Entre abejas y jalea, los retratos del Mojos productivo
Economía - Martes, 25 / Oct / 2005
(La Paz - La Razón)
Ganas de superación, lucha y esperanza son indispensables en la vida cotidiana de los habitantes de las comunidades benianas.
La vida de ama de casa no es lo suyo. El humo del café sube hasta su piel morena y revienta en el paisaje mojeño. Ella mueve la cucharilla haciendo ronronear el azúcar en el fondo de la taza. Luego sonríe, como despertando a los grillos que en el monte cantan por la noche. Da un suspiro. Edith Amblo sabe que la vida de ama de casa no es lo suyo. Por eso cuenta su historia.
Pupilas de 37 años. Primero se ponen tímidas, pero luego sueltan palabras en aluvión. Como presidenta de la Organización de Mujeres de la Subcentral del TIM (Territorio Indígena Multiétnico) de Mojos, en Beni, Edith guarda un sinfín de relatos en la alforja.
“Hemos empezado con 20 ovejas de pelo con el proyecto de Cipca”, explica en el jardín del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca). La oveja de pelo apareció como una opción rentable a la ganadería. A pesar del conflicto entre los ganaderos y los comunarios de los Territorios Comunitarios de Origen (TCO), la producción alternativa está dando sus frutos sin que se descuide la defensa del problema de la tierra.
“La carne de la oveja de pelo es muy linda, nuestros esposos ya no van a cazar”, saborea Edith. Un tigrecillo se comió varias de sus ovejas, pero eso no le desanima, pues está acostumbrada a los desafíos. Ya una vez les quemaron la sede en la comunidad Santa Ana de Museruma, que recibió varias amenazas y balazos. Ella, en vez de responder, prefiere trabajar sus cabezas. “Hay que cuidar el potrero y su casita, darles el desparasitante a la fecha y pinchar cuando tienen diarrea”.
Para Edith no fue fácil sobresalir. No le bastaba casarse y cuidar a los niños. “No querían que vaya a hablar y a representar, pero yo siempre me tiraba una escapada”.
“Tenía unos 27 años cuando vi que era injusto que los esposos manejen a las señoras a su manera. Ellas no salían y no podían expresarse con otras personas. En cambio, cuando yo llegaba, saludaba, abrazaba y charlaba. Mi esposo, por eso, incluso me pegaba. Pero yo me salía a escondidas cuando en la parroquia nos querían capacitar. Acudía a la reunión para aprender contabilidad. Le decía a mi marido 'voy a hacer compras' e iba con el bollo de hijos”.
“Un día se enteró mi marido. Fue a la parroquia a recogerme, pero yo tenía que asistir a un curso de salud. Él me dijo: 'Si vas y participás, no volvés más'. En la noche me salí con mis hijas bajo la lluvia y le dije: 'Yo voy'. Así le hice notar que era algo necesario y él terminó capacitándose en la parroquia”.
“Ahora él entiende y hasta mi suegro, que me llevaba la contra, me agradece porque
tuve la decisión de sobresalir y conocer, pues vio cómo yo asistía a las audiencias por las tierras y me expresaba”.
Edith comparte el café con Leyda Gonzales Guarena, también de Santa Ana de Moseruma. “Soy promotora pecuaria. Hace cinco años se inició este proyecto también con apoyo de Cipca. Me gustó aprender a vacunar las gallinas, las ovejas y las vacas. Tengo ocho hijos, pero sólo vivo con cuatro”.
Ella tiene 37 años, le encanta el trabajo en Cipca, donde está un año y medio. Ha dejado su comunidad para trabajar en San Ignacio de Mojos y desde allí salir con el proyecto a vacunar y capacitar a otras familias de la zona. “Más aprendo yo con ellos. Estoy contenta. Me gusta mucho este trabajo; desde que empecé nunca paré”.
