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San Francisco: Una historia de piedra

(La Paz - La Razón)


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Al llegar Alonso de Mendoza a la hoyada paceña, los franciscanos ya habían levantado un convento. En 1654 la obra se desplomó. Dos décadas después se empezó la construcción más importante de Bolivia.

El corazón de La Paz estaba dividido en dos en el siglo XV. El eje de vida era la iglesia de San Francisco. Desde su capilla hacia el norte, la ciudad les pertenecía a los indios. En dirección a la plaza Murillo dominaban los españoles. Las cuatro esquinas de la cruz marcaban las diferencias. Señalaban al cielo y la tierra, a la corona y a los indios. Un río separaba a las dos ciudades y un puente de piedra las unía.

Años atrás, en 1548, don Alonso de Mendoza había fundado la ciudad de La Paz en Laja. Por orden de Pedro de la Gasca, el español se dirigió hacia la hoyada. Allí descubrió un convento. Era la primera fachada del convento de San Francisco.

Fray Francisco de los Ángeles Morales fue su fundador. Él decidió bautizar a la capilla con el nombre de Santa María de los Ángeles.

La construcción se levantó con mucha fe y pésimos cimientos. Según las descripciones del franciscano Diego de Mendoza, la edificación acabó desplomándose entre los años 1608 y 1612. Una nevada habría ocasionado el religioso desastre.

Iglesia urgente

Mientras el convento se deterioraba, los soldados imponían la espada y los sacerdotes, la cruz.

En México, los franciscanos propusieron en 1539 que los indios convertidos al cristianismo estuvieran exentos de pagar tributos los primeros 10 años de su conversión. La petición se hizo norma en 1556. En 1867 la condonación se amplió a 20 años.

Con tributos o sin ellos, los seguidores de Cristo se multiplicaban en el nuevo mundo. Había que crear espacios acordes. En La Paz los franciscanos volvieron la mirada al terreno

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donde alguna vez funcionó el Convento Santa María de los Ángeles.

Era necesario alzar los escombros y empezar el proyecto de la nueva iglesia. El guardián del convento, fray Alejo Bolaños, puso manos a la obra. Era 1744. Definitivamente, no era una empresa sencilla. Se necesitaba dinero y el minero Diego de Baena y Antípara se convirtió en el mecenas. Las limosnas y los diezmos hicieron el resto. Casi 10 años transcurrieron hasta que se pudo colocar el último bloque de piedra en la cúpula de la obra: “Se aca vo es ta me dia naranja año de 1753”, fue la frase que allá quedó finalmente inscrita para siempre.

Dos décadas tuvieron que transcurrir y el coro de la iglesia fue concluido: “Se cero est a Yglecia sie ndo Gn E.R.P.F. Xtobal de Ri bas Lr. Jo. A 27 de o ctubre Año de 1772”, dice la leyenda de un vitral.
La construcción fue terminada 12 años después. Un cuadro de la sacristía conserva el dato final de la obra: “Verdaderop retrato del Ilmo S.D.D. Gregorio Francisco de Campos, dignísimo Obispo de La Paz y especial benefactor de la religión Seráfica, a cuya devoción se debe la conclusión de esta Yglesia, la que se consagró en 23 de Abril de 1784”. El mismo sacerdote, Francisco de Campos, fue quien se encargó de colocar el escudo de la orden de San Francisco en el frontón de la enorme portada.

Fuerte como la piedra

Los muros de San Francisco representan un arte barroco que fusiona lo románico con el toscano. La iglesia tiene 58 metros de largo por 26 de ancho. El espesor de sus paredes alcanza a los dos y tres metros.
Algunas rocas conservan en sus esquinas pequeñas rajaduras. Éstas fueron causadas por las cuerdas con las cuales los indios arrastraban las grandes piedras en la época de su construcción.

Dos mil metros es la extensión total

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del convento de San Francisco. La iglesia tiene tres altares con retablo dorado de cedro.

El dorado del altar mayor es una obra de Francisco Jiménez Vargas. Fue concluido allá por 1582.

Las marcas de la cruz

Cuando todas las piedras estuvieron una sobre otra, se levantó la iglesia más importante de Bolivia. Entonces, la historia de la nación andina se erigió con ella.

En 1809, Pedro Domingo Murillo quiso despertar al león dormido de La Paz y fracasó. Para que nadie más intentara hacer algo similar, los españoles le quitaron la cabeza al protomártir. Creían que no era suficiente. Entonces dejaron la cabeza del revolucionario al pie del altar de San Antonio, en la iglesia de San Francisco. El calendario marcaba enero de 1810.

El poder de la Corona no duró mucho tiempo. En 1825 el ejército libertario de Simón Bolívar le concedió la independencia al país. Su primera demostración de total poder fue invadir el convento de los franciscanos.
En la primera época de la república de Bolivia, San Francisco se convirtió en símbolo de conquista y poder. La Aduana invadió los claustros del convento y las niñas de la escuela Vicente Eguino hicieron lo mismo en años posteriores.

En 1885, cuando los sacerdotes volvieron a tomar el control de su creación, continuaron las obras de remodelación. Hacia adelante todo se mantuvo en aparente paz.

Después de que en 1960 se derrumbó el claustro principal y el atrio mayor de la iglesia, el patio de la fachada quedó libre para las manifestaciones populares.

Un recuerdo de la época dictatorial son los agujeros de los ventanales superiores. Aquello fue producto de las balas que cayeron sobre la iglesia y la gente concentrada en el atrio franciscano.

Volver atrás

La roca es dura, pero blanda la memoria.

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En esta última década, San Francisco se encuentra en proceso de restauración. Los arquitectos Fidel Cossío y Patricia Vásquez, junto al ingeniero Carlos Cano, son los encargados de recuperar los recuerdos de la piedra.

La conservación de la portada principal, la restauración de los retablos, pinturas, vitrales y lienzos son parte de la reconstrucción.

El claustro menor y los dos mayores para la habitación de los frailes también reciben una buena mano de obra restauradora.

Al interior de la estructura de piedra se está creando un gran comedor de asistencia popular. Allí el servicio será gratis y el sitio se llamará la Olla de San Francisco.

La biblioteca, con más de 25 mil libros, está siendo restaurada. Ni qué decir de la bodega con sus toneles que recibieron en su interior el vino de hace 300 años.

Las celdas, habitaciones de los sacerdotes, están en proceso de remodelación. “Lo que buscamos es conservar lo más fielmente posible cómo eran estos espacios, de qué manera vivían los padres hace siglos”, indica Fidel Cossío.

Los restauradores lo saben. Por eso, los técnicos que trabajan allí son gente especializada, que ha sido formada en las escuelas taller de Potosí y Sucre sobre las que escribió de forma amplia Escape.

Al finalizar la obra, posiblemente el año próximo, se creará un gran museo para que la gente pueda conocer cómo la historia de Bolivia está vinculada al templo.

El campanario de San Francisco respira misterio y la grandeza de la roca. Abajo, los latidos de la ciudad de La Paz parecen palpitar más con lo nuevo. La piedra y el cemento, tan lejanos en algún momento de la historia, ahora se encuentran finalmente. El histórico centro paceño es campo de batalla para la eterna disputa entre el hombre y el avance del tiempo.

 

 

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