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22 de marzo, 2006

Fiesta por la primera cosecha de papa
(La Paz - La Prensa)


El altiplano está de fiesta. El tiempo de la cosecha ha llegado. Miles y miles de productores agrícolas están llenando costales blancos con los frutos de la tierra. Papa, cebada, quinua y habas llenan las manos de cientos de familias, desde el puente Katari hasta el río Desaguadero.

La celebración tuvo ayer un punto de encuentro en Pillapi, una pequeña población a 20 kilómetros de Tiwanaku, sobre un inmenso valle dedicado a la producción de papa de la más extraordinaria calidad. Allí se llevó a cabo la Feria de la Papa, un acontecimiento que cada año congrega a productores de más de 20 comunidades del altiplano paceño.
Sus pobladores recuerdan que “pillapi” es el nombre que sus abuelos le pusieron al poblado en referencia a un pasto de hojas pequeñas que brota en la zona para alimento de sus vacas y ovejas. Tras estos largos meses de lluvias, las plantas de papa están listas para la cosecha, así que, manos a la obra.

Un simple recorrido por la feria permitió reconocer más de 15 variedades de papa de diversos tamaños y colores: papa isla, sani, wania, saq’ampaya, phiticall, phiño, blanco, imilla, suriwna, yacu, contuslaya, pala, fiño, vampcha y lisa son algunos de los tipos de papa de la zona.
Y, para marcar diferencia con sus pares de los valles cochabambinos, los agricultores del altiplano aseguran que estamos frente a papa producida bajo normas agroecológicas que respetan la tierra y las costumbres de sus ancestros.
Allí, los pobladores han logrado recuperar antiguas técnicas para defender sus cultivos de las inundaciones.

Los suka kollus, por ejemplo, fueron recuperados de las tradiciones orales como una forma de hacer frente a la inclemencia de la naturaleza. Extensos surcos logran acumular los excedentes de agua y mantener los sembradíos casi un metro por encima del suelo para evitar los anegamientos.
Un grupo de yapuchiris —una suerte de agrónomos comunitarios— ha recuperado variedades de papa que se habían perdido en las últimas décadas por la introducción de nuevas tecnologías. Un stand de la Unión de Asociaciones de Productores del Altiplano (Unapa) ofrece variedades raras, como la papa chirimoya, que efectivamente tiene la forma de una chirimoya, o la morada, del tamaño de una pelota de ping pong.

“Las papas nativas necesitan mucho cuidado, por las heladas y las sequías”, explica Rosa Germana Mamani, una yapuchiri de la comunidad de Taraco que ha llegado a Pallipi para exponer sus logros agrícolas con la papa phaquis, una especie que años atrás cultivaban sus abuelos.
En la feria se ofrecen productos no tradicionales que concitan la atención de propios y extraños. Las tortas hechas con harina de coca, quinua, cañawa y amaranto resultaron la mayor novedad. Heidi Quisbert explica que la repostería con productos tradicionales es todo un éxito.
“Hacemos panadería con base en productos ecológicos. No usamos ningún conservante ni colorante. Nuestros panes son saludables y nutritivos”, asegura Quisbert.

Ají de papa para los visitantes

Pillapi vistió sus mejores galas para recibir a más de un centenar de visitantes, comunarios y autoridades gubernamentales para la Feria de la Papa. Lo más llamativo fue el inmenso movimiento de estudiantes de secundaria y universitarios para resaltar con sus aportes esta magnífica celebración agrícola.
Graciela Arteaga tiene 16 años y asiste al cuarto curso de secundaria del Colegio Mariscal Andrés de Santa Cruz. Bajo el asesoramiento de un maestro de la escuela, tres mujeres y dos varones organizaron un grupo de cocina para el evento en Pillapi.

A las seis de la mañana comenzó la faena de pelar papas, arbejas, zanahorias, cebollas, ají amarillo pekaña y habas. El objetivo de la tarea era cocinar un ají de papas sencillo, sin carne. Para ello, usaron una olla de barro, gran cantidad de papa waycha paceña y gran entusiasmo. Valió la pena. Aunque el plato se vende en apenas 1,50 bolivianos, resultó un manjar para cualquier visitante. “La papa lo vuelve espesito”, dice Graciela mientras sirve la humeante porción.
Graciela vive con su familia en Rosapata, un poblado vecino de Pillapi. Sus padres y cinco hermanos se dedican a la siembra y cosecha de papa durante todo el año. Cinco hectáreas son suficientes para obtener papas de alta calidad, las que luego venden a rescatadores que llevan el producto a los mercados de la ciudad de La Paz.
De la misma forma que Pillapi, otras poblaciones, como Suriri, Hahuirapampa, Yanarico y Chambitaraco, también hacen girar su actividad económica y cultural en torno de la papa.

Los yapuchiris recuerdan que se viene la época de las heladas y el invierno. En previsión de ello, preparan una parte de la cosecha para producir chuño y tunta, fundamentales en la dieta comunitaria en un medio hostil por el frío y la sequía.

Marco Saturnino Quispe es uno de los mallkus que han llegado a la fiesta desde lejos. Viste un grueso poncho rojo ceñido por un látigo de cuero; lleva sombrero y un bastón de mando. Está contento, pues el año fue bueno por las lluvias que están permitiendo una excelente cosecha.
“Estamos celebrando la primera cosecha. Luego vendrá la producción de chuño y tunta. Y otra vez comenzaremos la siembra”, afirma mientras se reúne con sus pares para organizar el acto central de la feria.
Una inmensa wiphala flamea imponente al lado de la bandera boliviana. “Estamos orgullosos porque ahora podemos mostrar nuestros productos a los visitantes”, señala Quispe.
El director de Patrimonio Cultural del Viceministerio de Cultura, David Aruquipa, resalta que el encuentro “construye historias y es parte de todo un legado cultural de los pueblos originarios”.

“Con estos eventos nos reconocemos como pueblo y recobramos los valores y costumbres de nuestros abuelos”, señala.




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