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Las ruinas de Tiwanaku cuentan su esplendor

(La Paz - La Razón)


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La civilización tiwanakota desarrolló nuevas tecnologías en la agricultura, la medicina y la arquitectura. Dos arqueólogos y un historiador hacen un viaje imaginario en el tiempo.

Es el año 814 después de Cristo. En Europa, tras 47 años de reinado, Carlomagno, el rey más influyente de Europa durante la edad media, fallece a los 72 años, mientras en Asia las caballerías bárbaras nómadas amenazan con destruir a las dinastías chinas.

Y en un mundo aún no descubierto por los países dominantes —en lo que hoy se conoce como el continente americano— un imperio llega a su esplendor. Tiwanaku, "La Tierra de en Medio", desarrolla una cultura agrícola, textil, arquitectónica, astronómica y medicinal que sorprendería incluso 13 siglos después.
Sus dominios se extienden al sur, hasta Arica, y parte del Perú, al norte. Sus comunidades están interconectadas por un sistema moderno de caminos que, siglos más tarde, serán utilizados por los incas y, posteriormente, por sus conquistadores: los españoles.
Ubicado en la altiplanicie, protegido por cordilleras y alimentado por las aguas del Titicaca, Tiwanaku, el centro espiritual y cultural de los Andes, cuenta con más de 200.000 habitantes que ocupan 420 hectáreas que se dividen en cuatro zonas o suyos.

El clima es agradable, y el paisaje está dominado por arbustos de tres a cuatro metros de alto que se alzan en medio de una vegetación mucho más variada que la que hoy, en el siglo XX, se observa en esta zona altiplánica, la cual contrasta con el azul del lago Titicaca, que circunda las comunidades.

El día comienza muy temprano. Antes de que el sol domine el horizonte, el desayuno está preparado. Infusiones de hojas de coca y wiracoa, acompañada de un par de papas hervidas, basta para que los habitantes emprendan la nueva jornada, dominada por las actividades agrícolas.
La agricultura tiwanakota de este tiempo, siglos después, es un ejemplo

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a seguir en la región andina. Sus nuevas tecnologías revolucionan todo lo que se conoce sobre el uso de la tierra. Basados en sus conocimientos astronómicos, como la observación de las constelaciones y los ciclos solares, que les da un control pleno de los ciclos agrícolas, los agricultores de Tierra de en Medio construyen sistemas de terrazas y camellones (Suka kollos) para crear un microclima apto para el cultivo de sus productos.

Al dirigirse a los fértiles campos, los comunarios no pueden evitar el dirigir una respetuosa mirada hacia el centro ceremonial, donde se alza imponente el templo mayor, la pirámide de Akapana. La montaña sagrada, de 18 metros de alto y 180 metros de superficie, cuenta con siete terrazas y en la parte superior se halla un templo ceremonial donde los sacerdotes realizan los sacrificios humanos.

Lo espiritual es lo más importante en la vida de los tiwanakotas. Son muy pocas las actividades que realizan sin antes visitar los templos y templetes subterráneos del complejo ceremonial de Tiwanaku, donde peregrinan gentes, no sólo de la región altiplánica, sino también de más allá de sus fronteras.

Los visitantes, que llegan por vez primera, quedan sorprendidos ante la magnificencia de la arquitectura de la urbe, en especial con el Putuni, el palacio de los cuartos multicolores. La estructura está finamente construida con inmensas piedras y adobe. Cada una de sus habitaciones están pintadas con una diversidad de colores, entre los que destacan el verde y el añil. La arquitectura tiwanakota no fue entendida, en el siglo XIX, por el francés Castelnau y sus seguidores quienes concluyeron que Tiwanaku fue construido por una raza, ya extinta, de origen egipcio.