“Al principio quisimos criar las ovejas por bonitas. No conocíamos. Seis familias aceptamos. Solicitamos 20 y en un año tuvimos 80. Luego las dividimos y cada uno cuida lo suyo. Yo tengo unas 30 ovejas. Se venden paraditas, a 250 una de un año. El kilo nos sale a nueve bolivianos, las vendemos también carneaditas”, dice Leyda.
Abejas, peces y chocolate
Manuel Rosel (65 años) es de la comunidad El Buri, a seis leguas de San Ignacio de Mojos. Junto a su hijo trabaja con las ereretuses, abejas no africanizadas, produciendo una miel especial. “Aquí vivo desde el 42. Antes vivía del ganado. Ahora se cultiva también el arroz, maíz, plátano, caña, chocolate y café”.
En la comunidad viven 15 familias. Entre la gente está Wilson Rosel Maldonado, un trabajador de 30 años que lleva dos dedicados a las abejas. “Hemos sacado un producto con 14 cajas, con dos litros por caja cada dos o tres meses”.
Se apuntó cuando escuchó del proyecto en Cipca, que le proporcionó las cajas. “Ahora ando fijándome que no haya hormigas, que son ladronas, y corren a las abejas”.
Para trabajar sólo llevó la caja al monte y en la noche atrapó a la reina. El resto es más sencillo. “Se necesita de cinta para que no se entren los bichos. Nunca había trabajado con las abejas. De día muerden un poco y agarran el pelo, pero de noche no molestan”.
Además, cultiva cacao y café. “Nosotros sembramos de todo para los hijos. La mara es para cuando esté viejito y ellos ya tengan”.
Wilson, además cría algunos patos, gallinas y tiene una poza con 600 alevines, que vienen de Hoyam.
Hoyam es un centro de capacitación en piscicultura en el que se trabaja en la producción de alevines de peces, como el pacú o el tambaquí, con 8 a 12 kilogramos de peso. Para este fin, cuenta con laboratorios y pozas para los reproductores, explica con detalle Jordi Pascual, director de Hoyam.
Para la reproducción se instala a los alevines en pozas de 15 metros de área, con dos
y medio de profundidad. Allí se debe esperar un año a que el pez deje de estar estresado y pueda reproducirse.
En septiembre y octubre, a los peces les crecen las gónadas y presentan una ovulación normal, sin embargo las hembras retienen los huevos, pues necesitan el estímulo de la corriente. Luego de evaluar la maduración del poro genital del macho, se saca una muestra de los huevos de la hembra. El macho debe tener un semen que sea espeso.
Finalmente, se seleccionan dos machos por hembra y se llevan al laboratorio para la inducción hormonal. Cuando el macho empiece con los ronquidos, la hembra soltará todos los huevos en un circuito cerrado de agua, quedando éstos luego acumulados en cuatro incubadoras con agua filtrada.
Así, se producen entre 100 mil y hasta medio millón de huevos.
Para que los comunarios puedan trabajar con los alevines, deben tener agua clara, desinfectada y no demasiado verde. Se debe fertilizar con estiércol de vaca cinco días antes, cosa que la larva de las libélulas no deprede a los alevines. Asimismo, se recomienda tener 20 peces por cada 100 metros.
La producción masiva también involucra a las plantas. A sus 42 años, Roberto Temo Yaca ostenta sus plantines de chocolate, trabajo en el que empezó hace tres años en la comunidad de Bermejo. “En el mes de mayo ya planté la semilla en las bolsas. Ahora tengo unas 1.300 plantas de mandarina y naranja, 8.500 de chocolate y al otro lado estoy haciendo 18.000. Los plantines los compra Cipca, que paga un boliviano por unidad.
Aparte, Roberto tiene sus plantas de chocolate, cítricos y mara para los hijos, para dejarles algo. “Yo no soy profesional, así que quiero dejarles siquiera eso a ellos”.
