La destrucción de un camino prehispánico

Lunes, 29 / Mar / 2004
 
(La Paz - La Razón)
Bolivia.com

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La construcción de una carretera en el tramo entre Queara y Pelechuco amenaza actualmente la conservación de un importante legado de nuestros antepasados.

Son dos lugares distintos. Pelechuco, en la cordillera de los Andes, es una mixtura entre el pasado y el presente, donde el espíritu de siglos anteriores todavía recorre sus arterias. El otro, Queara, es un poblado pequeño que sobrevive de los camélidos y la papa. Lo que tienen en común es una vía prehispánica que los une.

Son 10 horas de caminata. El paisaje y la riqueza de flora y fauna se funden con las antiguas construcciones de los antepasados, con puentes y caminos de laja y piedra pizarra. La vía está conservada. No en vano es la única que utilizan algunos de los pobladores.
Sin embargo, en la actualidad corre un serio peligro, pues la apertura de una carretera le está causando serios daños al camino, que se corta en varios tramos, e incluso ha invadido parte de su trazado.

El riesgo es alto. Cuando se pierden los legados arqueológicos normalmente lo hacen para siempre, y en el camino entre Pelechuco y Queara aún conviven valiosas estructuras: canales transversales, parapetos laterales, escalinatas, empedrados, sitios arqueológicos…
La construcción varía de acuerdo a la topografía. En este caso, la base la componen muros levantados para facilitar la nivelación. Debido a la pendiente, el camino está levantado en un zigzag, con escalinatas que se acomodan al terreno.

En el área se pueden ver canales de drenaje, que sirven para evitar que el agua se expanda por la vía haciéndola resbaladiza, y puentes líticos hacen las veces de canales. En los tramos empinados, los parapetos se encargan de

la contención.
La destrucción, por el momento, no está muy avanzada y el camino prehispánico resulta, como libro abierto, fundamental para el conocimiento de la zona. Lo primero que destaca es el abrigo natural, silueteado en el paisaje. Nevados como la cumbre Katantika o el Cololo son una referencia a lo largo del camino. Lo mismo ocurre con los pisos ecológicos. Pelechuco tiene tres: puna, con un clima frío; valle, más templado, y el trópico, cálido. Semejante diversidad garantiza la variedad de productos y la cultura del trueque.

En cuanto a la topografía, se mantienen dos constantes: ascensos y descensos, relacionados con las partes altas y los valles encajonados. En ambos, el paisaje no es muy exuberante. Recién cuando uno se aproxima a la zona de los Yungas, la naturaleza da lo mejor de sí, con su inmensa espesura y árboles que parecen elevarse hacia el infinito.

El legado arqueológico

Aunque de por sí la vía prehispánica es una joya de la arqueología boliviana, la provincia Franz Tamayo, que limita al oeste con el Perú, justifica aún más un paseo por la zona.

Pelechuco, levantado sobre la base de los cimientos de estructuras habitacionales —de material lítico y argamasa de barro— de los períodos hispánico y prehispánico, es el punto de partida. Sólo hace falta caminar unos kilómetros para conectarse con otras ruinas y terrazas de cultivo que se ubican en la serranía, a menudo al amparo de sólidos macizos rocosos.
Los restos hallados demuestran que la zona fue habitada por culturas que alcanzaron un alto grado tecnológico, tanto en lo arquitectónico como en la industria lítica, la cerámica, la agricultura, la artesanía y los tejidos.

Lamentablemente, la mayoría de estos tesoros desapareció o fue botín para las mafias de traficantes, que después acostumbran a venderlos en otros países.

A dos kilómetros de Pelechuco está Huanan. El punto se asienta sobre una pendiente y está delimitado por los ríos Huanan Mayu y Puitoyag. Algunas teorías presumen que Huanan fue centro habitacional del municipio. Sus grandes terrazas de cultivo evidencian, al menos, que los primeros pobladores fueron agricultores expertos en el manejo de pisos ecológicos.

En este mismo sector yacen mesas rituales alineadas en lugares elevados. Normalmente, están compuestas por tres piedras de pizarra: dos se clavan en el suelo de forma vertical y la otra se acomoda arriba a modo de techo.
La técnica de construcción de esas mesas, así como la de la vía prehispánica, se atribuye a la cultura Mollo, posterior a los tiwanakotas. Se cree que sus miembros migraron hacia los valles y los Yungas para mejorar su dieta alimenticia y extender su territorio. Una prueba del constante movimiento por la región son las ruinas.

Pero si hay algo de lo que la provincia Franz Tamayo realmente no carece es de vestigios arqueológicos. Escupa es uno de sus emplazamientos más importantes. A mitad de camino entre Huanan y Pelechuco, su acceso es dificultoso y está recubierto de pasto húmedo. Según investigaciones de 1977, allá se ubica un primer grupo de 16 "chulperíos" bastante deteriorados y un segundo grupo de otras 12 estructuras bien conservadas.

La población de Huatara, a 400 metros sobre Pelechuco, también tiene lo suyo. En ella se han encontrado 10 sitios de enterramiento en buen estado, pero que fueron saqueados en la década de

los 70.
En las inmediaciones de Queara, uno se encuentra con el sitio arqueológico de Manzarani. En 1977 el investigador Danilo Kuljis encontró en él algunas estructuras funerarias, restos óseos, material orgánico y objetos de cobre. Cabe destacar que Manzarani se encuentra en un bofedal, donde se cree que comían su pasto tanto los animales de carga como el ganado.

Hoy, Queara no resulta tan ajena a las realidades que antaño la comandaban. Todavía tiene en el ganado —en el camélido en este caso— una fuente de ingresos importante que garantiza su supervivencia. En eso coincide con la localidad de Pelechuco, que completa su actividad con el comercio informal y la crianza de ganado ovino en los terrenos adecuados.

No es todo. Queara, por su parte, completa sus ingresos con la comercialización de fibra de llama y la producción de papa, en zonas altas, y maíz, en lugares más bajos.
Como ocurría antes, el trueque se practica en algunas de las 27 comunidades de la región. Para ello, la vereda prehispánica no ha perdido uso y la mayor parte de los comunarios la utiliza con asiduidad para desplazarse y transportar su carga de un lugar a otro.

El camino, entre tanto, calla y muestra, pero en ningún momento deja de generar inquietudes en aquellos que lo atraviesan. A su alrededor, cientos de interrogantes esperan una respuesta: ¿Cuán desarrollados estaban los que acometieron una obra de semejante envergadura?, ¿qué les ocurrió?, ¿qué pasó realmente con su cultura? Lo normal sería que el tiempo diera con las claves. En Pelechuco, sin embargo, el rumor intenso de la construcción de una carretera amenaza con sepultarlas por siempre bajo el asfalto, en el olvido.
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