La leyenda cuenta que el valle de Tucavaca esconde los 100 kilos de oro que un día robara un funcionario del Banco Central de Bolivia.
Juan Miserendino, cuenta la leyenda, trabajó hace 100 años en el Banco Central de Bolivia. Un día, la avaricia lo llevó a robar 100 kilos de oro en barra de las bóvedas acorazadas. No podía quedarse en ninguna ciudad grande con tamaño tesoro y llegó hasta Roboré con su ayudante. No fue suficiente.
Rico y perseguido sentía que debía alejarse para siempre de la civilización y construyó una precaria choza en el interior de una cueva con pinturas rupestres en el valle de Tucavaca de Santiago de Chiquitos, a una hora del Municipio de Roboré y a 12 en tren de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
La historia cuenta que el arco grande es el punto de partida para encontrar el tesoro que estaría enterrado en un radio no mayor a tres kilómetros de la formación rocosa. Son varios los que han ido en busca de aquella fortuna y hasta se dice que durante las noches el alma errante de Miserendino anda rondando por el lugar para proteger el oro, las cuevas de aguas cristalinas y el parque de Tucavaca.
La caminata para llegar a la meseta del cañón
de Tucavaca es larga. Primero, se debe arribar a Santiago de Chiquitos, donde aguarda un grupo de guías turísticos que narra decenas de relatos y describe con detalle las propiedades de los recursos naturales.
El 21 de septiembre del 2000, el Municipio de Roboré declaró tres zonas como área protegida: el Valle de Tucavaca, las serranías de Santiago y Chochis. En total fueron 262.305 hectáreas —37 por ciento de la superficie del Municipio—. El director de la reserva municipal de Tucavaca, Roberto de Urioste, está convencido de que es posible convertir al mágico lugar en uno de los más importantes centros turísticos del país.
El grupo de guías, con ese afán, está listo para emprender el recorrido. Edén Suárez, uno de los más experimentados, recomienda minutos antes de partir a los circunstanciales turistas que se separen en dos grupos de a cinco. Luego, les informa que está prohibido echar basura y arrancar hojas a los árboles. “Si alguna persona está agotada —añade—se analizará la situación para realizar descansos”.
Camino al tesoro
Son las 16.30. Ya ha transcurrido una hora y media desde la partida. La vegetación sufre una metamorfosis. En la primera fase del
camino acecha el bosque húmedo. Arboles medicinales de Isaga, Pesoé y Copaibo marcan el paso.
Más allá, una planicie rocosa parece haberle dado al viento una autorización para que corra con más fuerza. Su aspecto es el de un desierto, aunque con pequeñas malezas salpicadas que se forman en los alrededores de un pequeño arroyo. A medida de que el tiempo pasa, la confianza entre los turistas y los guías crece, ya parecen intimar. El cansancio se apodera de cuatro miembros del grupo. Y, después de un intercambio de palabras, deciden hacer un alto en las serranías. Todos sienten que están en la gloria. Las expresiones son diversas: “Levantar las manos y tocar el cielo es posible”. “Estoy tan cerca de Dios que no quisiera irme”. “Hoy quiero ser amante de la naturaleza”. “Todo es armonía”.
La biosfera ha conspirado de tal forma que difícilmente se podrá olvidar esa experiencia. El viento suspira con una delicadeza única que, al golpear con el arco de 10 metros de largo y 35 de ancho, produce melodías agradables para el oído. En el cielo celeste bailan los colores, se convierte en un lienzo. Es el lugar donde nace la historia del tesoro oculto de Miserendino. El arco es perfecto,
las piedras que le dan forma proyectan tonos verdes y el olor que la humedad emana es similar al de una infusión de hierbas. En la parte superior hay grietas. Abajo, raíces de árboles salvajes abrazan las piedras.
Mientras, el misterio de los 100 kilos de oro se hace más interesante. Uno de los guías comenta que Juan Miserendino le cortó la lengua a su ayudante para que no lo delatara. Todos quieren encontrar las riquezas y las horas transcurren rápido. Un diminuto reloj de pulsera marca las 18.40 y parece que ya no hay tiempo para seguir escalando el Valle de Tucavaca. El sol empieza a ocultarse. Por decisión unánime, se apresura la marcha. A dos kilómetros están las cuevas con pinturas rupestres. Figuras similares a las esfinges, hombres con las manos arriba como alabando a un Dios y estrellas están grabadas en las paredes. Una cruz de madera, de un metro de alto, reposa en el interior de la cueva. La parte superior era el hogar de Juan Miserendino. En las noches, se sentaba durante horas para mirar las estrellas. Su vida fue un misterio, nunca se encontró su tesoro, tampoco su cuerpo. Y ahora, tan sólo es una leyenda del poblado de Santiago de Chiquitos.