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Turismo depredador, anacondas a gusto del cliente

(La Paz - La Razón)


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16 agencias de turismo ofrecen sus servicios en Rurrenabaque. Hay guías que atrapan caimanes y anacondas para mostrarlos a los visitantes. Demasiadas lanchas circulan por el río y las aspas de los motores dañan a tortugas y otros animales. Los delfines ya no quieren sacar la cabeza del agua. Nadie hace algo.

Gracias a Dios que la encontramos”, las gotas de sudor caen del rostro de Luis Ojopi, más conocido como Grillo. Quince minutos atrás, descubrió el cuerpo escamoso que se movía entre la tierra y corrió a tomarlo. La culebra se arrastró veloz e intentó escabullirse a su madriguera. Antes de que logre esconder su cuerpo, el guía la pisó y poco a poco la fue sacando del hueco en el que había empezado a meterse.

“Hubiera sido una pena que se vayan sin verla”. La transpiración que baja en hilera desde su frente es producto del calor que gobierna en la selva de Santa Rosa. También es por el esfuerzo de tirar de la serpiente hasta lograr tener su cabeza en la mano izquierda. Con la derecha empieza a explicar a los turistas el lugar en el que la “anaconda cobra, con un 70 por ciento de veneno”, lleva los colmillos. Como el reptil tiene la boca abierta, el guía toma un pequeño palo y señala a los turistas las encías que guardan el líquido letal para el atacante.

Los dos metros y medio de la anaconda lucen inofensivos en sus manos. Después de la explicación, el Grillo empieza, cual actor, a posar para las cámaras fotográficas. La anaconda cobra no puede escapar del espectáculo.

La Perla Turística

Rurrenabaque se promociona con un lema: la Perla Turística del Beni. Según datos de Conservación Internacional, el año 2000 ese sitio fue visitado por 13.395 personas. Fue, entonces, el segundo con mayor afluencia del país.

En el pueblo laten 14 calles que se cruzan entre sí formando manzanos recorridos por motocicletas, uno de los más importantes medios de transporte. Sobre la calle Abaroa se levantan 10 agencias de viajes. Luis trabaja en Indígena.

Letreros en inglés y español, paredes pintadas con los colores de la selva y guías sonrientes son los denominadores comunes en estas empresas, que ahora, por la llegada de un mayor número de turistas, ya suman 16. Antes, en 1997 eran sólo cinco y hace 17 años sólo había una, Fluvial.

“Los guías fueron espectaculares... tuvimos el mejor tiempo de nuestras vidas”, es parte de una carta de recomendación que dejó Nick, de Inglaterra, en la pared de la agencia Indígena. Como ésta, 51 notas intentan atrapar a los posibles clientes que se asoman a las oficinas turísticas.

Las atracciones que ofrece Rurrenabaque se pueden sintetizar en las llamadas pampas y selvas. Se reconoce como selvas al Parque Nacional Madidi, mientras que las pampas se encuentran en una región ganadera de Santa Rosa. “Entre las dos opciones, yo creo que la gente prefiere ir a las pampas”, comenta Óscar Loayza, director

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del Parque Nacional Madidi. Esto se debe a una razón, la relación con la naturaleza es mayor en Santa Rosa y no existe un control turístico del área.

El monto que las agencias cobran por la visita a las pampas oscila entre los 20 y 25 dólares por día. El dinero incluye el traslado en jeep y lancha, además del desa- yuno, almuerzo y cena por jornada, y la explicación de los guías.

Si la fortuna acompaña a los guías y consiguen complacer a sus clientes, éstos les dan una propina por sus servicios. Este dinero se suma a los 40 bolivianos, promedio, que diariamente les pagan en las agencias a sus trabajadores.

Un tal Negro Gil

Hace más de 10 años que Luis camina por la selva de Santa Rosa. En un principio era cocinero hasta que después se convirtió en guía. Antes trabajaba con el Negro Gil. “Es un hombrazo el Negro”, dice Félix López, apodado el Gato, con la vista puesta en la polvorienta carretera. Trabaja como chofer en las rutas del oriente.

