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Detectando tránsfugas II
Rafael Archondo*
Han
pasado 15 días, y ya quiero refutarme. Y es que
la vida reflexiva está hecha de pasos en falso,
pero también de sanas rectificaciones. Escribía
aquí dos semanas atrás: Tránsfuga
es quien habiendo sido elegido para un cargo en las
nóminas de un partido, se afilia a otro mientras
dura su gestión. Cinco días después,
el diputado Manuel Suárez definía: Tránsfuga
es el parlamentario que abandona su partido sin renunciar
al curul (La Prensa, 4-5-02).
Aquí
no hay diferencias de fondo. Para ambos criterios, lo
reprobable es idéntico: cambiar de partido, pero
preservarse en el cargo. En rigor, la única discrepancia
visible va como saldo aparente en mi contra. Me sigue
pareciendo que cometer transfugio al final del mandato,
cuando ya corre la elección para renovar al Parlamento,
es una infracción menor, que si bien distorsiona
la representación por unas sesiones congresales,
no amerita armar un escándalo de vestiduras desgarradas.
Suárez en cambio exige la renuncia inmediata
de los infractores y Verónica Ormachea está
en su derecho de aplaudírselo (La Razón,
9-5-02).
Pues,
resulta que analizados los argumentos en juego, me retracto
aquí y ahora. No porque no quiera coincidir con
Suárez y Ormachea, sino porque sospecho que el
criterio de partida es errado. Detrás de nuestras
definiciones merodea la triste idea de que la representación
es propiedad del partido, no del elector y menos de
la persona que ejerce el mandato.
Suárez
parte de esa premisa cuando escribe: Nada de que
renuncias a tu compromiso con el elector, pero que te
llevas el cargo contigo. De acuerdo, pero ¿si
Valda o Encinas renunciasen, le devolverían la
pega al elector? No señor, se lo entregarían
al MIR. Ahí está justamente el yerro.
Cuando Suárez reclama: Dile a tu pueblo
que le devuelves la pega que te dio, olvida que
el parlamentario que deja partido y curul, no está
en condiciones de retornarle el cargo al ciudadano que
votó por él, porque para eso tendría
que convocarse a una elección específica
para ese escaño, lo cual no está previsto
en la legislación.
Vamos
ahora a mi segundo motivo de retractación. En
ocasiones, cada vez más numerosas, los electores
han votado por personas y no por los partidos que les
sirvieron de cobijo. Por eso sonó impertinente
cuando el MBL pidió que Juan del Granado le devolviera
el escaño uninominal que él se ganó
a pulso en 1997. En ese y en otros casos, resulta evidente
que es el candidato el que encumbra al partido y no
al revés. Mal haríamos entonces en creer
que la devolución del cargo a una sigla es la
medida más justa.
Dicho
esto, quizás la mejor forma de encarar el asunto
sea siendo consecuentes a fondo con la visión
del diputado Suárez.
Ya
que estamos de acuerdo en que el cargo es propiedad
del elector, entonces, cuando el representante y la
organización que lo patrocinó sueltan
amarras, lo recomendable sería organizar nuevas
elecciones específicas y localizadas para ese
escaño. En vista de que esta solución
sólo puede aplicarse a los puestos uninominales,
para senadores y pluris podría acudirse a un
referéndum departamental. Pero, al margen de
todo y en confianza, ¿no es un despilfarro de
energías hacer tanta alharaca por unos parlamentarios
que mudan de partido a dos meses de que el pueblo decida
si se van o se quedan?
*Rafael
Archondo es periodista.
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