Héctor Bejarano, 25 años, en cambio, pensó en su padre. “Le dije que siembre, intentamos y llevamos ya tres años cosechando. Las plantas han tenido frutos y hemos vendido bien. Ahora que mi padre ya está en la tercera edad ya puede vivir de esto, puede cosechar mandarina, café... Un poco peleando con los animales del monte, pero puede”, resume al partir un fruto.
La Feria de Productos Mojeños
La sonrisa no se le apaga. Maggi Marupa luce el encanto de sus 27 años en su puesto en la Tercera Feria de Productos Mojeños, que se realizó en San Ignacio de Mojos, donde las distintas comunidades practican un arte aún un tanto desconocido para ellas: el comercio.
Ella elabora el empanizado. Para eso siembra la caña, la muele, la cuela, hierve el caldo al horno y deja calentando al sol. La suciedad, la cachaza, se bota. Y cuando ya está consistente se vende a cuatro bolivianos. Llevó 400 para vender y le quedan ya poquitos en su puesto.
Mientras, Lucila Jare, de 48 años y de la comunidad
Chanta, vende una mermelada de naranjas dulces y agrias que obtiene a base de miel de caña y naranjas del monte. “Se sancocha, se cambia el agua y sale todo lo amargo. Vendo a dos bolivianos el vaso y el kilo a 10”.
Su comunidad, donde viven 22 familias de la agricultura, está a unos 15 kilómetros de San Ignacio.
En cambio, María Rosario Canavi (30) trabaja en la artesanía. Confecciona servilletas junto a otras trabajadoras del hogar que realizan distintos tejidos, hilados y bordados.
Ella espera ganar algún premio, pues la feria premia el esfuerzo de estos trabajadores y Cipca los transporta desde sus comunidades hasta el campo ferial. María Rosario tiene posibilidades, pues junto a sus compañeras confecciona prendas y les pone su propio precio. Las ofrece también en la sede del Sindicato de Trabajadoras, y todo gracias a lo que pudieron aprender con la capacitación.
Delina Ibáñez (29), por su parte, apuesta por la piscicultura. Llevó 30 piezas ayer y las vendió toditas. Para la jornada, tiene 25 pacús de Villa Esperanza, a 25 kilómetros de Trinidad. Los ofrecerá cocidos.
La artesanía, mientras, es el fuerte de la comunidad de Argentina. Felicidad Pérez vende máscaras de madera a 50 bolivianos, y las canastas y floreros se despachan a 15. En su puesto exhibe desde una quijada de chancho en barniz hasta floreros de tutuma y semillas.
De Puerto San Borja, a unos 25 kilómetros de San Ignacio, llegó Pedro Yuvanure (32) con la jalea.
Trajo una latada de 16 kilos y le queda muy poco, pues con destreza saca la jalea, la retuerce en un palito y la vende a 50 centavos. También trasladó chivé, caña, plátano y camote. “Vine junto a mi esposa, Genara Noca. Somos 43 familias que trabajamos en el chaco. Empezamos a las 6.00 y no vuelvo a mi casa cuando toca sembrar”.
La lucha por la tierra le ha pegado duro: un ganadero no sólo invadió sus tierras, sino que profanó su cementerio. “Él vino a unos 500 metros del pueblo, tumbó las cruces y metió todo su ganado. Las mujeres mayores lloraban”. Pero como para no dejar que la tristeza regrese de nuevo, le anuncian que su jalea ganó uno de los premios.
Edith, siendo hoy uno de los jurados, sabe lo que se siente: ya le han quemado una casa, pero la volvieron a levantar. “Y si la vuelven a quemar, la volveremos a construir”.
Leyda acompaña a su amiga en la lucha. “Cuando las empresas madereras saquearon el bosque, hemos luchado igual, aunque nos disparaban tiros. Así es nuestra vida. Cuando se trata de defender nuestros derechos, me decía 'No importa si nos morimos, somos varios'. Y así seguiremos”, expresa Leyda antes de darle un sentido abrazo a su pequeña hija, una de las herederas de estas tierras mojeñas.