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Gran Tierra de Lípez, un imperio en Potosí

(La Paz - La Razón)


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La mancomunidad reúne a ocho municipios de cuatro provincias que conformaban el señorío. Hoy es un ejemplo de la fuerza productiva de la región, como se ve en San Agustín y Villa Mar. Le invitamos a la primera parada en un recorrido por la región.

Con el oído protegido por auriculares de seguridad industrial, el hombre de 50 años da vueltas despreocupado a una esfera metálica. Mientras, el fotógrafo busca el mejor ángulo para retratar su labor. Pasan unos minutos de tedio. Cambios de lente. Enfoque. Y de pronto ¡boom!, se escucha la explosión.
El fotógrafo apenas junta el alma con la carne. Teófilo Salvatierra sonríe divertido, pues el estallido de cañón es el anuncio de la quinua que ha reventado en humeante pipoca. Es cosa de todos los días en la procesadora de alimentos del pueblo.
San Agustín. Fue precisamente en esta comunidad de Potosí donde en marzo de este año se celebró la segunda Expo Feria Internacional Agropecuaria y Microempresarial de Los Lípez. El evento congregó a representantes de Argentina, Chile, Dinamarca y Perú. La ocasión sirvió para mostrar al mundo una región que promete revivir el esplendor de la época prehispánica.
De aquellos años de gloria habla la tradición oral. Lípez era un antiguo señorío asentado en el extremo sur del altiplano, donde la riqueza aurífera era motivo de ostentación. Durante la época colonial, los pobladores de esta región lograron el Título de Revisita de Los Lípez, otorgado primero en 1571 por el Virrey Francisco de Toledo y ratificado en 1646 por la Corona Española. Los lipeños pagaron en esa oportunidad ocho fanegas de oro y plata por su territorio, según el expediente de protocolización de títulos demandado por Santos Vaca Ticona el 26 de enero de 1950 en Potosí. Como prueba de ello, el pueblo de San Agustín aún conserva la moneda que les fue entregada por los antiguos conquistadores como señal del acuerdo.
La República acabó con el antiguo ayllu, pues lo fragmentó en cuatro provincias y ocho municipios. Para Amado Bautista, del Centro INTI–CIPAS —entidad que trabaja en el desarrollo de la mancomunidad—, el proceso aisló a Los Lípez de la vida política y económica del país, convirtiéndose en el siglo XX en una región expulsora de recursos humanos hacia Chile, Argentina y los valles andinos.
Pero las cosas cambiaron el año pasado. La necesidad de proyectarse con una visión regional tras un desarrollo integral y territorial, en base al potencial de sus recursos humanos y naturales, se consolidó el 7 de diciembre del 2003 con la constitución de la Mancomunidad Municipal Gran Tierra de Lípez. Allí se volvieron a reunir los ocho municipios con la promesa de fortalecer un desarrollo sostenible con el que se pueda recuperar la identidad.
Y es que la vida en Los Lípez es diferente. Sus pobladores no manejan un sentido de etnicidad, sino de ciudadanía. Su visión de desarrollo depende de sus 0,38 habitantes por kilómetro cuadrado, sus Tierras Comunitarias de Origen, la extensa área protegida de 57.737 kilómetros cuadrados de superficie. Como muestra de ello está la actividad en tierras altamente productivas.

Microempresas en San Agustín
Un estrecho camino remilga espacio para llegar a San Agustín, que saluda con un pintoresco letrero. La calle principal

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serpentea hasta su fin, donde se vislumbran unas casas que albergan el lado productivo de la provincia Enrique Baldivieso.

Entre el casco y el overol azul de Ángel Huanca Bautista brillan los 41 años que hoy ostentan el cargo de presidente del Centro de De- sarrollo Integrado (Cedeinco). En sus instalaciones se lava y procesa la quinua para su comercialización.
La labor empieza, como todos los días, con la limpieza de la quinua que se compra a las comunidades de la provincia y sus alrededores.
La carga se vacía al buzón para pasar luego al canjilón uno, desde donde baja a través de un tubo para ser seleccionado mediante zarandas de dos mallas para quinua cero, mediana y menuda. Luego va al escarificador, que remueve las impurezas y se queda en el despedregador que, como el nombre indica, saca las piedras en la trilla.
Terminada la etapa, pasa al escurridor uno y a la lavadora. Allí se pierde la saponina, un elemento químico que se usa en la fabricación de jabón. Le continúa un segundo enjuague, una tercera lavada y listo, el grano está impecable, sin ningún rastro de color. Es tiempo de culminar el proceso, llegando a la secadora que funciona con el calor del sol.

