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15 de diciembre, 2003

Sonrisas de oro... status en los dientes

(La Paz - La Razón)
Campesinos y trabajadoras del hogar se hacen colocar coronas de oro sólo para que la gente no los crea pobres. Antes de morir las reparten como herencia.

La sonrisa plateada se le esfumó. “Cómo pues vas a tener coronas oscuras. Qué van a decir los papás de la chica. Van a creer que no tienes plata”, le habían dicho sus familiares y amigos. Atormentado por los reproches, el migrante campesino se levantó temprano y esperó al dentista en la puerta de su consultorio.
“Doctor, quiero que me cambie estas coronas por oro”. La cara de Johe Escóbar se asomó a la boca grande de su primer cliente del día. Seis dientes se lucían con sus respectivos marcos de cobalto gris. El dentista preparó el oro de 18 kilates que guarda en su consultorio y estuvo trabajando inmerso en el olor a metal toda la mañana.

Cuando terminó, habían pasado cinco horas. La cara de felicidad del papá del novio no cabía en el consultorio dental de la Max Paredes. No le importó pagar los 1.200 bolivianos y se fue con la certeza de que ya no sería menospreciado.
“Tengo muchos clientes de las clases populares que me piden oro en los dientes. Las coronas se colocan cuando tienen los dientes picados o cuando les falta un pedazo. Pero muchos me piden que se las ponga en los dientes sanos”. Escóbar es presidente del Colegio de Odontólogos y reconoce que en el país es una práctica común colocar coronas de oro por una cuestión de moda, pero sobre todo, de status social.

Un símbolo de status
Beatriz Huanca tiene dos corazones de oro. Se los hizo poner a los 17 años “por pintear, nada más”. La chola es de sonrisa rápida. “Buenos días”, responde a la transeúnte con un gesto amable. Apoyada en la puerta negra de su casa, observa los autos de la avenida San Miguel y cuenta sin reparos su historia.

“Yo veía a las chicas y decía: 'Bonito parece que es'”. Con los primeros sueldos como empleada entró a un consultorio dental de Chijini y le pidió al doctor que le pusiera dos gramos de oro en los dientes. El gusto le costó lo que ahora serían unos 300 bolivianos.

Estrellas, corazones, tréboles, líneas simples que rodean el diente, anclas o letras... La moda de los dientes de oro desfila entre las clases populares de La Paz desde los años 50 del siglo pasado.
“Antes de la Reforma Agraria todos los campesinos eran esclavos. Trabajaban a patadas y gratis para el patrón. Sólo algunos hacendados tenían sus dientes tapados con oro. Cuando el campesinado ya fue propietario buscó dos cosas para sentirse importante: las casas de dos pisos con techo de calamina, igual que sus ex patrones, y las coronas de oro en los dientes”.

El antropólogo Mauricio Mamani cuenta que con la nacionalización de las minas se formaron las cooperativas. Los trabajadores auríferos de Tipuani o Mapiri llevaban oro en todos los dientes. “Era un signo de mucho prestigio. Los del campo admiraban esto”.

Actualmente, las coronas de oro e incluso los dientes de oro enteros aún siguen representando poder económico entre las clases populares. “En una fiesta, si conoces a una chola y le ves que no tiene dientes de oro, ya sabes que no tiene plata, que no puede pagar sus dientes”, dice Adela López, mientras espera a pasajeros dentro de su micro y exhibe dos hileras que brillan en su dentadura blanca.

Una tendencia que disminuye
“¿Se haría poner más dientes?”, se le pregunta a Beatriz. “No, sino como diablo voy a parecer. Como esas mujeres que andan sonriendo como china supay”, la chola abre los ojos en un gesto de diablura.

La costumbre del oro en los dientes va rumbo a la decadencia, opina el antropólogo Mamani. “Ahora los campesinos son pobres y como no pueden comprar las coronas de oro, las ridiculizan. Si ven a alguien con muchas coronas, dicen: 'Tiene la boca como china supay', como el diablo”.

Si antes eran los campesinos los que popularizaron esta moda que los diferenciaba según su capacidad adquisitiva, ahora son las trabajadoras del hogar en las ciudades las que mantienen la costumbre con mucha fuerza.
Lorenza Chuquimia hace un alto a la aspiradora para contar cómo logró superar el dolor. A sus 35 años lleva a cuestas sus polleras y el recuerdo doloroso de una traición. Su esposo y padre de sus dos hijos la abandonó por otra mujer.

Lloró casi un año, pero luego secó sus lágrimas y planificó su venganza. “Me busqué trabajo”. Fue empleada en varias casas y en una construcción. “He dicho: 'Ahora va a ver quién soy yo'”. Cada domingo salía con amigas que tenían coronas de oro en los dientes. “Yo decía: 'Siempre, algún día yo me quisiera hacer así, tan lindo se ponen, tan bien se ve, pero con mi marido no había caso'”. Los ahorros de su segundo año sirvieron para comprar no uno, sino seis dientes de oro.

“Él me ve y me dice, 'Lorenza, yo no pensé que ibas a salir (adelante en la vida) así'. Él hasta pena me da ahora, tiene cinco hijos, con su ropa vieja anda y sin dientes”. Su cara se ilumina y deja ver sus cinco dientes recubiertos del metal dorado. Su venganza ha sido consumada. “Yo le he demostrado que soy mujer de verdad”.

Todo tiene un precio
Como dueña de una joyería de la Max Paredes, Gladys Álvarez sabe de oro. “Para una corona se debe emplear 22 kilates. El metal tiene que ser amarillo”. Cuando era quinceañera —hace 21 años— se hizo colocar su primera corona. “Era para disimular porque mi diente estaba picadito”. Le gustó el efecto que tenía, porque sus amigas ya la miraban mejor. Así que pagó por otras dos coronas. Pero los resultados la decepcionaron.

La comerciante había llevado al dentista dos gramos del oro más puro que consiguió. Pero con el tiempo sus últimas coronas se opacaron y adquirieron un tono rojizo. “Me lo han debido mezclar con cobre. Máximo tiene que pedir que mezclen sólo un cinco por ciento. Aunque les lleves el oro a los doctores o les digas que les vas a pagar más, igual ellos se quedan con algo o por ahí te lo cambian”. Con la duda aún revoloteando en su mente y en sus palabras de sospecha, optó por ya no sumar más oro a su sana dentadura.
Cada corona de oro cuesta entre 130 y 200 bolivianos. Las de cobalto valen entre 60 y 100 bolivianos. En la mayoría de los consultorios dentales de la Max Paredes, venden el metal precioso. Pero el cliente tiene la opción de conseguirlo por su cuenta. “Algunas personas hasta vienen con su balanza, para pesar antes y después del trabajo, son grave”, comenta un enfadado Escóbar.

Lorenza ya ha repartido a estas alturas de su vida su herencia. “Les he dicho a mis hijos: 'Tres dientes son para el Nelson y tres para vos (el menor)'”. Cuando muera, sabe que sus dientes serán arrancados. “Si me muero y me entierran con mi oro, mi alma no va a estar en paz, va a estar en pena, porque a Dios no le gusta el oro. El oro es del diablo”.




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