La Anata se vive en el país con matices diferentes
Carnaval 2004 - Lunes, 16 / Feb / 2004
(La Paz - La Razón)
No de uno sino de varios carnavales hay que hablar en el caso boliviano. Y si bien el más conocido es el de Oruro, declarado Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, en el área rural o en algunas ciudades pequeñas hay vetas aún inexploradas que hablan de la inmensa riqueza nacional vinculada con la danza y la música.
Los antropólogos distinguen la celebración del Carnaval —más ligada a las costumbres europeas y, por tanto, centrada de manera particular en las ciudades— de la Anata. Esta última es una fiesta ritual prehispánica vinculada con la fertilidad, la naturaleza y el ciclo agrícola.
El investigador David Mendoza —director del museo Tambo Quirquincho— explica que la Anata es el tiempo en que se mira cómo crece la cosecha. En las comunidades se saca una muestra de papa, por ejemplo, para controlar su calidad. También se marca a los animales pequeños, pues el próximo año se verá si han tenido cría, si han muerto o se han perdido.
La Anata comienza el 2 de febrero. Una serie de rituales se cumple. La ch'alla es una de las más importantes, pues la relación de gratitud del hombre con la naturaleza —la Pachamama— se traducirá en ofrendas y fiesta.
La Anata —que como se aprecia está mimetizada en el Carnaval citadino y la ch'alla es una de sus manifestaciones— es el tiempo en que se exalta lo femenino. La mujer, como expresión de la fertilidad, es el centro de esta fiesta. Por eso, los instrumentos musicales que se tocan son femeninos: la tarq'a, el mohoceño y los pinkillos son considerados femeninos y con ellos se hacen huayños propios de la época.
Carnaval o Anata, Anata o Carnaval. En Bolivia hay cientos de ejemplos sobre la forma de celebrar, cada uno con su especificidad y su atractivo. Algunos casos son los que siguen.
En Cotagaita, al sur, cerca de la frontera con Argentina, la gente baila y canta al compás de las guitarras, charangos y tarq'as. Hoy, algunos se disfrazan. Las que abundan son las parejas que, con ramas de albahaca en las manos, dan vueltas por la plaza, cantando nuevas coplas alusivas a la fiesta y sátiras contra los políticos.
En Tupiza, otra ciudad al sur de Potosí, el Carnaval se caracteriza por el baile de las pandillas (comparsas) al ritmo de la Anata (aquí se conoce con este nombre al conjunto musical de tarq'as y bombos). Desde el jueves de compadres hasta el domingo de tentación, el intercambio de frutas y visitas va en aumento y las noches de guitarreadas son frecuentes. Mucho más cuando llega algún forastero.
En Uyuni, al oeste del departamento de Potosí, la competencia es entre las comparsas. Cada una se empeña en presentar los disfraces más originales, al igual que las canciones. A pesar del frío, el juego con agua es intenso. Cada noche culmina con fiestas en los locales de las fraternidades.
En la capital potosina y otras zonas mineras, se mantiene la tradición de ingresar al socavón el sábado de Carnaval. Se traslada al Tata Kajcho (santo de los mineros) a la Iglesia. La tradición dice que la imagen no debe ver todas las diabluras que hará el Tío en la tierra. Ese mismo día se sacrifica, dentro de la mina, una llama blanca y se riega su sangre en las paredes para que la veta no se acabe.
En Sucre y la población de Yotala (Chuquisaca) el Carnaval se viste de antaño. Al igual que en la Colonia, los jóvenes usan trajes largos y mantillas de seda, pasean por la plaza y arrojan a los galanes cascarones de huevo con agua en su interior.
Pero lo mejor del Carnaval regional se celebra el 12 de marzo. Es el Phujllay (juego) y comienza con la celebración de la misa en quechua. Continúa con la entrada de grupos de bailarines a la plaza y la elección de la ñusta o virgen de la ceremonia ritual de la pucara (altar de comida, símbolo mágico y religioso). Terminada con una danza ritual en torno a la pucara y, luego de beber chicha y degustar platos de comida típica picante, los campesinos montan sus caballos y se alejan cantando.
Al norte de La Paz, en la población de Tumupasa (provincia de Larecaja), los indígenas salen del bosque para bailar durante 15 días consecutivos. Las tamborillas y los instrumentos de viento no dejan de sonar en la plaza principal. Hasta ahí los araona, mojeños, chimanes, chamas hacen escuchar sus nuevas composiciones. Visten apenas unas cuantas plumas y adornos elaborados por ellos mismos.
En Reyes (Beni), el Carnaval se caracteriza por el juego con excremento de vaca y la elaboración de chicha de maíz y saliva. Los taquiraris y las chovenas son la música más bailada.
La fiesta tarijeña de Camargo o del membrillo se abre con una cueca. Al cabo, una persona echa las frutas al piso y las parejas deben recogerlas. Se forman dos hileras, según los sexos, y comienza la batalla a membrillazos dirigidos a los muslos. Mientras tanto, el baile no cesa.
En Cobija (Pando), el corso se realiza el sábado por la tarde. Es similar al de Santa Cruz. Más de una veintena de comparsas desfila en torno a los carros alegóricos. La reina preside el baile que incluye ritmos nacionales y algunos brasileños.
El lunes anterior a la ch'alla, en la localidad orureña de Poopó (a hora y media de la capital), se realizan múltiples fiestas con bandas. Éstas son una tradición que exporta el pueblo.
En el santuario de Quillacas, (provincia García Mendoza), la gente baila con una bolsita de sal atada a la cintura y ramas de quinua en la mano. Con ésta se golpea en las cabezas de los demás para que los granos caigan en forma de mixtura.
Mozos y mozas del Chapare (Cochabamba) bailan al son de mandolinas, guitarras y charangos. Se intercambian provocativos contrapuntos.