En esta planta trabajan cinco personas, logrando procesar en un día 30 quintales de quinua que pasan a la bodega. La microempresa trabaja desde agosto de 1985.
Fuera de la planta y junto a la secadora se ha abierto espacio don Teófilo Salvatierra, quien poco a poco retuesta la quinua para la fabricación de pipocas que anuncia cada camada con una fuerte explosión.
Pero la industrialización de la quinua continúa. "Yo me llamo Erudita Amelia Choque y tengo 37 años. Estamos trabajando desde marzo de este año en los derivados de la quinua", relata la mujer vestida toda de blanco. "Hemos empezado con nueve personas y ahora somos cinco las que trabajamos en la empresa Agroindustria. Hacemos pipocas de quinua y turrones con almendra, maní, coco y pasas. Trabajamos también con chocolate".

"Para fabricar los turrones secamos la quinua lavada", agrega Marcelina Bautista Bautista, su compañera de 29 años. "Para las pipocas ayudamos con bicarbonato, pero la quinua debe dormir una noche entera. Así revienta".
Las pipocas, dulces o saladas, son el primer producto. De ahí se selecciona el producto por tamaños: de primera, segunda y tercera. De la quinua de segunda se hacen los turrones, mientras que los de tercera se convierten en la Quinuacoa, un chocolate instantáneo enriquecido con las propiedades alimenticias de la quinua.
Para elaborar el turrón se hace un preparado con miel, almendras, pasas, coco, maní y pipocas. El proceso es sencillo. Se coloca la mezcla caliente sobre una máquina que —en base a un pedal— comprime los productos y luego se dejan las barras secando antes de colocar el baño de chocolate. De ahí sólo queda el envasado y etiquetado para su distribución.
"Nosotras queremos exportar los productos, queremos promocionarlos porque son muy buenos. Por ahora sólo se venden en pequeñas tiendas en algunas ciudades como Potosí y Oruro", expresa Marcelina, quien vende las barras simples a un boliviano y las bañadas en chocolate, a dos.

Con sabor a naturaleza
La tierra es pródiga en San Agustín. Una serie de plantas silvestres han

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crecido durante años en los cerros de la zona, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. Sus condiciones excepcionales de radiación solar, las bajas temperaturas, el aire seco y la altura, han logrado un producto con una serie de propiedades medicinales, además de una variedad de sabores.

Pronasa es la asociación de 24 mujeres dedicadas a la elaboración de mates con el sabor de la región. Sus sabores prometen prevenir y curar enfermedades leves como el resfrío común, el reumatismo, la indigestión, la cistitis e incluso la impotencia sexual.
El uso tradicional de estas plantas ha predominado en la zona durante siglos. Así lo considera Selina Lovera Calcina, quien a sus 24 años se desempeña como gerente de esta microempresa.
La cosecha de los arbustos y hierbas se realiza desde enero hasta marzo de todos los años. La dotación alcanza para todo el año, aunque según les va, pueden volver por más a las cercanías de San Agustín. "Recolectamos bastante. Después de cosechar, hacemos el lavado y el secado. Luego las plantas pasan al molino y de ahí al desgranado, donde se pican menudo. Algunas plantas entran con tallo. Luego, se clasifica en zarandas".

En una amplia habitación están las encargadas del empaque, entre las que destaca Eusebia Copa, de 35 años. Allí se trabaja en el empaquetado, que se realiza completamente de forma manual. De ahí pasa a la venta en su propia tienda.
"Al principio, las mujeres estábamos organizadas en un club de madres. Hacíamos artesanía, pero para la casa nomás. Cuando surgió el proyecto eran más de 80 interesadas. Ahí hemos tenido un aporte de 50 bolivianos. Varias señoras se desanimaron hasta que quedamos sólo 20 señoras, entre las que hemos redondeado a 25 dólares para empezar. Cuatro mujeres más creyeron en el proyecto y aportaron con 100 dólares. Ahora son más de cuatro años desde el 19 de julio del 2000", recuerda Selina.
El proceso ha sido largo, pero ya da resultados. A pesar de no contar con electricidad, han recibido la maquinaria y puesto como contraparte la infraestructura.
"Con los maridos hemos tenido tropiezos, pero las compañeras, a través de la directiva, han mediado para su solución. Tenemos fe en que vamos a llegar al mercado. Las señoras son trabajadoras".
La producción ecológica caracteriza a estos mates, pues no se usan químicos en el proceso, permitiendo un manejo sostenible de los recursos junto a la valoración de las propiedades medicinales de sus hierbas. Y las sonrisas y el empeño de estas mujeres le dan al producto un valor agregado.

