla por 60.000", resalta Andrés Szwagrzak, biólogo polaco afincado en Bolivia que lleva décadas vinculado al tema.
Las especies más perjudicadas, acentuándose el riesgo de su extinción, son siempre las más escasas, pues de ellas obtienen los mejores precios. En Bolivia, a juicio del Ministerio de Desarrollo Sostenible, las aves, los monos, las boas, los caimanes, los jaguares, las plantas y peces ornamentales y las maderas tropicales son los grupos más afectados. "Aunque tampoco conviene olvidarse, porque está relacionado, del contrabando de material genético para utilizar en las industrias alimenticias, de cosméticos y de medicamentos", apuntala Szwagrzak.

Protección insuficiente

Como un oasis en el desierto, para proteger la biodiversidad y controlar el comercio legal de la vida silvestre de cada país, existe el Convenio Internacional sobre el Comercio de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), que desde marzo de 1973 regula la exportación, reexportación

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e importación de animales y vegetales vivos o muertos. Así, los países vinculados al convenio —casi 170— precisan emplear o pedir cierto tipo de certificados para autorizar la salida o entrada de los especímenes resguardados por los tres apéndices del tratado.

El apéndice I incluye a las especies en peligro de extinción y prohíbe el comercio de unas 900 amenazadas. El II recoge aquellas en situación de alerta y regulariza, mediante un sistema de permisos, el comercio controlado de 4.000 especies de animales y más de 22.000 de plantas. Y para el III se toman en cuenta especies autóctonas. Pero en nuestro país apenas una veda indefinida y dos programas de manejo, con caimanes y vicuñas, sirven como protección.
Además, las mafias se dan mañas. Y en la mayor parte de los casos emplean las mismas vías que los importadores como transporte: vuelos directos y barcos transatlánticos. Falsifican certificados, hacen triangulaciones y camuflan la mercancía. La mezclan con cargas legales, la mandan en cajas de doble fondo... A los tucanes les amarran los picos con cinta adhesiva, a los loros los envuelven en calcetines, a otras aves las narcotizan. Son decenas sus artimañas.
"Yo conozco casos de decomiso de flamencos que habían sido inscritos como pollos en la documentación pertinente. También de miles de huevos de peta camino hacia Brasil a lo largo del curso del río Iténez, debajo de cargamentos de plátano o madera legalizada", apunta James Aparicio, jefe del departamento de Zoología del Museo Nacional de Historia Natural y autoridad científica del CITES hasta hace unos meses.

Y el panorama se complica aún más cuando los mismos grupos del narcotráfico se involucran en el tráfico de especies. "En Ecuador, Perú y Colombia hay pruebas de la Interpol de grupos que han sacado bolas de cocaína en el estómago de boas o que han disuelto la droga en el agua de peces tropicales. En Bolivia hay sospechas de que haya pasado igual", se preocupa aún más Szwagrzak.
Tres son las salidas principales para el comercio ilegal de vida silvestre. "Hacia Paraguay van los caimanes desde pistas privadas o clandestinas, pues es un país donde la legislación al respecto es todavía muy pobre. Luego, hacia Chile se canalizan sobre todo los animales que pueden ser comercializados a modo de mascotas. Y, pese a que no dispone de Amazonia, tiene los permisos para comercializar especies amazónicas —comenta Aparicio—. Finalmente, Perú es la otra de las rutas importantes, porque allá se han establecido cupos de caza de especies comunes con Bolivia. Una de ellas son las ranas. Otra, las mariposas".

El mercado interno

Pero todo este entramado quedaría incompleto si no se hiciera mención al mercado interno. A este respecto, según el informe Steffen Reichle (1996) la venta directa a los turistas se ha convertido en otra forma de salida de la vida silvestre. Una de las especies más afectadas por este hecho es el quirquincho,

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de cuya población se desconoce la densidad; otras son los gatos, cocodrilos, serpientes y caimanes, cuyas pieles se trabajan en el presidio de Trinidad.
En los mercados de La Paz, Oruro y Cochabamba, según el mismo documento, los animales muertos son ofrecidos para rituales. Y, en cuanto a mascotas, lo preferido son los loros, aves cantadoras, tortugas y monos. Asimismo, hay indicios de la venta clandestina de parabas que van a dar a los jardines de lujo.

Otros destinos para la vida silvestre dentro de Bolivia son la cocina y las fiestas. Chanchos de monte, jochis, tatús y huevos de peta son menú popular en el oriente. Y los plumajes de ave cubren la demanda de los pueblos originarios, pues acompañan sus bailes.
"A esta lista —añade Aparicio— le sumaría los insectos, requeridos a menudo por colegios y universidades para la composición de insectarios". Las mariposas exóticas, también muy codiciadas para el tráfico por su alto precio, son los ejemplares más buscados.

Cabos todavía por atar

A éstas se las atrapa con suma facilidad, sin atisbo alguno de violencia, pero no siempre son así los métodos utilizados por los cazadores y las mafias. En ocasiones, la crueldad llega a ser extrema.
"Una vez decomisamos en un galpón 2.000 cotorras, 40 parabas azules y tucanes. Todos los días, confirmamos, morían animales por falta de alimento. Y a las tortugas hembra las abren y sacan los huevos, cuando no es que las separan directamente de los caparazones", corrobora Abel Castillo.

La falta de una buena legislación, además, no ayuda a mejorar las cosas. En la mayor parte de los países vinculados a CITES el tráfico de especies está tipificado como delito y puede ser penalizado con hasta seis años de cárcel. En Brasil y Bolivia, sin embargo, las sanciones, cuando finalmente se hacen cumplir, son muy blandas.
Aunque, cuando se requisa, igualmente surgen los problemas. ¿Qué hacer con los animales? "No hay dónde llevarlos. Los zoológicos están llenos y los centros de rescate de vida silvestre no son tan recomendables, pues a veces los animales escapan con el peligro, cuando no están en su hábitat, de que introduzcan alguna clase de enfermedad en la fauna local".
Ante un escenario así de negro, sólo cabe buscar paliativos o soluciones. Los programas de aprovechamiento —como los que hoy se desarrollan con la vicuña y el caimán yacaré— podrían ser una respuesta, pero siempre y cuando se lleve un buen control de las poblaciones. "La concienciación —recalca Terceros— es clave". El futuro dependerá de cómo se eduque.

Por eso, mejor mirar hacia adelante, porque incluso si nos paramos a observar la otra cara de la moneda en el presente, la de aquellos que reciben los animales en los países desarrollados, el paisaje es desalentador: pájaros que se arrancan las plumas porque se vuelven locos o ciudades como Miami, donde cada vez es más habitual encontrar boas en su sistema subterráneo de aguas fecales.

 

 

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