Descubriendo el mensaje de los chullpares

Miércoles, 23 / Jun / 2004
 
(La Paz - La Razón)
Bolivia.com

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El temor no la acompañaba. La anciana caminaba largos trechos todos los días. Lo hacía a pasos lentos y concisos hacia el conjunto de ruinas, pero sin miedo. De allí, de uno de los chullpares de la comunidad Pujrata, salía por las noches el espíritu de una mujer vestida de blanco. Lo hacía para hablar con la vieja y solía pedirle ofrendas, por lo que la señora realizaba constantes challas. Todo indica que se había llegado a un acuerdo entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

El anecdotario del arqueólogo Jedú Sagárnaga parece un hilo jalado de una madeja interminable. La historia de las torres funerarias es algo así como un libro abierto y él conoce los chullpares como la palma de la mano. Lleva años estudiando estas famosas estructuras que pueblan, sobre todo, tierras del altiplano. Antigua- mente estaban llenas de cuerpos y ofrendas. Hoy, la mayor parte están waqueadas. Pero aún hablan.

En Bolivia existen importantes concentraciones de chullpares. “Son cientos”, comenta el director de la Unidad Nacional de Arqueología (UNAR), Javier Escalante. Su localización coincide con los lugares donde se asentaron los señoríos aymaras —Canchis, Canas, Collas, Lupacas, Pacajes, Soras, Charcas, Carangas, Chuis, Caracaras, Lacas y Chichas— entre los años 1200 y 1450 d.C. Casi todas se ubican en las tierras altas: La Paz, Oruro y Potosí.
Acogiéndose a muy distintas formas —unos esbeltos trepando al cielo y otros toscos como el barro mismo del que están hechos—, los chullpares han tenido siempre una función bien definida: albergar los cuerpos de los difuntos. Pero no muertos cualquiera, sino caciques regionales, a los que a veces se les enterraba junto a sus esposas y concubinas. “No todos podían ser inhumados en torres, sólo aquellos con una buena posición social”, añade Danilo Villamor, investigador de la UNAR.

Como se ubicaban en lugares altos y visibles, seguro tenían la finalidad de marcar frontera entre señoríos, a modo de mojón.

La belleza de la diferencia

La norma prácticamente generalizada fue la de edificar en base a adobes irregulares. Conformaban una suerte de “panqueques” de barro donde el relleno

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era la paja. El adobe se colocaba fresco en las paredes que luego se cerraban en una falsa bóveda. Aunque esa es pauta común a todos, existen múltiples elementos que diferencian un chullperío de otro: el color de la tierra, el tamaño, la decoración... Hay teorías que sostienen que por las características uno puede adivinar a qué comunidad pertenecían. Mas estos extremos no están claros.

De entre las concentraciones de chullpares, una de las más famosas es la que se localiza siguiendo el caudal del río Lauca, camino a Chile, cerca del Sajama. Se han ubicado siete sitios que se caracterizan por su color e iconografía. Destacan las torres de Macaya. Ricardo Humérez, profesor y aficionado a la arqueología, los describe así: “Sus formas ajedrezadas de colores rojo y blanco, y sus rombos y círculos concéntricos son similares a las de los restos de textiles y de cerámica de los incas”.

Para la pigmentación se utilizaba combinaciones de minerales. Por ejemplo, a fin de conseguir el rojo se empleaba óxido de hierro, oxisulfuro de antimonio, sulfuro de hierro y cobre; para el negro, tierra volcánica, dióxido de magnesio y óxido de hierro. Como aglutinante se combinaba paja con vegetales y grasa animal.

Igual que todos, los chullpares del Lauca hacían las veces de mausoleos. ¿De un grupo reducido de individuos? No se sabe, pues existen evidencias que apuntan a lo contrario. Es el caso de Taramaya, por el lago Wiñay Marka (a 65 kilómetros de La Paz), donde en el 2002 se descubrió un grupo de unos 40 individuos de ambos sexos. “En un espacio menor a tres metros había restos de gente de todas las edades. La mayoría eran párvulos, acomodados incluso debajo de las piernas de los adultos. Eso nos da idea de una alta tasa de mortalidad infantil”, explica Sagárnaga.
Las de Taramaya eran 70 por ciento paja y 30 por ciento barro.

Esta es la pauta entre la mayoría de los chullpares aymaras: el adobe. Los incas, sin embargo, prefirieron la piedra. “El trabajo lítico de la roca pulida tiene estructuras más abombadas, como las de Sillustani en Perú”, describe Humérez. Los incas quisieron hacer gala de todo su poder. “Por eso sus tumbas

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son más imponentes”, agrega Villamor.