El pueblo enmurallado
Villa Mar, a 180 kilómetros de Uyuni, suspira en el cantón Soniquera, provincia Nor Lípez. Un gigantesco muro de decenas de metros formado por unas rocas rojizas sirve de cobijo a la comunidad que alberga a 78 familias. El viento descansa entre las rocas y el sol adormece a los turistas que pasan por la región en la búsqueda de tranquilidad y belleza.
Que la aparente quietud no engañe al visitante, pues dentro de una de las casas doña Hilda Bautista faena una llama. Con 32 años rondando por sus polleras, la emprendedora mujer es la presidenta de la microempresa Sol de los Lípez, donde trabaja junto a otras siete personas. El charque de llama es su principal negocio.

"Nos ocupamos de faenar

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la llama para hacer charque. Primero hay que traer al animal hasta el corral. De ahí entra a una sala donde los faenamos. Lo faenado hay que hacer orear hasta el día siguiente, cuando hay que hacer el charque". En este trabajo se busca utilizar sólo la fibra, que después se filetea. Entonces se procede al reposo en sal y se seca a través de una carpa solar durante dos días.
El charque está listo. Sólo queda envasarlo y vender cada kilo a 90 bolivianos. "Está bien nomás funcionando, aunque hace un año que no tenemos mercado fijo. Por aquí, por allá nomás vendemos. Pero siempre es mejor, porque antes entre nosotros comíamos".
El trabajo ayuda a Hilda a mantener a sus tres hijos que tienen cinco, siete y ocho años. "Trabajamos con el proyecto C3, que nos ha ayudado. Lo más difícil de esto es sacar los nervios, porque tardamos en una llama como cuatro horas entre cuatro personas. Difícil es sacar la grasa y los nervios".

Hilda llegó desde Soniquera, pero se quedó enamorada de Villa Mar. "Es lindo trabajar. Vivo aquí hace unos nueve años porque mi esposo, don Urbano Flores, es de aquí. En el pueblo tenemos agua, estamos construyendo un museo y podemos visitar las pinturas rupestres. También hay buena pesca en el Río Grande. Fue el Alcalde".
El comentario dirige la atención hasta el Río Grande, donde las llamas, ovejas, vicuñas y las aves de todo tamaño aprovechan de las aguas cristalinas para poder refrescar el día. En el camino están los restos de un avión que se estrelló el año 1992. La nieve había traicionado al piloto y el mal tiempo condujo a la nave hasta el cerro.
Cerca también están las pinturas rupestres que muestran, en una primera instancia, formas circulares y onduladas, simulando una serpiente. Más allá hay formas más evolucionadas, con dibujos pastoriles y otros de una danza.

El sol salpica el Río Grande. De allí regresa el alcalde Crisol Berna Ramos, con 25 años de edad. En estas comunidades, cuando un joven tiene de 20 a 25 años se convierte en colaborador del señor Agente y cuando llega a los 30 ocupa el cargo de Corregidor.
A Crisol no se lo ve muy contento. "Aquí somos como 500 habitantes. Vivimos de la ganadería y de la agricultura. Tenemos muy cerca a la frontera con Chile. Vamos al Río Grande para pescar. Recién nos hemos asociado y somos como 15 personas en el Río Grande."
El rostro de Crisol sigue parco. "En el pueblo no tenemos fiesta. Sólo celebramos el 6 de agosto y carnavales. Para las fiestas patrias preparamos un desfile en el que participa toda la comunidad".

Pero ese no es el tema que molesta al Alcalde. "Sí, hay capilla con un cura que viene a veces, para los bautismos, las bodas. La escuela tiene hasta octavo grado y también llegan los turistas. Tenemos alojamientos y tiendas. A los visitantes les interesan las rocas, los chullpares que están a dos kilómetros y las pintura rupestres".
El sol amenaza con irse y las huallatas se retiran. Crisol muestra apenado su cosecha: son cuatro diminutas truchas que se irán en la cena. "En el Río Grande tenemos truchas lindas, no como éstas. Pero ahora no habían grandes. Nos hemos metido con el agua hasta el pecho, pero nada". Y apenado por no mostrar presas mejores, se retira invitando a la gente para algún próximo Festival de Pesca.

 

 

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