Éstos llegaron a decir que los "imbéciles indios aymaras no pueden ser descendientes de éstos 'hábiles' constructores". Sin embargo, los arquitectos tiwanakotas del año 814 d.C. están orgullosos

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de ser la primera civilización en mezoamérica en utilizar figuras geométricas como el cubo, el cuadrado y la implementación de construcciones escalonadas en su planificación urbana.
Pero no es un trabajo sencillo, requiere de un trabajo comunitario y de largo aliento. Así, mientras los ingenieros calculan las inclinaciones de los muros, y con una excelente técnica urbanística crean redes superficiales y subterráneas de canales para eliminar las aguas pluviales y servidas, los picapedreros cantean piedras; los metalurgistas fabrican planchas para los bajorrelieves iconográficos, logrando cubrir portadas de monumentos con metales áureos, que centellean bajo el sol.

Los foráneos llegan cargados de ofrendas como vasijas, pescados y chicha para depositarlos en los edificios públicos de Pumapunku y Kalasasaya, que están circundadas por gigantes muros de más de 20 metros de alto.
Con cierta envidia, los peregrinos admiran las nuevas tendencias de la moda tiwanakota. Y es que recientemente la indumentaria sufrió una mejora que está revolucionando la vestimenta andina. El tejido adquirió una estructura iconográfica y decorativa dominada por cuatro colores: blanco, negro, rojo y anaranjado. Hombres y mujeres lucen orgullosos sus túnicas que llegan hasta las rodillas y que son amarradas en la cintura por una waca (faja) de trenzado plano.

Todos los habitantes de Tiwanaku llevan adornos labrados en oro. Sin embargo, la última moda, medallas en forma de disco, cuelgan de sus cuellos junto a ganchos y agujetas de cobre.
Hace mucho que los líderes de las comunidades ordenaron que se enrolle con tablillas la cabeza de los recién nacidos, para deformar los cráneos intencionalmente. Según la creencia, los de cabeza grande y redonda son muy desobedientes y a las divinidades les interesa que la gente tenga una cabeza larga y sea quebrada de frente para que sean obedientes y sanos.

Es precisamente

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la salud lo que preocupa a los médicos andinos. Acaban de descubrir que el cataplasma de barro negro funciona como un efectivo atibiótico, lo que luego sería confirmado por la medicina del siglo XX.
Pero existe un método aún más innovador. La trepanación del cerebro, como fin terapéutico, es la cirugía más efectiva para curar los traumatismos cráneo-encefálicos de los guerreros.

Entre los instrumentos quirúrgicos de los sabios del altiplano están los tumis, cuchillos formados por una aleación de cobre y plata. Claro, aún no se conoce la anestesia, pero las incisiones cicatrizan relativamente rápido con el uso de la cal. Además, las hojas de la willca y la coca son usadas exitosamente para combatir los dolores físicos.

En Tiwanaku no hay empresas de bienes raíces, pues el concepto de propiedad privada no existe. Las familias cuentan con casas propias que están distribuidas en barrios con patios comunitarios. Tampoco existe diferencias entre hombres y mujeres: ambos cumplen las mismas tareas, tanto en el trabajo agrícola y artesanal como en las decisiones sobre los asuntos de Estado.

Por la tarde, los niños y jóvenes juegan en las orillas del lago sagrado, practicando su puntería con las lanzas y su precisión en el manejo de la flecha. Pero no todo es diversión. Ellos aprenden por medio de la imitación los oficios de sus padres y los conocimientos de su sociedad en agricultura, astronomía y cultura que pasa de generación en generación.
Cae la noche y el viento trae las melodías de instrumentos de viento elaborados en arcilla, huesos de llama y de cóndor.

Dentro de unos siglos Tiwanaku quedará vacía, dejando a estelas y monumentos como únicos testigos de una de las civilizaciones más prósperas e influyentes del continente americano. Con datos de los antropólogos Carlos Ponce y Claudia Rivera; el historiador Fernando Huanacuni y publicaciones del Viceministerio de Cultura.

 

 

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