Hace cinco años, cuando el Negro realizaba un viaje hacia las pampas, en el río Yacuma recibió un pedido de turistas israelíes. Querían tocar a un caimán. El guía ya lo había hecho antes y para él era sólo cuestión de trabajo. Se acercó a la orilla y, cual si fuera un cowboy, lanzó una cuerda apuntando a la boca del animal. Pudo enlazarlo y sólo le faltaba ir a tomarlo. Luis bajó de la canoa junto al Negro. Se acercaron a la presa. Entonces, el guía pretendió asegurarle la boca. Los afilados dientes del reptil buscaron la mano invasora que se alejó veloz. Pero, en un segundo intento, el animal no falló y atrapó una parte de su objetivo inicial.

“Luis mató a palos al caimán”, cuenta el Gato mientras la mirada se mantiene firme sobre el volante. “Momento amigo, momento amigo”, repetían los israelitas; sin embargo, Luis estaba preocupado por su compañero. Las cámaras tenían muchos disparos que realizar. Mientras el animal agonizaba, el dedo índice de la mano derecha del Negro estaba en la tierra.

El recuerdo entristece al Grillo. Cuenta que cuando el guía fue a Reyes, no pudieron coserle el dedo y, al llegar a Rurrenabaque, el dueño de la agencia Fluvial levantó los hombros en señal de impotencia ante la desgracia. Según Luis, le habría dicho que él no lo envió a atrapar animales, sólo a guiar turistas. Desde entonces, el Negro dejó la empresa. Con nueve dedos en las manos, el guía continúa con el mismo oficio, pero de manera independiente.

“Es una pena cómo tratan a los animales en Rurrenabaque. Creo que obligar a un animal a hacer cosas que no suele hacer está mal. Cualquier animal, al ser tomado por humanos, sufre estrés y esto produce una baja en sus defensas. Tal vez para algunos está bien, eso se llama desarrollo sostenible, pero para nosotros está mal”, asegura la directora de Animales SOS, Susana Carpio Ormachea.

ESCAPE recibió denuncias sobre depredación turística en Beni.

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Algunos visitantes extranjeros retornan de ese viaje asustados por la forma en que se trata a los animales. La revista estuvo en el lugar y lo comprobó en la agencia Indígena. Si bien los testimonios incluyen a otras agencias más, este medio no pudo hacer el recorrido con cada una de las 16 agencias para comprobar cuántas de éstas maltratan a los animales.

Y Dios creó a los animales...

“Una vez vi en Santa Ana de Yacuma cómo jugaban fútbol americano con un pequeño chanchito”, cuenta David Kopp, al recordar la diversión de conscriptos a punto de licenciarse. “Para todo el pueblo era una fiesta”.

Para ir a las pampas de Santa Rosa es necesario pasar por Santa Ana de Yacuma. Rurrenabaque se encuentra a una hora de distancia en jeep. Con respecto al juego de los militares, don Mario, un vecino de la Perla Turística, comenta: “Eso ya es parte de la tradición”. Como también es costumbre, para los visitantes, comprar cabezas disecadas de animales, llaveros de patas de lagartos o colmillos de tigres como adornos para sus casas.

Santa Rosa, paso obligado hacia las pampas, tiene un impuesto para sus visitantes: 20 bolivianos para nacionales y 40 para extranjeros. El objetivo supuesto del cobro es destinar el dinero a la vigilancia y control del lugar.

A 10 minutos del retén de esos cobros se encuentra el puerto de lanchas para enrumbarse al río Yacuma. Sobre las aguas cafés, en compañía de 10 turistas, cada bote empieza su aventura con la vida silvestre como marco de una fotografía totalmente inolvidable.

Cuando el motor de las embarcaciones empieza a funcionar, las miradas de los caimanes y cocodrilos siguen a los humanos. Los reptiles reciben los rayos del sol en su escamoso cuero. Las tortugas suben encima de troncos caídos en el agua para colocarse unas detrás de otras en fila. En las orillas hay algunas. “Las tortugas van a morir a las orillas”, cuenta Luis. Explica que el Yacuma tiene una profundidad cercana al metro y medio. Cuando pasa una lancha —y las hay muchas a cada instante— las aspas del motor dañan a los animales por muy duro que sea su caparazón.