En otros lugares, dígase Kandiata, Antin Kurawaram, Tia P’asa, Taypi P’asa o Escoma, en La Paz, también hay importantes chullperíos hechos de piedra.
Pero ninguna concentración es como lo que fue Kulli Kulli (La Paz). En sus crónicas, luego de una visita a la zona en 1946, el arqueólogo Leo Poucher hablaba de casi un centenar. El viajero francés Alcides D’Orbigny repetía lo mismo acerca de Crucero y Totora. Hoy estos chullperíos dejaron de ser. Desaparecieron.

Mas no todo son malas noticias. En Huachacalla (Oruro) los arqueólogos Sagárnaga y Risto Kesseli contabilizaron 228 tumbas en torno a los dos volcanes de la zona. Y en Kuntur Amaya (La Paz), éstas son visibles a cuatro km.
Con todo, la belleza no es patrimonio exclusivo de Kuntur Amaya o del río Lauca. Cada zona tiene lo suyo. Rosario (provincia Pacajes de La Paz), el lugar donde más concentraciones de chullpas hay, es mágico por sus cerros sagrados; y Qiwaya (a 70 kilómetros del Titicaca) es dueño de restos que se mimetizan a la perfección con los tonos del paisaje.

El significado de las cosas

Queda claro que los enterramientos y las necrópolis coinciden, por lo general, con antiguos asentamientos humanos. A la muerte se le dio decenas de rostros: cuadrados, rectangulares, circulares… Pero a los chullpares no conviene entenderlos sólo como formas, sino como una complejidad donde cada detalle tiene sentido.

Nada se orquesta a su antojo. Como ejemplo están las entradas, casi siempre orientadas al este, mirando la salida del sol. “En el mito uru-chiyapa, los chullpas vivían en el tiempo en el que no había sol. Un día el astro apareció por el este y la gente huyó a sus viviendas —que según la leyenda eran las torres—. Allí se acurrucaron y llenos de miedo encontraron la muerte”, cuenta Sagárnaga.
Tampoco era casual la forma en que se inhumaba a los difuntos. Se cree que la posición casi fetal de los muertos tiene un porqué. La tumba sería como un vientre materno, al que el ser humano volvía envuelto en su fardo funerario, una cesta que representaba a la placenta. Por eso muchas puertas se asemejan a una vagina.

Entonces,

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de alguna manera todo es ceremonial. En el mundo andino, la muerte era un rito esencial. De paso. Y hoy todavía lo es. “Una vez nos tocó visitar una torre que despedía un olor nauseabundo —recuerda Sagárnaga al respecto—. En su interior descubrimos ovejas degolladas”.
En similar sentido —el de ofrendar a las almas— se ha encontrado en los chullperíos: tejidos, adornos de cobre, collares de piedra, instrumentos de cocina y vasijas de cerámica, con la única pretensión de agradar a los que, supuestamente, gozan de otra vida. “Hasta se ha dado con perros enterrados para salvaguardar a sus amos”, señala Humérez.
A pesar de este tipo de custodios, el 90 por ciento de las tumbas están vacías. Dicen que cuando las chullpas son waqueadas, a los profanadores se les mete el espíritu protector de las mismas, consumiéndoles la vida. Parece que a los ladrones les da lo mismo. Apenas hay chullpas intactas.

La mayoría de los restos conocidos pertenecen a mausoleos diferentes: cuevas o aleros naturales, presentes en gran cantidad en Sevaruyo (Oruro); o a los linderos de las casas. En cambio, las torres funerarias, por estar sobre el nivel del suelo, quedaron expuestas al saqueo irreverente, aparentemente iniciado por los españoles en el siglo XVI. Por eso ahora las chullpas están en muy mal estado. En el mejor de los casos muestran restos de osamentas humanas. La pena, además, es que el desahucio de las torres aún no ha terminado. Tras la pérdida de su sacralidad ante los ojos del habitante andino, muchas tumbas fueron desapareciendo por acción del hombre o de forma natural. “Me ha tocado observar torres transformadas en depósitos de paja o estiércol, en basurales y hasta en baños. Precisamente, hay restos de una chullpa superviviente en plena mancha urbana paceña, muy cerca de la parada de una línea de minibuses, donde los choferes hacen sus necesidades biológicas.

También han sido usadas para pintar propaganda política, como en el cruce Pisiga-Corque (Oruro)”.
Pese a todo, los chullpares no se van. Forman parte irreemplazable del paisaje del altiplano boliviano. Nos nutren, nos esperan, nos custodian, nos vigilan…
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