Domingo, 25 / Sep / 2005

Raúl Otero Reiche, semblanza y obra del poeta universal

(Santa Cruz - El Nuevo Día)
La poesía fue el terreno en el que centró su creatividad, aunque su obra abarca otros géneros literarios. Su amor a Santa Cruz se hizo versos, pero trascendió la aldea de la época que le tocó vivir.

El poeta Raúl Otero Reiche, Santa Cruz, 20 de enero de 1906-29 de enero de 1976), fue un artista adelantado a su época. Eso leen los especialistas entre las líneas de su creación literaria. De sensibilidad inagotable, se constituye en lo más representativo de las letras del oriente boliviano. Uno de los grandes de habla hispana.

“Su lírica es una constante exploración verbal”, escribió de él el pedagogo Edgar Lora. “Por sus estrofas pasan las imágenes como relámpagos”, el sacerdote y crítico literario Juan Quirós. Claudia Bowles, estudiosa a profundidad de la obra de Otero Reiche, editora y prologuista de sus Obras Completas, destaca en el personaje sus múltiples facetas literarias, Prefirió la poesía, pero también produjo narrativa, teatro, ensayo y periodismo.

“Dio especial atención a los motivos tradicionales, pero su inspiración se nutrió fundamentalmente de la realidad misma”, acota Bowles.

“Si bien amó entrañablemente a su tierra -Santa Cruz- y dedicó gran parte de su producción, no fue un poeta exclusivamente lugareño, sino universal”, valora su hijo Róger Otero. Los versos de “América”, entre otras una obra valorada internacionalmente, son quizá un ejemplo de ello.

La desaparición física de Raúl Otero Reiche en 1976 motivaron al escritor Enrique Kempff Mercado a escribir: “Ha llegado hasta el silencio Raúl Otero Reiche, la campana de claro timbre. En un silencio imposible está el poeta de Sangre y Lejanía... Santa Cruz es un gran cáliz que contiene su sangre, un desierto de flores huérfanas, una inmensa soledad anochecida”.

La difusión y valorización de su legado es aún una materia urgente. La Casa de la Cultura, cuya creación impulsó y lleva su nombre y el Centro Patiño comparten estos días una exposición que revela al escritor.

Canto del hombre de la selva

Yo soy la selva indómita,
la tempestad de aromas de la tierra
insurgiendo en galopes de torrentes.
Por mis venas sonoras
fluye el perfume líquido del sol,
padre del fuego.
Mi pensamiento fulge en llamaradas
de estrellas.
Nací del parto de oro
de la tormenta verde.
No me falta ni el látigo del rayo,
ni las riendas del viento,
para ser el jinete de la aurora
con mi poncho de nubes
y la guitarra de cristal del río
sobre los hombros anchos del infinito.

Yo soy el que esperaban
los jaguares manchados de luceros,
los toros ígneos de crepúsculos,
los caimanes de hierro,
las palomas de seda,
para la transfusión de sangres bárbaras.

Yo soy el arquetipo de esta raza salvaje
que quiso limitar el horizonte,
pisar el borde mismo del planeta
y con el cigarro entre los labios
dejarse caer,
dejarse arrebatar súbitamente
por la inmensa cachuela del espacio.

Hombre de la llanura
sin fin,
más larga que la vista,
más amplia que mis brazos extendidos
en una imploración de pueblos.
La extensión se me escapa de las manos,
rojas de palmear en el vacío
para que nos escuchen los silencios.
Tengo en los ojos
los diamantes
de nuestras minas de chiquitos,
la Cólquide oriental,
la que da chonta para el arco
y guayacán para la hoguera.

Mi corazón es la colmena
y mi cerebro el hormiguero.
Vibran mis músculos de boa,
se abren cantando mis arterias.
Mis labios sangran en el grito de luz y aroma
del clavel.
Yo soy el hombre de la selva,
perfume,
cántico y amor,
pero encendido de relámpagos,
pero rugiendo de huracanes.
Yo soy un río de pie.