Las aves bajan y suben del río. El Martín Pescador busca sus presas con agilidad. El Águila de Monte mira el paisaje y encorva su cuerpo. Las aves del Paraíso se enredan en los árboles al sentir la presencia de humanos. Son pájaros a los que el hombre inquieta mucho, más si por algún motivo éste pretende acercárseles.

Quienes sí son amistosos son los monos. Éstos, al oír el ruido del motor, bajan a las orillas y con sus ojos inquietos parecen pedir comida a los turistas. Algunos los alimentan, pero otros no conformes con ello se los llevan como recuerdo. Son animales dóciles.

Parado encima de su bote, Jairo observa cómo sus clientes se entretienen con los monos. “Cómo vas a permitir eso”, le reclama Geneveve Guay, una guía canadiense. Pero él se limita a responder:

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“Ellos me pidieron”.

Geneveve es una guía diferente. “Estoy muy en contra de cómo tratan a los animales. Hay turistas que piden sacarse fotos con cocodrilos y, por complacerlos, se los molesta. También supe de gente que caza animales”, dice molesta la canadiense y señala una parte del río con unas palabras: “Eso es una barbaridad”.

Para los ojos claros de Geneveve la “barbaridad” está representada por turistas que se bañan en un sector del río en el que antes vivían los delfines. Las aguas cafés, contaminadas por un rojizo aceite del motor de la lancha, ya no son un sitio ideal para estos animales. “Antes había hartos delfines, ahora no”, recuerda el Gato Félix. Cuando él busca una razón de esta escasez, Geneveve tiene la respuesta: “Por ellos (los turistas), ya no salen los delfines”.

Cuando el motor del bote calla su ronquido, luego de un par de horas desde el puerto, las cabañas se convierten en el hogar de los turistas. A la mañana siguiente se les explica que irán en busca de la anaconda. Es la promoción principal de agencias de viaje como Indígena y allí, en la selva, los guías están para satisfacer a los clientes.

Antes de encerrarse en los sobres de las camas, los visitantes navegan en la noche por el Yacuma. Iluminan con linternas los ojos amarillos de los cocodrilos. El cielo deja ver su paisaje de estrellas. Los animales huyen despacio de la luz artificial que busca sus ojos.

En la aurora del día siguiente, el sonido de los monos, como fuertes ronquidos, parece indicar que la jornada de la búsqueda de la anaconda ha llegado a su fin.

Los guías piden a los turistas que se coloquen botas de goma “para evitar la mordida de uno de estos animales”. Sin embargo, este ataque no suele ocurrir.

Caminar dos horas por una selva estrecha, con árboles de más de 10 metros de altura, con avispas que cuidan sus terrenos ferozmente y el sol castigando desde el cielo es el precio por ir detrás de la anaconda. Luis y Jairo caminan, sin botas, por los riachuelos que se forman en la selva. Con un palo quitan las ramas para no dejar resquicios a la serpiente.

El sudor resbala por los rostros cansados. El animal que se desliza suavemente por la tierra parece invisible para los guías.

A la vuelta, cuando los turistas están rendidos, Luis Ojopi, el Grillo, logra su propósito de satisfacer a los exigentes clientes.

La vuelta a casa

Quieta. La anaconda permanece echada con la panza raspando el piso. El Grillo la dejó en el suelo. A su alrededor, las cámaras descansan. Su madriguera está ahí, pero la anaconda parece desubicada. El Grillo le mueve un poco la cola para provocar algún movimiento. Nada ocurre. Desconcertada, la serpiente apenas levanta un poco la cabeza. Luego se arrastra, gira y se enrosca. Lentamente se orienta y va hacia un hueco de la tierra. Allí es su hogar. La luz dejó de ser un sinónimo de libertad.

 

 

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